Marelvis Rodríguez escuchó la hélice de dos helicópteros zumbándole al oído. Ese golpeteo grave que todo el mundo reconoce antes de mirar al cielo. Levantó la cabeza desde su parcela en la vereda Boquerón, donde vive, y los vio cruzar bajito en dirección al piedemonte de la Sierra Nevada de Santa Marta. Inmediatamente pensó en su hijo, Ricardo Andrés Martínez Rodríguez, que había llegado hasta la vereda Quebrada del Sol hacía una semana a trabajar inyectando ganado. Se llevó la mano al pecho, como si algo ahí dentro se le hubiera cerrado de golpe.













