¿Puede la historia de un país ser contada a partir de sus canciones y músicos populares? En Hoy desperté cantando esta canción. Canciones populares: una historia argentina (Debate), el periodista, escritor y crítico musical Diego Fischerman se anima al reto, con una investigación exhaustiva, audacia y espíritu lúdico.
De Gardel a Atahualpa, de Spinetta y Charly a Goyeneche, de León Gieco a Nacha Guevara, de Mercedes Sosa a Fito Páez, J. C. Baglietto y María E. Walsh, el libro atraviesa los grandes nombres de nuestro repertorio, de los diferentes géneros: tango, folclore, rock, boleros, chamamés.
Las canciones elegidas “hablan de o son habladas por su época”, y en cada capítulo –breve ensayo– pueden encontrarse pistas para pensar la originalidad de nuestro repertorio. Clarín conversó con Diego Fischerman sobre este ensayo con formato de playlist.
“Indudablemente en el libro están presentes mi mirada y escucha, lo que Flaubert llamó la educación sentimental. Aun así, traté de que no fuera mi cancionero, sí que fuera un cancionero”. Para Fischerman, las canciones son artefactos culturales ligados a nuestras vidas, pero el ejercicio de la crítica supone ir más allá de los gustos.
“Por ejemplo, Viejo Paraná, interpretada por Ramona Galarza, de la que tenía un recuerdo vago, me servía para hablar de ciertas cosas de las cuales no podría haber hablado a partir de otras canciones”.
Cuestiones generacionales
O las que sumó, con el tiempo, por cuestiones generacionales: “Gloria Guerrero escribía en Humor maravillas de Los Redondos, pero yo entonces escuchaba a Spinetta y Los Redondos eran para mí un grupo de música comercial. No entendía cuál era la gracia. Sumo, mucho menos. Después, gente que me parecía que no hablaba desde el fanatismo, me enseñó a buscar lo que no estaba buscando y a dejar de buscar lo que no iba a encontrar nunca ahí”.
En el libro –con sus salvedades– hoy hay un lugar para Ji ji ji y La rubia tarada. ¿Puede el himno en la versión de Charly ser considerado una canción? “Sí, claramente. Yo creo que las canciones pueden ser himnos y los himnos pueden ser canciones… por ahí suena un poco populista, pero la canción de Víctor Heredia que se canta en las canchas es un himno: hoy el canto de las canchas de fútbol son himnos. Hay muchas maneras de ser popular”.
–¿Cómo encontraste la estructura para un libro que explora un siglo de música, diversidad de géneros, estilos e intérpretes? Parece una lista infinita…
–Me sirvió saber que no tenía que elegir todas las canciones de la misma manera. En unos pocos casos –Artaud, Pequeñas anécdotas sobre las instituciones, Tiempos difíciles, Mercedes Sosa en Argentina– hablo del disco, porque me parece que fueron muy significativos como objetos. Otras veces, no elijo la canción más conocida de un disco, sino otra porque me permite abrir una puertita lateral. En ese gran disco conceptual que fue Mujeres Argentinas, del 69, interpretado por Mercedes Sosa, hay tres o cuatro canciones obvias que son Gringa Chaqueña, Juana Azurduy, Alfonsina, Rosarito Vera, pero yo incluyo Las cartas de Guadalupe porque me encantó recordarla y porque pocos conocen el tema de Ariel Ramírez y Félix Luna basado en la historia de la joven esposa de Mariano Moreno, quien le escribía cartas a su marido sin saber que había muerto. Me gusta pensar que le estoy ofreciendo al que lee el libro la posibilidad de descubrir algo, que le provoque una sorpresa, y que esa sorpresa sea agradable.
–A lo largo del libro se va construyendo una cronología. ¿De qué modo interactúa cada época con sus canciones?
–Hablemos de 1982-83. Con cuatro canciones, Charly García cuenta ese periodo: Yendo de la cama living, No bombardeen Buenos Aires, Los dinosaurios e Inconsciente colectivo dibujan perfectamente ese pasaje, lo que se ve venir. Pero hay otra manera muy distinta de hablar de esos años, la de los rosarinos que nuclea Baglietto: Tiempos difíciles me parece un disco fundamental porque introduce algo que no estaba en la canción popular argentina, y mucho menos en el llamado rock nacional, que son los personajes de la calle, el tipo común, el oficinista que está en la cuerda floja. Mirta, de regreso (Adrián Abonizio) es la historia del tipo que vuelve de estar en cana y encuentra los zapatos de otro debajo de la cama de su mujer. Mucho más cerca de la short story de Carver y la canción norteamericana, con la idea de desarrollar un personaje con pequeños gestos. Hasta entonces, las canciones argentinas eran más declamativas, hablaban a través de arquetipos o sobre cómo debería ser la ciudad, cómo deberían ser los amores, pero contaban pocas historias. En torno a Malvinas, por ejemplo, falta la canción de la novia que va a despedir al pibe al que lo sube una camioneta y no sabe a dónde va, o la carta que se escribe y no tiene respuesta, una canción que hubieran escrito Carly Simon, Joni Mitchell o Bob Dylan –algo que sí está en la literatura, con Pichiciegos, de Fogwill, Las Islas, de Gamerro, o ese cuento de Rodrigo Fresán, del libro Historia argentina, sobre un pibe que se anota como voluntario para ir a Malvinas, pero su plan es rendirse, y que lo lleven prisionero a Londres para escuchar a los Stones.
