En 1806, el Ejército británico desembarcó en las costas de Quilmes y se dirigió a la ciudad de Buenos Aires, que había sido abandonada por el virrey Rafael de Sobremonte. Si bien las invasiones inglesas son conocidas por lo que se enseña en las escuelas, para el escritor José Salem el desafío era saber qué le había pasado al pueblo en esos días que cambiaron la historia para siempre. En Cuarenta y nueve días bajo la niebla, Salem se mete en la intimidad de una familia porteña de la aristocracia para conocer sus costumbres (cómo hablaban, qué comían, cómo eran sus casas), pero también recorre los deseos y esperanzas de las clases populares y de los esclavizados, arrancados del territorio africano.
En esta entrevista con Clarín, el autor revela de qué manera la correspondencia de la época le permitió desmitificar la historia oficial y analizar las continuidades y las rupturas entre aquel poblado de principios del siglo XIX y la sociedad argentina actual.
José Salem nació en Buenos Aires en 1959. Desde joven fue un gran lector y con el tiempo desarrolló su vocación literaria. Ha vivido entre Buenos Aires y París, ciudad en la que reside desde hace más de una década.
–¿Por qué te interesó ambientar esta historia en ese período tan específico?
–Lo que me interesó, básicamente, es que la primera invasión inglesa duró solamente 49 días. Me pareció fascinante ver cómo en un lapso tan corto se concentró todo un conflicto bélico: la llegada de los ingleses, la convivencia y luego la reconquista por parte de las tropas locales. Me gustaba ver cómo vivía la gente común todos esos cambios. En un período muy corto, ese pueblo se sintió invadido por primera vez en su historia, porque la conquista española había sido mucho tiempo atrás y, de golpe, vivir las tres etapas en menos de dos meses hacía que me preguntara: ¿qué siente una persona común al ser invadida por una fuerza extranjera con costumbres, lengua y filosofía distintas? ¿Cómo se convive con ellos y qué expectativas genera? Pero, sobre todo, lo que más me interesó fue ver qué movilizó en una sociedad que todavía no tenía identidad de país porque éramos parte del Virreinato, no teníamos aún esa identidad territorial. ¿Cómo movilizó esta invasión al porteño –digo porteño porque la Argentina no existía– para ir adelante, expulsar a los ingleses y sembrar el germen de lo que después sería la independencia? Todo eso pasó en un suspiro de tiempo. Eso fue lo que me encantó.
–Muchos historiadores coinciden en que a los británicos “les salió el tiro por la culata”, porque la invasión terminó forjando el sentimiento de pertenencia a una tierra y las ganas de defenderla.
–Absolutamente, es exactamente eso. En esa época había gente que recibió y hasta favoreció la llegada de los ingleses por intereses comerciales o por ideología, pero la mayoría estaba en contra. E incluso ellos terminaron siendo favorecidos porque la invasión aceleró el proceso de independencia. Los ingleses vinieron a conquistar mercados; de hecho, estábamos bajo el monopolio español y ellos abrieron un poco el comercio, pero eso fue un efecto secundario. El efecto principal fue que nos movilizó. Empezamos a sentirnos pueblo y unos pocos avanzados empezaron a pensar en la independencia. Gracias a los ingleses nos independizamos antes que otros países latinoamericanos.
–¿Cómo hiciste para reconstruir la vida cotidiana de la gente común, que era uno de tus objetivos principales?
–Eso fue lo que más me costó. Yo escribo generalmente de forma espontánea, sin demasiado plan, pero para esta novela quería ver cómo era la vida, necesitaba sentir cómo eran las calles y cómo se vivían las costumbres en esa época. Cuando fui a investigar, encontré que el relato histórico macro es muy simple; cualquier manual de historia te cuenta sin controversia cómo llegaron, cómo tomaron el Fuerte, cómo fueron expulsados y quiénes actuaron en la Reconquista. El problema era el detalle: cuáles eran las costumbres, los hábitos. Y de eso no encontré casi nada en los libros de historia tradicionales.
–¿A dónde tuviste que recurrir para encontrar esos detalles?
–A la correspondencia. Hay un montón de cartas entre Liniers y Francia, entre Pueyrredón y otros, e incluso de gente común que les escribía a sus familiares en España. Ahí decían cosas como: “Bueno, estoy tomando el té en tal lado” o “estoy sentado en tal confitería y te escribo” o “esperá que me saco tal prenda de vestir”. A partir de esos fragmentos empecé a reconstruirlo todo, lo mismo que la comida. Encontré una novela antigua que describía una cena importante de gente aristocrática y detallaba qué se servía y qué vino había. Todo eso lo tuve que ir armando de a poco. Para mí esto es fundamental porque, al no ser un libro de texto sino una novela histórica, como lector me gusta que me sitúen, que me ambienten.
