por qué tener hijos ya no ocupa el mismo lugar que antes en los proyectos de vida de las mujeres

por qué tener hijos ya no ocupa el mismo lugar que antes en los proyectos de vida de las mujeres

Tener hijos ya no ocupa el mismo lugar que hace una década en los proyectos de vida de las mujeres. No significa necesariamente que hayan dejado de desearlos, sino que cambiaron las expectativas, las prioridades y las condiciones en las que se decide formar una familia.

Una investigación del Observatorio del Desarrollo Humano y la Vulnerabilidad del Instituto de Ciencias para la Familia de la Universidad Austral asegura que en 2015 el 77% de las personas consideraba muy importante tener y criar hijos para la calidad de vida familiar, mientras que en 2025 esa proporción cayó al 46%: 31% menos en diez años. Entre quienes tienen entre 18 y 34 años, apenas el 34% le da importancia a la maternidad.

“El resultado no es que el deseo de tener hijos desaparezca, sino que se posterga o no llega a cumplirse”, dice a Clarín la decana del Instituto e investigadora del Observatorio, Dolores Dimier de Vicente.

La diferencia entre el deseo y las posibilidades de realizarlo es una de las claves para leer los cambios de época. Según el estudio, el 83,2% de quienes todavía no tienen hijos desea tenerlos. Al mismo tiempo, entre las personas sin hijos, el 57,3% señala que “no es su proyecto” tenerlos. La decisión de no ser madre aparece vinculada tanto con una elección personal como con las condiciones materiales, afectivas y laborales en las que se construye un proyecto de vida.

La familia sigue en el centro

Aunque tener hijos perdió centralidad, la familia continúa siendo la principal fuente de satisfacción. El 43,2% la ubica en primer lugar, muy por encima de la carrera u ocupación (12,7%), los deportes y la recreación (12,1%), los amigos (12%) y los viajes (9,9%).

Sin embargo, cambia según la edad. En el grupo de 18 a 34 años, la vida familiar es la principal fuente de satisfacción para el 23,7%; el porcentaje sube al 58,5% entre quienes tienen de 35 a 49 años, al 60,2% en el segmento 50 a 64 y al 71,4% entre los mayores de 65.

Entre quienes no tienen hijos y no desean tenerlos, el 38,2% menciona la falta de una pareja estable; el 32,6%, la preferencia por viajar o vivir nuevas experiencias; y el 30,3%, la prioridad del desarrollo profesional. La inestabilidad económica aparece en el 22,5% de las respuestas, el mismo porcentaje que menciona no querer tener hijos en el contexto mundial actual, por razones ambientales, sociales o políticas.

“Ocurre un cambio cultural en el que los estereotipos que se transmiten entre las generaciones más jóvenes han transformado el lugar de la maternidad en el proyecto de vida, y un cambio en el desarrollo profesional o laboral de la mujer que supone condiciones que tornan más difícil concretarla”, señala Dimier de Vicente.

La desigualdad detrás de la crianza

Las mujeres ampliaron sus oportunidades educativas y laborales, pero la maternidad todavía tiene un impacto desigual sobre sus vidas, sobre todo, en la distribución de las tareas domésticas y de cuidado. La posibilidad de elegir tener hijos o no tenerlos no depende solamente de los deseos individuales: también está condicionada por quién asume la responsabilidad cotidiana de alimentar, acompañar, organizar, llevar a las consultas médicas y atender las necesidades de los demás.

El estudio de la Universidad Austral muestra que el 73,9% de los hogares monoparentales tiene a una mujer al frente. Además, ante la afirmación “Mi familia me demanda mucha dedicación”, el 30,4% de las mujeres manifiesta un alto nivel de acuerdo, frente al 22,2% de los varones. Ellas sienten con más intensidad las demandas familiares, mientras que ellos tienen una percepción más positiva de su propio cumplimiento.

