La condena puso punto final a uno de los casos de maltrato infantil más graves registrados en la provincia de Mendoza, que en las últimas horas volvió a ser noticia por el caso Mateo. Gustavo Ariel Olguín (29), que trabajaba como camillero, terminó confesando el crimen de su hija Emma, una beba de apenas dos meses, luego de casi dos años de investigación en los que intentó despegarse de la responsabilidad con distintos relatos.
El ataque ocurrió en la madrugada del 13 de agosto de 2023, cuando la niña ingresó en estado crítico al Hospital Notti (el mismo donde fue asistido Mateo, el nene de un año y cuatro meses) tras sufrir un paro cardiorrespiratorio en su vivienda del barrio Infanta, en Las Heras. Fue reanimada por los médicos y permaneció internada durante dos días, hasta que finalmente falleció.
Desde el primer momento, los médicos advirtieron que las lesiones no eran compatibles con un accidente y activaron el protocolo por maltrato infantil.
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Las pericias médicas marcaron el rumbo de la causa. Los especialistas detectaron hematomas, traumatismos y un severo compromiso neurológico vinculado al síndrome del bebé sacudido, además de hemorragias cerebrales y otras lesiones de extrema gravedad. A su vez, la autopsia confirmó signos de abuso sexual, lo que agravó la imputación y descartó por completo cualquier explicación alternativa.
En una primera etapa de la investigación, tanto el camillero como la madre de la beba quedaron bajo sospecha. Sin embargo, con el avance de las pruebas, la Justicia determinó que la mujer no se encontraba en el domicilio al momento del hecho y terminó siendo sobreseída, lo que dejó a Olguín como único imputado.
Durante ese proceso, el acusado ensayó distintas versiones para intentar eludir su responsabilidad. En su declaración llegó a culpar a su pareja, a quien acusó de consumir drogas y de haber estado fuera de control la noche del hecho. También describió una relación conflictiva atravesada por celos. Sin embargo, esas afirmaciones fueron desmentidas por mensajes incorporados al expediente y otras evidencias que revelaron inconsistencias en su relato.
Incluso al referirse a lo ocurrido con su hija, buscó minimizar la violencia. En su indagatoria sostuvo que le había dado “un zamarrón” en medio de la desesperación porque la beba no reaccionaba. Esa explicación fue descartada por los informes médicos, que describieron un cuadro mucho más severo, incompatible con un hecho aislado.
El quiebre definitivo llegó en la etapa final del proceso. Frente al peso de las pruebas acumuladas, Olguín confesó el crimen en el marco de un juicio abreviado. Con esa admisión, la Justicia dictó esta semana la condena a prisión perpetua y cerró el expediente.