–Buscabas verosimilitud…
–Claro, es que si uno falla en la verosimilitud, se cae todo. Uno debe ser coherente. Por ejemplo, hay diálogos en la novela entre Liniers y Ruiz Huidobro, o entre Beresford y Popham. ¿Cómo hacés hablar a personajes de la historia? Tuve que estudiar rasgos de su personalidad para hacerles decir cosas verosímiles con lo que pudieron haber dicho. Pero básicamente se trata de recrear una escenografía lo más fiel posible. ¿Cómo eran las calles de Buenos Aires? ¿Estaban empedradas o no? ¿Cómo era el alumbrado público? ¿Cómo se calefaccionaban? ¿Qué música escuchaban? ¿Qué hacían los jóvenes? Leí un par de libros de arquitectura de la época para entender la ciudad. Es como el trabajo de un director de teatro: armar una escenografía que sea creíble para que la gente se meta ahí adentro. Como escritor, necesito ponerme en la piel de los personajes y saber hasta en qué cama duermen. Escribir es como pintar.
–El uso del lenguaje en las cartas también habrá sido clave para esa reconstrucción.
–Ese fue un tema fundamental. Uno, investigando, descubre, por ejemplo, que en esa época los hijos no tuteaban a los padres. ¿Cómo era el registro de lenguaje entre las distintas capas sociales? Obviamente, los esclavos no iban a tutear a sus amos por una cuestión de sumisión. No fue sencillo desandar esos registros. El problema en el Buenos Aires de entonces es que tenías españoles afincados hacía tiempo, españoles recién llegados y criollos, y el lenguaje cambiaba entre las distintas capas.
–En la novela retratás muy bien esa diversidad social, y ahí aparece un tema muy fuerte, el de la esclavitud.
–Sí, en la novela traté de representar todas las capas sociales. Si bien los personajes principales son una familia aristocrática española asentada en la ciudad, siempre me interesa mirar a los “buscavidas”, a esos que aparentemente son derrotados por la sociedad, los que no tienen guita y rozan el delito. A mí esa gente me fascina porque, a diferencia de los que se resignan y aceptan su destino, el buscavidas sigue tratando de encontrar su objetivo, y eso ya es una victoria porque, pese a todo, siguen adelante. El solo hecho de levantarse mañana con una ilusión ya es una victoria. Y con respecto a la esclavitud, investigando me sorprendí realmente. Uno piensa en la esclavitud como institución y, lógicamente, no hay nada más siniestro y abyecto que ser propietario de otro ser humano. Pero, curiosamente –y hablando de graduaciones dentro de lo terrible–, Buenos Aires fue uno de los lugares donde mejor se trataba a los esclavos. Estaban bastante integrados, se los respetaba y, en principio, no había castigos físicos generalizados, según los testimonios de la época. Es extraño, porque cruzando el charco, en Montevideo, la pasaban bastante peor. Salvo por la atrocidad de la carimba –ese sello de hierro que les grababan en la cara o en el pecho al llegar para marcar la propiedad del amo, una costumbre que afortunadamente se prohibió hacia 1790–, en general tenían mejor suerte los que eran traídos para acá que en otros lugares cercanos.
–También se ven con mucha claridad los tironeos políticos de la época a través de la familia protagonista, los Echeverry. ¿Cómo armaste esa trama?
–Ahí está la parte más ficcional de todas, aunque condicionada por todo lo que leí durante casi un año. Cuando llegaron los ingleses, había mucha gente a favor, otros en contra y otros que no entendían demasiado. En base a eso, se me ocurrió armar una familia que fuera representativa de las tensiones de esa sociedad: el padre probritánico, la madre de rancia alcurnia española e incondicional a la corona, y los hijos dando vueltas por ahí o buscando una tercera vía. Hice un ejercicio al revés: como sabemos que las disputas políticas y la “grieta” existieron siempre en nuestro país, me puse a jugar dentro de la misma familia. Traté de ensayar argumentos: ¿por qué un porteño de una capa educada apoyaría a un inglés? Y encontrás al tipo que ya tenía contactos comerciales y buscaba el beneficio económico, o al que pensaba que hacía falta un cambio cultural. A las capas bajas no les pasaba eso, pero a veces venían y les vendían la ilusión de que “con estos vamos a estar mejor”, y la gente compraba ilusiones. El ser humano político no ha cambiado nada.
José Salem en Buenos Aires. Foto: Guillermo Rodríguez Adami. –En ese momento Inglaterra era la gran potencia mundial, la que dictaba el ritmo del mundo. Me imagino que habría una mezcla de admiración y colonización cultural.
