Kyle Busch, leyenda de la Nascar, murió a los 41 años tras una “enfermedad grave”

Kyle Busch, leyenda de la Nascar, murió a los 41 años tras una “enfermedad grave”


“Nunca sabes cuándo será la última”, había dicho Kyle Busch hace seis días al festejar su victoria en la fecha de la NASCAR Craftsman Truck Series -una de las tres divisiones nacionales principales de la NASCAR, junto con la Cup Series y la Xfinity Series- en Monster Mile, el circuito ubicado en la ciudad de Dover. Quizás lo intuía quien este jueves murió a los 41 años.

La categoría más popular del automovilismo perdió a una de sus figuras más grandes, más intensas y más difíciles de domesticar. Busch había sido hospitalizado por una grave enfermedad y el impacto fue inmediato en todo el automovilismo estadounidense. Apenas unas horas antes, su equipo, Richard Childress Racing, había informado que el piloto no participaría de la Coca-Cola 600, una de las carreras más emblemáticas del calendario. Nadie imaginaba que ese comunicado sería el principio de la despedida y que el All-Star de la NASCAR, donde quedó 17°, sería su última carrera.

“En nombre de la familia Busch, de todos en Richard Childress Racing y de toda la NASCAR, estamos devastados al anunciar el repentino y trágico fallecimiento de Kyle Busch”, señaló la familia en un comunicado. Y la palabra devastados parece exacta para describir lo que provocó su muerte. Porque Busch no fue solamente un campeón. Fue una personalidad que atravesó a la NASCAR durante más de dos décadas. Un piloto feroz, talentoso, provocador y extremadamente competitivo. De esos que generan amor y rechazo en partes iguales, pero jamás indiferencia.

En Estados Unidos lo conocían como “Rowdy”. Pendenciero. Rebelde. El chico malo de la categoría. Y él alimentó ese personaje durante años: discutía por radio, explotaba en boxes, se enfrentaba con rivales y convivía naturalmente con los silbidos de las tribunas. Pero arriba del auto era imposible discutirle el talento.

En las últimas semanas, en cambio, había sido noticia por una situación inesperada. Durante una carrera de la Cup Series el 10 de mayo en Watkins Glen, Busch se comunicó por radio con su equipo para pedir asistencia médica del Dr. Bill Heisel y una inyección apenas se bajara del auto.

Entonces, la transmisión televisiva, contó que el piloto había estado lidiando con un resfriado sinusal que se vio agravado por las intensas fuerzas G y los cambios de elevación en el circuito de carretera del norte del estado de Nueva York. Eso, sin embargo, no le impidió continuar en la pista y cruzar la meta octavo.

Sin embargo, nadie imaginaba este desenlace. Hace solo tres días, había festejado el cumpleaños número 11 de su hijo Brexton.

NASCAR lo definió como “un talento excepcional, de esos que aparecen una vez por generación”. Y no parece una exageración.

Los autos en la sangre

Kyle Thomas Busch nació el 2 de mayo de 1985 en Las Vegas, en una familia atravesada por los motores. Su padre, Tom, era mecánico y corredor amateur. Su hermano mayor, Kurt, también se convertiría en campeón de NASCAR y fue quien lo empujó desde chico a las pistas improvisadas en estacionamientos y calles de Las Vegas.

Debutó siendo apenas un adolescente y rápidamente empezó a romper récords. En 2005, con apenas 20 años, se convirtió en el ganador más joven de la Cup Series, la máxima categoría de NASCAR, una marca que en ese momento sacudió al automovilismo estadounidense.

Después llegaron las victorias, las polémicas y la consolidación de una carrera monumental.

Busch pasó por tres estructuras históricas: Hendrick Motorsports, Joe Gibbs Racing y Richard Childress Racing. Fue especialmente en Joe Gibbs donde construyó gran parte de su leyenda y se transformó en el rostro deportivo del proyecto de Toyota en NASCAR.

Ganó dos campeonatos de la Cup Series, en 2015 y 2019, y dejó números descomunales en las categorías nacionales: 102 triunfos en la actual Xfinity Series y 69 victorias en la Truck Series, récords históricos que todavía parecen difíciles de alcanzar. Pero Busch fue mucho más que números.

Fue el piloto que corría enojado. El que aceleraba al límite aunque el campeonato no estuviera en juego. El que podía convertir una carrera rutinaria en un espectáculo simplemente por su presencia. Su relación con el público fue tan intensa que terminó creando una comunidad propia: la famosa “Rowdy Nation”, una legión de fanáticos que lo siguió hasta en sus peores días.

Foto: AP

Con el tiempo, sin embargo, apareció otra versión de Kyle. Más serena. Más familiar. El nacimiento de sus hijos pareció acomodarle ciertas urgencias. Seguía siendo feroz dentro de la pista, pero afuera se mostraba más relajado, más cercano, más dispuesto a disfrutar del rol de padre y mentor de jóvenes pilotos.

Muchas veces se lo veía acompañando a Brexton en competencias infantiles, observándolo desde boxes con la misma ansiedad con la que años atrás lo habían observado a él.

Por eso la noticia golpea tanto. Porque Busch seguía siendo parte del presente de NASCAR. Seguía corriendo. Seguía peleando. Seguía perteneciendo a ese grupo de pilotos que parecen eternos hasta que un día dejan de estar.

“NASCAR perdió hoy a un gigante del deporte, demasiado pronto”, escribió la categoría en otro tramo de su despedida.

Le sobreviven sus padres, su esposa Samantha -con quien se había casado en la víspera de Año Nuevo de 2010- y sus dos hijos: Brexton, de 11 años, y Lennix, de 4. La NASCAR perdió a uno de sus últimos pilotos salvajes. Y el automovilismo se quedó sin uno de esos corredores capaces de transformar cada vuelta en una escena inolvidable.