historias de organizaciones argentinas que asisten a quienes más lo necesitan

historias de organizaciones argentinas que asisten a quienes más lo necesitan


Costa del Este. El mar infinito abraza un deseo. “Mi sueño es correr una carrera en bicicleta”, escribió Lourdes -Luli para todos- en una tarea escolar desde su silla de ruedas, producto de una discapacidad motora severa.

Su ilusión fue daga y motor para su papá, Ignacio Calabró. Kinesiólogo con mucha experiencia, Ignacio frenó su día a día y, con un amigo, transformó angustia en futuro: creó una bici para trasladarla. Fue solo el principio. Luli era muy chiquita. Tenía 5 años. Pronto, con su papá como conductor, fue tomando envión hasta competir en carreras multitudinarias.

“Recuerdo que, al ver a mi hija feliz, empezamos con mis amigos a reciclar y readaptar otras bicis para personas con distintas discapacidades. También, arrancamos a hacer sillas anfibias para surfear en el mar. Fue también Lourdes la que me pidió una para meterse al agua y la que me impulsó a fabricarlas”, comparte Calabró, al frente de Diversamente Posibles, una asociación civil que promueve actividades recreativas y deportivas principalmente para los chicos con discapacidad y sus familias en el Partido de la Costa.

Hacer Posible lo que parece Imposible. Argentina está llena de entidades como la que lidera Calabró. Están en el norte y en el sur. En el centro, este y oeste del país. Los nombres e historias son distintas pero su ADN es el mismo: abren espacios que sostienen a pulmón, generalmente con donaciones, recursos propios o de privados y con poca o sin ayuda del Estado.

La clave: unir esfuerzos y, sobre todo, crear universos en donde las paredes se rompen y el destino es el logro.

Más allá de la tierra y el mar

Bicicletas reacondicionadas para moverse sin pedalear, siempre con un acompañante. Sillas anfibias para surfear. Eventos deportivos como, por ejemplo, la carrera que programan para fines de noviembre para toda la comunidad. Una bolsa de trabajo. Charlas de concientización en escuelas y en espacios comunitarios. El juego, el deporte y la palabra se enlazan en los programas tutores de Diversamente Posibles.

Se llaman DisfrutArte en Bici y DisfrutArte Surf, entre otras iniciativas. Son mucho más que letras en un nombre. Detrás, hay un equipo que la rema todos los días.

Estos espacios se sostienen con donaciones, recursos propios o de privados y con poca o sin ayuda del Estado.

“Todo empezó en plena pandemia y fuimos creciendo de una manera increíble. Arrancamos con la bici de Luli y, a partir de ahí, nos comenzaron a llegar bicis en desuso para reciclar y adaptar y, a su vez, muchos pedidos. Lo mismo con las sillas anfibias. Nos desbordó. No hacemos asistencialismo. La bicicleta es una excusa para facilitar un espacio de convivencia y de respeto. El mayor beneficio para las chicas y los chicos es social”, comparte Calabró.

“Para nosotros es fundamental el apoyo de los vecinos y los comerciantes de la zona. No tenemos una ayuda económica fija. Hacemos malabares. Dependemos 100 por ciento de la comunidad”, agrega.

En su andar, la asociación -en redes @diversamenteposibles– ya lleva recicladas y reacondicionadas 35 bicicletas. Tiene en los talleres más de 200 rodados donados que esperan ser intervenidos. También llevan fabricadas 16 sillas anfibias que buscan elevar a 20 en el corto plazo. Cada año, Diversamente Posibles ayuda a unos 200 niños y unas 60 familias.

“Uno de nuestros mayores logros fue abrir nuestra sede para personas con y sin discapacidad en Costa del Este. Somos un espacio de encuentro para hacer amigos”, añade Calabró levantando como bandera el rótulo de Asociación Disca Friendly.El sueño es llevar nuestro proyecto a todo el país”, añora el papá de Luli.

El poder de la música

No hay mar donde trabaja Ralf Niedenthal. Tampoco, por ahora, un espacio físico en el que desplegar todas las actividades de la asociación Todos Hacemos Música que lidera. Sin embargo, nada puede frenar la creatividad.

Su historia cuenta que es musicoterapeuta. Que, desde su adolescencia y con sus dos metros de altura, se sentía distinto y observado. El apostó a desoír los ruidos sociales y vencer prejuicios.

Al cursar su carrera, conoció a varias personas con discapacidad. Le hablaban de sus limitaciones y de la reacción de ‘los otros’ en la calle. Sintió empatía al instante y esa identificación lo llevó a actuar. En 2007, creó Todos Hacemos Música, una asociación civil con base en territorio bonaerense en donde personas con y sin discapacidad crean y comparten experiencias musicales en igualdad de condiciones.

“A lo largo de mis estudios y después de recibirme, sentí que la inclusión no podía quedarse solamente dentro de un consultorio o de una institución; tenía que llegar a los escenarios, a los estudios de grabación y a la sociedad en general”, reflexiona Niedenthal en diálogo con Viva.

