“Una coda es un elemento musical al final de una composición que lleva la obra a su conclusión. Puede variar enormemente en su extensión. La coda de mi vida ha sido generosa y rica. La vida es preciosa”. Así se despedía Michael Tilson Thomas, en adelante MTT, en febrero de 2025, después de anunciar en su página web el regreso del tumor cerebral que le había sido diagnosticado en agosto de 2021.
Catorce meses después, este jueves 23, esa coda se ha cerrado en su domicilio de San Francisco. Tenía 81 años. Apenas dos meses antes había muerto Joshua Robison, su marido y mánager durante casi medio siglo. Con su desaparición se extingue el último gran director-pedagogo estadounidense, heredero directo de un modelo —el de Leonard Bernstein— que articulaba podio, composición, divulgación televisiva y vocación cívica, y que difícilmente volverá a reproducirse.
MTT había nacido en Los Ángeles, en diciembre de 1944, y su leyenda fundacional se escribió en octubre de 1969. Aquel otoño, recién galardonado con el Premio Koussevitzky de Tanglewood y con apenas 24 años, debutó en Boston como ayudante de William Steinberg al frente de la Sinfónica de Boston. A mitad del concierto, Steinberg se sintió indispuesto y el joven asistente tuvo que subir al podio sin ensayo previo. La crítica lo consagró al día siguiente y aquel episodio —uno de los grandes “nacimientos públicos” de un director en el siglo XX— inauguró una carrera que ya no conocería retrocesos.
Pero la genealogía empezaba mucho antes, y no en el podio, sino en el escenario. MTT era nieto de Boris y Bessie Thomashefsky, fundadores y figuras tutelares del teatro yiddish neoyorquino del Lower East Side en la primera mitad del siglo XX. Esa herencia explica buena parte de su fisonomía artística: la primacía de lo escénico, la programación concebida como dramaturgia y la convicción de que la música culta debía dialogar con la popular sin pedir disculpas.
Formado en la Universidad del Sur de California con Ingolf Dahl, en su juventud angelina trabajó como pianista en los Monday Evening Concerts, un entorno en el que entró en contacto directo con la vanguardia —Pierre Boulez, Karlheinz Stockhausen— y con figuras centrales de la tradición estadounidense como Aaron Copland; una herencia de modernidad de primera mano que muy pocos directores americanos de su generación pudieron exhibir.
En 1971 se produjo el relevo simbólico: la Filarmónica de Nueva York le confió los Young People’s Concerts que Leonard Bernstein había creado y abandonado dos años antes. La continuidad fue mucho más que un encargo televisivo. MTT se convirtió, casi a su pesar, en el continuador legítimo del modelo bernsteiniano, y lo asumió con plena conciencia. Aquellos años de aprendizaje se repartieron entre la titularidad de la Filarmónica de Buffalo (1971-1979) y un primer envite europeo decisivo: la Sinfónica de Londres, de la que fue principal entre 1988 y 1995, donde firmó con CBS/Sony sus primeras grandes grabaciones —Mahler, Stravinski, Berlioz— y donde mantuvo después, hasta su muerte, el título de director laureado.
Fueron también los años de su proyecto pedagógico de mayor alcance. En 1987, junto a los filántropos Ted Arison y Lin Arison, fundó en Miami Beach la Orquesta Sinfónica del Nuevo Mundo, concebida para formar a jóvenes músicos en el tránsito entre el conservatorio y la orquesta profesional. La inauguración en 2011 del nuevo edificio diseñado por Frank Gehry —un laboratorio acústico y audiovisual sin equivalentes en su momento— consolidó esa institución como la apuesta más singular y duradera de su carrera.
El gran capítulo llegaría en 1995, cuando asumió la dirección musical de la Sinfónica de San Francisco. Los veinticinco años al frente de la orquesta californiana —hasta 2020, cuando pasó a director laureado— transformaron por completo su sonoridad y su proyección internacional. Bajo su mando, la SFS se convirtió en una de las grandes orquestas del país, ganó cuerpo en Mahler, Ives, Copland, Adams y Reich, y lanzó en 2001 SFS Media, un sello propio creado justo cuando la industria discográfica clásica empezaba a desplomarse: una decisión visionaria que permitió documentar en directo, entre otros proyectos, su integral mahleriana.
Completada a lo largo de la primera década del siglo, esa integral es probablemente su legado discográfico mayor. Más analítica que la de Bernstein, menos confesional, más translúcida en las texturas y más contenida en lo retórico, propuso un Mahler americano alternativo y profundamente personal. La serie Keeping Score, emitida por la PBS entre 2004 y 2009 y dedicada a desentrañar para el gran público las grandes obras del repertorio, completó por aquellos mismos años el doble proyecto bernsteiniano de divulgación y registro.
A todo ello hay que sumar dos dimensiones que la crítica europea infravaloró con cierta sistematicidad. La primera, su militancia por la música estadounidense del siglo XX: la integral sinfónica de Charles Ives, el estreno de The Desert Music de Steve Reich, su devoción constante por Copland o su trabajo sostenido con compositores vivos. La segunda, su propia obra como compositor, firmada con ese desdoblamiento tan característico de los grandes músicos americanos: From the Diary of Anne Frank, Showa/Shoah —escrita para el cincuentenario del bombardeo de Hiroshima—, Meditations on Rilke o Urban Legend. Doce premios Grammy a lo largo de su carrera dan cuenta de un reconocimiento que en su país nunca le faltó.
La enfermedad la afrontó con una transparencia poco frecuente. Hizo público el diagnóstico en agosto de 2021 y, en lugar de retirarse, redujo su agenda y siguió dirigiendo allí donde se sentía indispensable: la Sinfónica de Londres, la Filarmónica de Nueva York, la Sinfónica de Chicago y la Filarmónica de Los Angeles. Su último concierto tuvo lugar el 26 de abril de 2025, en San Francisco, en una celebración tardía de su 80.º cumpleaños. La muerte de Robison el pasado 22 de febrero, tras casi cincuenta años de vida en común, dejó un silencio que la enfermedad terminó por sellar. En su carta de despedida pedía no llorar el final, sino celebrar lo que él mismo llamó, con una elegancia que resume su carácter, una “coda generosa”.








