Este sábado 4 de julio, a partir de las 12, XUL Gallery abre las puertas de su nueva sede física en Alta Gracia. La apertura se celebrará con Eterno retorno, una exposición colectiva que reúne las producciones de Noelia Farías, Matías Wonko, Verónica Jofré y Gustavo Boffi, sumando además una selección especial en trastienda con obras de Valeria Volando y Octavia Russo.
La reinvención como matriz
El desembarco en Alta Gracia representa un nuevo eslabón en la genealogía de un espacio que nació bajo el signo de la contingencia y los formatos híbridos. “XUL Gallery nace en pandemia, en el 2020, como un proyecto independiente autogestivo”, rememora Pablo Bisio, director de la galería. “En ese momento se llamó XUL Arte y Vino; funcionaba como pequeños combos de arte y vinos de bodegas de Córdoba”.
Pero aquel impulso inicial mutó rápidamente. “Después XUL se mudó a la Galería Artis en un convenio de tres galerías. Estábamos con Artis y Tierra Arte Contemporáneo, y durante un año hicimos muestras en esa sede”, repasa el gestor y artista sobre el recorrido que también incluyó el año pasado la participación en Mercado de Arte Contemporáneo.
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El concepto de Eterno retorno, título elegido para esta primera exhibición del año, dialoga de forma directa con esa capacidad de adaptación y resiliencia que caracteriza a la gestión cultural independiente.
En este sentido, la curaduría, compartida entre el propio Bisio y Christian Román, plantea una analogía entre el gesto creativo y los ciclos de la naturaleza: la potencia de la semilla que atraviesa la oscuridad de la tierra para reaparecer transformada.
Estéticas en diálogo
El perfil de XUL Gallery sostiene un criterio curatorial nítido y enfocado en producciones con anclaje territorial. “Es un proyecto que trabaja con artistas con cierta identidad, sobre todo trabaja mucho la figuración”, define Bisio.
Así, las búsquedas estéticas transitan diversos lenguajes técnicos. Farías indaga en paisajes construidos desde el artificio para interrogar la distancia contemporánea con la naturaleza.
Por su parte, la fotografía de Wonko opera con la gramática del archivo privado y la mirada voyeur sobre la corporalidad y el erotismo. Las telas de Jofré proponen territorios oníricos que tensionan las tradiciones del retrato y el paisaje, mientras que las piezas escultóricas de Boffi, elaboradas en cartón corrugado, ponen de manifiesto un cruce meticuloso entre los procesos tecnológicos y la manufactura artesanal aplicada a escenas de la cotidianeidad.
La propuesta de trastienda complementa el recorrido con la obra textil, la xilografía y el bordado de Volando, ligada a saberes ancestrales, y las pinturas de Russo, enfocadas en la ambigüedad de las formas animales y humanas.







