Al día siguiente de los terremotos de La Guaira, Liliana Figueroa recibió este mensaje: “Yo vi a su hija en una bolsa, estaba con su cédula”. Le escribía el familiar de una amiga de Angelina Guerra Figueroa, su única hija, de 16 años. En ese momento, Liliana estaba intentando regresar a Venezuela desde Boa Vista, donde desde hace cuatro años era mamá a distancia. Atendía mesas en un restaurante de la ciudad fronteriza brasilera para obtener los ingresos que, como docente en Venezuela, no le alcanzaban para sostenerse a sí misma y a su hija. Una migración forzada por la crisis, pero lo suficientemente cerca para volver en dos días de viaje por carretera cuando fuera necesario, como ese día en que ni Angelina ni su papá respondían al teléfono y las noticias confirmaban un desastre, el más devastador que ha vivido el país en tiempo reciente.










