una misión secreta, un asesinato posible y el debate sobre el libre albedrío

una misión secreta, un asesinato posible y el debate sobre el libre albedrío

¿Somos dueños de nuestras decisiones o meros actores de un destino que nos antecede? ¿Es, en todo caso, posible resolver esa cuestión? Con ese dilema teórico como trasfondo, Guillermo Martínez construye su última novela Un crimen dialéctico (Seix Barral). Con el ejercicio del pensamiento y el deleite por la conjetura como punto de encuentro, el autor vuelve a unir el debate filosófico y el policial en una trama que anuda la política con la literatura.

Martínez encuentra a su protagonista en una encrucijada. Se trata de un doctor en ciencias con un pasado de militancia revolucionaria al que sus antiguos camaradas le asignan una “misión de sangre”.

Su papel será clave para asegurar la llegada al poder de un candidato presidencial en un país en pleno proceso de transición democrática después de una dictadura militar. Mientras asume el encargo, debe terminar un reporte en el que evalúa un experimento de neurociencias que pondría en duda la existencia del libre albedrío.

A la espera de instrucciones, el protagonista llega a una posada en algún lugar del norte del país –que no termina de ser la Argentina, aunque se parece mucho– en el que convivirá con los dueños del lugar: un Coronel cuya buena puntería le impuso, casi más allá de su voluntad, el destino de una carrera militar; la esposa de origen ruso amante de la literatura y la hija de ambos, una joven a punto de casarse.

Si la dialéctica supone dos ideas opuestas, en el protagonista se tensionan dos polos. Como científico, su quehacer profesional lo lleva a enroscarse en un ida y vuelta de argumentos, en una defensa apasionada de la libertad de acción. Mientras tanto, su deuda de lealtad hecha en aquel pasado que lo ronda con una cualidad fantasmagórica, le reclama la obediencia, la entrega total a una causa. Si el destino estuviera escrito, reflexiona el personaje, se lavarían sus culpas.

¿Cómo escapar, cómo cumplir sin mancharse las manos? Martínez apunta con precisión la tribulación de su personaje desde el epígrafe de Otelo que abre la novela: una cosa es matar en la guerra y otra, cometer un crimen premeditado.

Sin embargo, es justamente en la planificación en donde el protagonista encuentra el mecanismo perfecto para desligarse: si analiza con detalle y manipula las pasiones ocultas de quienes lo rodean, puede hacerlos caer por sí mismos, como quien mueve piezas en un tablero de ajedrez, apenas siguiendo las reglas de un juego. Pero ¿qué tanto hay de predecible en la naturaleza humana? ¿Cómo prever incluso lo imprevisto?

Martínez ha citado como inspiración Las manos sucias de Sartre, que le recordó un universo de debates ideológicos que él mismo vivió en su casa porque su padre pertenecía al Partido Comunista.

La literatura rusa, con su carga filosófica y polemista, se cuela no solo en las referencias que aparecen en boca de la mujer del Coronel, sino en la forma: en Un crimen dialéctico los personajes debaten alrededor de una mesa sobre religión, sobre el país, sobre el concepto del destino.

También, en el ambiente de espionaje y misiones ultrasecretas más propio de la narrativa sobre la etapa soviética. Sin embargo, la propia esposa rusa del Coronel resulta más afrancesada, más parecida a una Madame Bovary que a una sufriente Anna Karenina.

La novela, organizada en tres partes, está narrada a partir de un diario que lleva el protagonista durante su estadía en la posada, en el que no solo cuenta los hechos referidos a su misión, sino también sus intercambios académicos.

En el medio, también aparecen extractos de una correspondencia amatoria vía correo electrónico que, según saben los lectores, está mediada por el engaño. La diversidad de registros demuestra el rango expresivo de la escritura de Martínez, que domina los tecnicismos del ida y vuelta científico –evidencia de su formación como doctor en Matemáticas–, pero también los códigos del suspenso e incluso se permite derivar hacia un territorio más pasional y edulcorado en los emails.

Un crimen dialéctico, como síntesis de los componentes que la conforman, dibuja una historia en la que la acción y la teoría se tensionan, las ideas pueden ser armas y el éxito de un plan puede significar, según se mire, la consagración de un héroe o la degradación moral de una persona.

Un crimen dialéctico, de Guillermo Martínez (Seix Barral).