Diego Fischerman. Foto: Roberto Ruiz.–Me sorprendió leer a María Elena Walsh como una referencia que atraviesa todo el libro. ¿Por qué la centralidad de su figura?
–María Elena Walsh fue una poeta extraordinaria, una persona de una inteligencia notable, compositora e intérprete. Además, fue alguien que sintonizó muy bien con ese espíritu de la clase media ilustrada de los sesenta, con esa idea de distinción que tenía que ver con el gusto por el arte, entre otras cosas. Ella hace un foxtrot, un twist, una vidala, una balada, una milonga y todo suena propio. Escribe e interpreta una canción como Barco quieto, que habla de una separación, de la cosa verdaderamente doméstica, con una carga emocional y una música extraordinaria. Nadie se había atrevido a tanto. Eso es canción argentina.
–¿Pensás, entonces, que se puede hablar de una originalidad de nuestra canción popular?
–La manera en que los géneros han sido apropiados y transformados aquí es bastante particular. Los portugueses tienen el fado, en EE.UU., el blues y el jazz, el R&B y la adaptación del rock inglés. En Brasil quizás sucedió algo similar, particularmente en la generación de los que hoy tienen más de 80 años –Ney Matogrosso, Caetano Veloso, Gilberto Gil, Chico Buarque, obviamente–, pero en la Argentina, con un mercado mucho más chico, se ha dado una originalidad muy prodigiosa: una riqueza muy singular ligada a músicas migratorias y de amalgama de culturas. Ejemplos. Muchas de las letras de Jaime Dávalos tienen un gesto poético, muy gongoriano, pero al mismo tiempo está la influencia que le llega a través de Residencia en la Tierra, de Pablo Neruda, y el Partido Comunista. Como El arriero, que además de ser popular, en términos de popularidad, incorpora fuentes distintas, con una fórmula poética de un poder y de una imaginación, en la que se puede hablar de una argentinidad. En A estos hombres tristes, de Almendra, hay montones de rasgos de época que probablemente no hubiera podido componer nadie distinto de Spinetta, que escuchaba a los Beatles, que escuchaba tango, conocía los cinco tiempos de Brubeck, combinados con una letra que no tiene nada que ver con eso. Cuando León Gieco hace Cachito campeón de Corrientes, que no tiene las temáticas, ni suena como un chamamé, con bandoneón de Dino Saluzzi, termina siendo un objeto distinto de sus modelos. O Algo contigo, de Chico Novarro, un bolero que tiene versos de veinte sílabas: ¿Hace falta que te diga que muero por tener algo contigo? ¿A quién se le ocurre hacer un bolero de esa manera? A un argentino…
–¿Cómo te llevás con este presente algorítmico?
–La idea del algoritmo como perfeccionamiento de lo que es el mercado ya existía antes de las aplicaciones, a lo largo del siglo XX, pero ahora tiene para mí un punto peligroso: que aparenta ser abierto y es totalmente cerrado. Es decir, te da la idea de que vos estás expuesto a ideas nuevas porque hay algo que te recomienda y descubriste algo que no conocías, pero ese algo es un avatar tuyo, es más de lo mismo, cosas que vos ya escuchaste. Lo que dejó de existir es el lugar que había para lo minoritario: la radio, las revistas, colecciones como las de CEAL o EUDEBA –que a su modo también funcionaban como algoritmos–. Hoy hay influencers, Spotify brinda poca información y se confunde todo. Tampoco funcionó esa especie de enciclopedia, muy de los ‘90, con las grandes discotecas modelo Tower Records: te comprabas todo lo de un sello que no escuchabas nunca. Al final, aunque hoy son menos importantes en la vida colectiva, y definen menos la identidad que en otras épocas, creo que se van a seguir haciendo canciones: el ser humano cantó siempre y no creo que deje de hacerlo.
Diego Fischerman básico
- Nació en Buenos Aires, en 1955.
- Es autor de Efecto Beethoven. Complejidad y valor en la música de tradición popular, Después de la música. El siglo XX y más allá y El sonido de los sueños.
- Publicó el volumen de cuentos El principio del terror y su nouvelle La gran fuga está próxima a editarse.
- Es profesor de la Beca Gabriel García Márquez de la Fundación Nuevo Periodismo Latinoamericano, del Instituto Superior de Arte del Teatro Colón y del Conservatorio Superior Manuel de Falla, y se desempeña como crítico musical y periodista.
- Realizó la curación de ediciones discográficas dedicadas a Piazzolla y Mercedes Sosa para Sony, Universal y Lantower.
- En 2007 fue distinguido con el Premio Konex a una de las personalidades de la década en el campo del periodismo y la comunicación, y en 2017 fue galardonado con el Konex de platino en su especialidad.
- En 2017 el Ministerio de Cultura de Francia le concedió la Orden de Caballero de las Artes y las Letras.
Hoy desperté cantando esta canción, de Diego Fischerman (Debate).