Entre quienes cuidan, el 60,6% de las mujeres es cuidadora principal, frente al 44,4% de los varones. “Las razones son multicausales: las mujeres siguen asumiendo la mayor responsabilidad en el trabajo doméstico y de cuidados debido a factores culturales, sociales e institucionales arraigados”, explica la especialista.

El trabajo invisible de organizar la vida familiar -anticipar necesidades, recordar turnos médicos, planificar las comidas, coordinar horarios escolares y resolver imprevistos- forman la famosa “carga mental”.

“Colaborar no es hacerse cargo -resume Dimier de Vicente-. Muchos varones perciben las acciones puntuales, como lavar los platos o sacar la basura, como un aporte importante o un favor. No registran el trabajo continuo que implica sostener un hogar, y por eso creen estar al mismo nivel de responsabilidad”.

La especialista señala, además, que la comparación con padres y abuelos puede alimentar una falsa sensación de equidad: si los varones participan más que antes, pueden considerar que el reparto es justo, aunque las mujeres sigan llevando la mayor parte de la organización cotidiana.

El costo de cuidar en soledad

La desigualdad tiene consecuencias concretas sobre el descanso, el desarrollo profesional y la autonomía. Entre las mujeres identificadas como cuidadoras principales, el 54% afirma que cuidar le dificulta descansar lo suficiente, frente al 30% de los varones. Además, el 44% dice que las tareas de cuidado le impiden sostener un proyecto personal; entre los varones, esa proporción es del 10%.

La sobrecarga también es significativa: cuatro de cada diez cuidadoras principales presentan una sobrecarga intensa. Cuando la persona cuidada es un hijo o hija menor de 18 años, el porcentaje asciende al 48,4%.

La necesidad de interrumpir o reducir la jornada laboral, aceptar empleos más flexibles pero peor remunerados o abandonar el trabajo formal afecta los ingresos del presente y las oportunidades del futuro. Dimier de Vicente advierte que esta desigualdad también se refleja en la jubilación: siete de cada diez personas que cobran la mínima son mujeres.

En Argentina, además, las licencias por nacimiento siguen siendo cortas y desiguales: 90 días para la madre y dos días para el padre. Y el acceso depende de la situación laboral. Sin alternativas, en general es la mujer quien reduce su actividad remunerada.

“La carga de cuidado se traduce en trayectorias laborales más intermitentes y peor remuneradas”, señala la investigadora. La maternidad también puede condicionar la independencia económica y las posibilidades de desarrollo a largo plazo.

Qué hace falta para que elegir sea posible

Las condiciones laborales aparecen entre las principales demandas de quienes evalúan formar una familia. Según las respuestas de la especialista, el 62,9% valora la flexibilidad horaria; el 48,3%, la posibilidad de trabajar desde casa; el 41,6%, una jornada ajustada al horario escolar; y el 37,1%, una licencia por paternidad más extensa. La disponibilidad de guarderías en el lugar de trabajo también aparece entre las opciones, con el 34,8%.

Los resultados apuntan a que el tiempo es una variable decisiva. No alcanza con que una persona quiera tener hijos si las condiciones laborales, la falta de redes de apoyo o la distribución desigual de los cuidados hacen difícil sostener la crianza sin renunciar al descanso y a los proyectos personales.

La especialista también advierte sobre el escaso reconocimiento social del cuidado y la insuficiencia de los apoyos institucionales. Las licencias parentales más igualitarias, los servicios accesibles para la primera infancia y una organización del trabajo compatible con la vida familiar son parte de las condiciones necesarias para que la responsabilidad no recaiga siempre sobre las mujeres.

Esto no significa que cuidar sea únicamente una carga. El estudio muestra que el 95,7% de quienes cuidan encuentra algo gratificante en esa tarea. Entre las razones aparecen el cariño mutuo, el tiempo compartido, los cambios que logran en la persona cuidada y lo que aprenden de ella.

No se trata de oponer maternidad y autonomía, ni interpretar la caída de la natalidad como una señal de desinterés por la familia. Dimier de Vicente lo sintetiza en una frase: “El problema no es cuidar, sino cuidar en soledad”.