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Cada sábado, la arquitecta argentina Sandra Dajnowski (61, Buenos Aires), sigue una rutina meticulosa: lee el diario, se enfunda en su traje de ciclismo, chequea el casco, ajusta los guantes y viaja a reunirse con sus compañeros a la vera del río en Vicente López, una ciudad en el extrarradio de la capital. Haber perdido la visión hace 15 años no le ha impedido disfrutar una de sus mayores pasiones desde la niñez: andar en bicicleta. Allí, cada semana un grupo de 50 personas ciegas se reúne para andar en bicicleta con voluntarios que guían la travesía. “Este lugar representa un espacio de pertenencia”, dice con orgullo la mujer, que años atrás lanzó Tándem Norte, una asociación que apuesta por mejorar la convivencia e inclusión en la sociedad.
Los problemas de vista de Dajnowski comenzaron cuando aún era estudiante; sufrió un desprendimiento de la retina en uno de sus ojos. Desde pequeña salía a pasear en bicicleta y sentía una gran conexión con el deporte, aunque la baja visión general le daba inseguridad. Entonces, una entrenadora le sugirió utilizar una bicicleta tándem, diseñada para ser manipulada por dos personas que pedalean de forma simultánea y maniobradas por el guía delantero. “Pero cinco años después perdí también el otro ojo y la bicicleta quedó guardada”, recuerda a América Futura.
Cuando logró salir adelante y acostumbrarse a un panorama adverso, la arquitecta empezó a contactar a otras personas ciegas. “Les pasaba lo mismo que a mí: tenían mucha dificultad para practicar las actividades que amaban, como ir al teatro o hacer deporte. Allí surgió la idea de hacer ciclismo”, relata.
Los primeros tiempos fueron en una pista de ciclismo; el grupo era muy reducido y debieron hacer un esfuerzo para conseguir varias bicicletas tándem y voluntarios que sean guías. Pero no olvidará jamás la sensación que sintió al volver a pedalear: “Disfruté muchísimo, fue como recuperar algo perdido, me devolvió la alegría”.
Pero entonces llegó la pandemia y los encuentros se dificultaron. Cuando las autoridades habilitaron el ciclismo al aire libre, Dajnowski le propuso al abogado José Soto (53, Buenos Aires), voluntario del proyecto desde sus inicios, salir a pedalear con el grupo por las calles, en recorridos que se extendían casi 50 kilómetros. Como eran cada vez más, decidieron buscar un sitio sin autos, donde el riesgo fuera menor, y hallaron el sitio donde se reúnen cada sábado. Luego llegó el nombre: Tándem Norte.
Inclusión y convivencia
Para Sandra, aunque ha habido avances, la sociedad aún es discapacitante. “El prejuicio discapacita y me limita: me pierdo conocerte y tener una conversación agradable, pero también que me ayudes si necesito cruzar la calle y no puedo sola”, señala. “La inclusión debe ser actuada. Y para eso hay que convivir. Tándem Norte es un ejemplo de convivencia e inclusión, porque la diversidad se unifica, nos pone en igualdad de condiciones”, agrega la arquitecta, socia de un estudio inmobiliario en el que aún hoy sigue trabajando y dirigiendo obras y proyectos a los que acude a controlar terminaciones y tareas.
Para ella, en la sociedad aún hay un gran déficit en materia de discapacidad. Además, cuestiona las barreras concretas en materia de accesibilidad. “Por más voluntad que haya, si hay veredas rotas y rampas tapadas por coches estacionados, resulta imposible. Hay que generar conciencia e integrar”, asegura.
Fue así que tiempo atrás el grupo se fue ampliando y hoy los encuentros incluyen a personas neurodivergentes. “La excusa es pedalear, pero el fin es estar contentos, hacer deporte, disfrutar al aire libre y salir del encierro. A mucha gente le cuesta relacionarse”, dice Dajnowski. A casi seis años de los primeros encuentros, cada sábado reciben a más de 50 personas, la mayoría acompañadas por sus familias, que forman parte de la actividad. Luego del pedaleo, comparten un almuerzo y hasta festejan los cumpleaños del grupo.

Para Soto, el proyecto representa la verdadera inclusión en el ámbito deportivo y social. “No hacemos esto por lástima, es de a dos; los guiados pedalean a la par del guía. Es un equipo, si no pedaleamos los dos, no avanzamos. Compartimos un deporte, pero nos divertimos mucho”, dice con entusiasmo, enseguida después de bajarse de la bicicleta.
La participación de los voluntarios es crucial. “Si cualquier persona sin discapacidad visual quiere pedalear, puede hacerlo. En cambio, cuando quiero pedalear, necesito que otro me conduzca”, agrega Dajnowski. Así, el momento de pedalear es un ejercicio de confianza y disfrute. Para la arquitecta, tanto los guías como los guiados se llevan un aprendizaje: “En la diversidad está la riqueza de la vida. El que quiere venir tiene ganas de dar y se lleva mucho”.
Para ser guía no es necesario ser ciclista profesional, ni entrenador de educación física; alcanza con tener un buen estado físico, autorización médica y hacer una capacitación.
Además, para Soto es una actividad muy divertida. Arriba de la bicicleta surgen conversaciones, muchas vinculadas a las actividades del grupo, “pero también sobre la vida”, relata. “A mí me encanta hacer ciclismo con personas con discapacidad, que no pueden andar solas”, afirma el abogado.
Un espacio de pertenencia
Parada a un lado de su bicicleta tándem, Dajnowski dice que en el grupo hay una gran concentración de energía. “Es un entorno virtuoso. Todos venimos a dar, pero también a recibir. A muchos esto nos ha cambiado la vida; esperamos que sea sábado para estar acá”, dice la arquitecta luego de una larga sesión en bicicleta.

Cuando se acerca el mediodía, el suave sol del otoño calienta el ambiente y muchos, como Agustín, un joven con neurodivergencia, comienzan a despedirse con una sonrisa impregnada en el rostro. Algunos piden una vuelta más, otros descansan, conversan o se hidratan sobre el césped. Dajnowski saluda atenta, siempre con un chiste a mano.
Cada sábado, cuando regresa a su hogar, la arquitecta recuerda una a una las charlas. “El habla, el olfato y el tacto son los sentidos que me dan concentración. Vuelvo a mi casa alucinada con el grupo, que es muy diverso. Acá la gente viene a trabajar en equipo, ganar confianza y divertirse”, dice con la voz pausada. Una semana más tarde, volverá a poner en marcha su rutina meticulosa para seguir pedaleando, con la misma ilusión y alegría de cuando era niña.