–Totalmente. Gran Bretaña era la potencia imperial respetada por su poderío, aunque venía de perder a los Estados Unidos unos treinta años antes. De hecho, cuando entraron a Buenos Aires, la historia no fue como nos la contaban en el colegio. Yo no encontré ni una sola referencia al aceite hirviendo. Sí les tiraron algunas piedras, pero muy moderadamente. Cuando los ingleses desembarcaron en las costas de Quilmes y avanzaron hacia la ciudad, casi no hubo resistencia de las fuerzas locales; el virrey Sobremonte abandonó la ciudad y se fue a Córdoba con el tesoro del Virreinato tras tirar tres o cuatro bombazos en el Riachuelo. Los ingleses entraron a Buenos Aires bien formados. Eran muy hábiles para el espectáculo militar: armaron una procesión con muchas cabezas a lo ancho para parecer más de los que eran, venían con los regimientos escoceses… era un desfile de mucha belleza visual y mucha gente de la ciudad quedó fascinada con los uniformes. Los realistas, convencidísimos de que se iban a quedar para siempre, se llevaron el tesoro y no esperaron para nada la reacción final. Y ahí está lo maravilloso: el porteño no tenía conciencia de que la tierra le pertenecía; para ellos la tierra era del Rey de España. Ahí nació el descubrimiento de una identidad nacional. El pueblo se dio cuenta de que podía: se enfrentaron a la primera potencia mundial y la vencieron. Fue nuestra primera gran gesta colectiva, la que hizo que diez años después llegáramos a la independencia.
–Qué importante es recuperar esa idea de la potencia del pueblo en el contexto actual, ¿no?
–Siempre es bueno volver a las raíces y apelar a la memoria colectiva. Saber cuánto tuvimos que luchar para llegar, porque de esa manera uno siente que puede seguir defendiendo lo que es, sea quien sea el rival externo o interno. Pero además, investigando este período descubrí con sorpresa que muchas características negativas que tenemos hoy como sociedad ya estaban presentes hace 220 años.
–El individualismo y el desdén por lo público. En 1806, el Fuerte y los edificios públicos de Buenos Aires estaban totalmente abandonados. En cambio, las fachadas de las casas de la gente acomodada estaban impecables. Esa mentalidad de “mientras mi jardín esté bien, el de al lado no me importa, e incluso le tiro la basura a la vereda del vecino” nos viene de esa época. Me sorprendió para mal ver que nos marca desde el origen. Al mismo tiempo, en los diarios de viaje de los británicos encontré que destacaban la enorme creatividad y calidez de nuestra gente. Creo que hoy nos sigue faltando esa conciencia social de entender que lo público también es nuestro, y que eso implica no solo derechos y beneficios, sino también obligaciones y cuidados. Nos hacemos un poco los distraídos con lo público.
–Vos vivís en Francia hace trece años. ¿Esa diferencia entre lo público y lo privado se nota mucho en comparación con Europa?
–Sí, se nota. Y no porque allá sean mejores personas, sino porque son civilizaciones y culturas mucho más antiguas que ya hicieron el aprendizaje y se dieron cuenta de la conveniencia de cuidar lo común. Un detalle tonto: allá el 95% de los autos, colectivos y camiones paran si un peatón va a cruzar la calle. No lo hacen por pura solidaridad; lo hacen porque el colectivero sabe que cuando él sea peatón va a querer que lo respeten. Es una cuestión cultural de entender que nos conviene a todos tener en cuenta al otro. De todos modos, yo vuelvo a la Argentina todos los años y noto que estamos en ese camino, cada vez hay más gente que te cede el paso. Nos falta, pero se va a extender.
–Para cerrar, saliendo un poco de la historia: ¿qué te gusta leer a vos? ¿Qué estás leyendo ahora?
–Curiosamente, no soy un lector de novela histórica por definición. Yo vuelvo siempre a los clásicos o a autores que traten de meterse en la psiquis de la gente, que intenten explicar por qué obramos cómo obramos y no solo que narren la acción. Por eso vuelvo siempre a Crimen y castigo, de Dostoievski, que es un tratado absoluto sobre la culpa. Me gustan mucho Milan Kundera, Sándor Márai, Ismail Kadaré –un albanés que es una maravilla– o Stefan Zweig. Si tengo que mirar para estas tierras, por supuesto están Borges, Cortázar y Mario Benedetti, pero mi corazoncito se lo lleva Adolfo Bioy Casares; tengo una debilidad por la elegancia que tenía para manejar la palabra. Y de los actuales de acá, me gustan muchísimo Selva Almada y Hernán Ronsino. Leo mucho, de todo. Eso sí: tengo una lista en el teléfono donde voy anotando todo lo que leo porque, si no, me olvido y me ha pasado de ir a la librería y volver a comprar el mismo libro dos veces.
José Salem básico
- Es abogado. Fue docente universitario.
- Estudió lengua y civilización francesa en la Sorbona, e historia del arte en el Museo Nacional de Bellas Artes.
- Ha escrito novelas, relatos y poesía en castellano y en francés. Vive en Buenos Aires y en París.
Cuarenta y nueve días bajo la niebla, de José Salem (Editorial Cuatro Letras)








