De no tener ducha ni champú en casa porque vivía en un paraje alejado de la selva misionera, a pasar horas en un laboratorio con microscopios avanzados para colaborar con la ciencia internacional en la detección temprana de la enfermedad de Parkinson.
La historia de superación de Cristina Weber (27) tiene varias aristas para ser contada. En su casa el estudio no era prioridad porque había que trabajar en la cosecha del tabaco para sobrevivir. Pero una día su destino cambió, se recibió de bioquímica con medalla de honor, ganó una beca en el Balseiro y trabaja como becaria doctoral del Conicet en la investigación del Parkinson.
Cristina se crío en una familia de ocho hermanos, todos trabajaron desde chico en la finca. Su papá y el mayor de sus hermanos son analfabetos y sus hermanas mayores solo cursaron el primario, se casaron y fueron madres antes delos 18. Cristina fue la primera en terminar el secundario y la única en obtener un título universitario.
Todos sus recuerdos de infancia terminan con sus hermosos ojos empañados y una sonrisa tenue que revela su timidez pura. “Siempre soñé con salir de la chacra. Veía el sufrimiento que hacía mi familia”, describe en una charla con Clarín en su nuevo hogar, en la ciudad de Mendoza.
Cristina nació en Colonia Aurora, un pueblo a 185 kilómetros de Posadas, en el interior de la provincia de Misiones, donde vivió hasta terminar el secundario. Caminaba 8 kilómetros para ir a la escuela que quedaba en el Paraje Siete Vueltas. Nunca faltaba y se esmeraba por aprender.
Un dato importante es que en su casa se habla el portugués por la cercanía limítrofe con Brasil y por eso también la dificultad que tuvieron sus hermanos para leer y escribir en castellano. “Hablábamos portuñol con el resto de la gente, recién en la secundaria aprendí el español“, detalla.
“Soy la sexta de ocho hermanos. Mi papá es productor tabacalero y mi mamá, ama de casa. Soñaba con estudiar, con tener una profesión que me permita darle una mejor vida a mi familia. No tener que depender de la huerta, porque cuando había una mala cosecha no teníamos ni para comer”, explica.
Sobre la vida en el campo describe: “Nos levantábamos a las 5 de la mañana para limpiar los corrales y obtener la leche para desayunar. El baño estaba afuera y no teníamos ducha. Nos bañábamos con un balde y para lavarnos el pelo usábamos grasa de cerdo porque no había dinero para comprar champú. Como mis hermanas mayores tenían que trabajar, yo me encargaba de cuidar a mis sobrinos pequeños”.
Cuando iba a tercer año, uno de sus hermanos se quebró un brazo. “Entonces mi papá me dijo que no podía seguir estudiando, que tenía que reemplazarlo porque necesitaba mi mano para la plantación de tabaco”, recordó.
Con la complicidad de su hermana, lograron que interviniera alguien del colegio para convencer a la familia de que debía terminar el secundario: “Fue el rector del colegio a hablar con mi papá y me dejó seguir en la escuela”, comentó.
“El baño estaba afuera y no teníamos ducha”, describe Cristina sobre su vida en la chacra. Foto: Ramiro GómezLa vida de Cristina cambió por completo cuando llegó a la escuela técnica agropecuaria una integrante de Asociación Conciencia. Propuso apadrinar estudiantes para que concluyan el secundario y comiencen una carrera universitaria. Cristina recibió una beca para vivir y estudiar en la Universidad Nacional de Misiones.
Sus tres mentoras: Marcela Olmedo, en la secundaria, Stefy Martínez y Kriss Orozco, en la universidad, le enseñaron técnicas de estudio, cómo organizarse con las materias y a postularse para una beca, además de la contención emocional.
En cinco años y medio concluyó la carrera de Bioquímica. Con 24 años, se graduó como mejor promedio y Medalla de Oro de la Universidad. “Gracias a Conciencia pude continuar con la educación, porque mis hermanos solo terminaban la primaria y seguían trabajando en la chacra”, destaca, agradecida.
Cuenta que estudió Bioquímica porque era una de las materias que más le gustaban y porque, al consultar las opciones que tenía en la universidad pública de su provincia, le dijeron que era la de mayor salida laboral. “No podía desaprovechar la oportunidad de estudiar una carrera que me diera recursos económicos para ayudar a mi familia con algo tan básico como comprar remedios o un tratamiento médico“, comentó.
Ahora, la bioquímica realiza investigaciones para luchar contra el Parkinson. Foto: Ramiro Gómez.Cristina es docente de la Universidad Maza y becaria doctoral del Conicet. Trabaja en el Instituto de Histología y Embriología de Mendoza (IHEM), dependiente del Conicet y la UNCuyo, donde investiga nuevos biomarcadores para el diagnóstico y pronóstico de enfermedades neurodegenerativas, principalmente el Parkinson.
La Asociación Conciencia fue impulsada por mujeres para fortalecer la participación femenina en el acceso a la educación y el empleo de calidad. Hoy, la organización trabaja sobre seis ejes: terminalidad educativa, emprendedurismo, inserción laboral, participación ciudadana, fortalecimiento de organizaciones de base y acceso a derechos en la ruralidad.
A poco de recibirse, ganó una beca de verano del Instituto Balseiro, en Bariloche. “Fue la primera vez que salí de Misiones y viajé en avión”, comenta con entusiasmo.
Cristina fue la primera estudiante de la Universidad de Misiones en ingresar al prestigioso Instituto Balseiro. Al llegar, descubrió lo mejor de la ciencia en Argentina. Le hablaron del Instituto en Mendoza y la investigación para detectar con un solo análisis de sangre el Parkinson. En el Balseiro contactó a Oscar Bello, su director de tesis doctoral. En 2024 obtuvo la beca del Conicet, con uno de los puntajes más altos y se fue a trabajar a Mendoza.
Pasa ocho horas diarias frente al microscopio en la búsqueda e investigación de nuevos biomarcadores para detectar el Parkinson de manera temprana y entender su progresión. Está feliz con su trabajo y con tener un sueldo por primera vez, más allá de que el salario de un becario del Conicet ronda $1,3 millón.
Aunque está lejos de su familia y solo puede visitarlos una vez al año, está convencida de que con su trabajo en Conicet puede ayudarlos cada vez que lo requieran.
El idioma nativo de portugués le permitió participar de una formación en el Instituto de Investigación del Cáncer en San Pablo. “Me ofrecieron hacer mis estudios como becaria en Brasil, pero elegí permanecer en la Argentina“, cuenta.
La montaña y el trekking son su pasión y su rutina de fin de semana, que comparte con su pareja Juan Ignacio. Con la mirada brillosa, confiesa: “Cada vez que alcanzo la cima de un cerro y veo la belleza del paisaje, siento plena felicidad. Vuelvo a sentir que todo esfuerzo vale la pena y que al final, hay recompensa”.