La música es un vehículo perfecto para incluir y generar un mundo lleno de posibilidades. Hay mucho potencial en las personas con discapacidad, lo que tal vez no tienen son las herramientas para mostrar lo que saben hacer. Pueden hacer música y mucho más”, señala.

Con esa premisa medular, Niedenthal se puso la camiseta de lo que define como “el proyecto de su vida”. Veinte años después, los logros se miden en acordes. La siembra trajo una cosecha abundante de talleres y capacitaciones, músicos consagrados, shows, grabación de discos y videoclips, shows y giras con marca propia.

La entidad, además, tiene su banda inclusiva con sus siglas: “La THM Band”, nave insignia que ensaya todos los martes en Martínez en la casa de Natalia Paladini, la baterista.

La música es un vehículo perfecto para incluir y generar un mundo lleno de posibilidades

Ralf NiedenthalMusicoterapeuta

“Empecé a tocar la batería a los 10 años escuchando a mi hermano. Hoy tengo 22. Sobre el escenario me siento feliz. Disfruto mucho. Me encanta estar de gira con la banda y sacar temas nuevos ¿Quién dice que hay límites para hacer lo que uno quiere?”, comparte Natalia, amante ferviente del rock nacional.

Ella no es la única tocada por la magia de Todos Hacemos Música. Uno de los proyectos que más lo marcó, cuenta Niedenthal, fue el álbum A Mi Ohana -que en hawaiano significa A mi familia- de Candelaria Souviron, una chica con parálisis cerebral que no habla, no ve y escucha solo de un oído. Ella solo puede expresarse a través de su voz. “Con su familia compusimos diez canciones inspiradas en su vida.

Cande participó vocalmente en todas ellas y el álbum fue publicado en Spotify. El video donde contamos el proceso superó las 300.000 reproducciones y recibió el Premio Obrar de Oro”, amplía Niedenthal. “Lo más emocionante es que muchas familias y artistas con discapacidad se animaron a grabar sus propios discos”, relata el líder de THM.

Una actividad en la Fundación Crecer.

Otro de los álbumes distintivos -señala- fue Qué Ves Cuando Me Ves, un disco de versiones del rock nacional interpretado por los cantantes ciegos Diego Stanley, Valentina Alfonso y Emanuel Andrade junto a reconocidos artistas de la escena local como Adrián Barilari (Rata Blanca), Lula Bertoldi (Eruca Sativa), Guille Salort (Conociendo a Rusia), Javier Malosetti y Walter Piancioli (Los Tipitos), entre otros.

Los álbumes y las presentaciones en todo el país, los sponsors, las donaciones, los talleres y las capacitaciones. Todo aporta para que la entidad -en redes @todoshacemosmusica- pueda seguir con sus proyectos. También, la venta de los libros propios: Todos Hacemos Música y Argentina en una canción.

Argentina en una canción habla del viaje nacional que hicimos durante 6 años recorriendo 29.000 kilómetros a través de 23 provincias. Capacitamos docentes, donamos instrumentos y filmamos un videoclip inolvidable de nuestros artistas haciendo música”, se emociona Niedenthal.

En el horizonte de Todos Hacemos Música, las puertas se abren. En algún momento esperan tener un lugar propio para todas sus actividades. Y más: “Queremos ser un referente latinoamericano en inclusión a través de la música”, desea el musicoterapeuta.

Una red invencible

Como Luli para Ignacio Calabró en la Costa Atlántica, Federico fue el motor para sus papás Martha Dacal y Fernando Marraco en Comodoro Rivadavia. Con parálisis cerebral, Federico no tenía en la ciudad un lugar que pudiera atenderlo y motivarlo a progresar.

En sus papás, la incertidumbre por el presente y el futuro de su hijo se abría como una grieta infinita que cerraron cuando convocaron a otras familias con el mismo vacío. Ese fue el principio de la Fundación Crecer, una organización sin fines de lucro que acaba de cumplir 40 años asistiendo a familias como la de los Dacal Marraco.

Queremos construir una sociedad sin barreras, donde las personas con discapacidad tengan plena inclusión,

“Somos un puente para repartir la carga entre los que necesitan y los que se animan a aportar su ayuda para dar soluciones”, sostiene Mariana Méndez, presidenta de la Fundación Crecer -en redes @fundacioncrecercr-. Con ella trabajan codo a codo Silvia Therisod, Iveth Walker, Eugenia Buteler y Soraya Walker, todas integrantes de un enorme grupo de voluntarios.

Se suman un equipo de gestión y casi 40 terapeutas, profesores y una directora médica -neuróloga del Instituto Fleni de Buenos Aires- que viaja mensualmente a Comodoro.

El puente del que habla Méndez tiene una misión clara: que los niños, los adolescentes y los jóvenes adultos con alguna discapacidad o con necesidades educativas especiales puedan ser atendidos por profesionales en forma gratuita.

Superaron esa misión con creces a través de diferentes programas por los que pasaron y pasan centenares de historias.

Una de ellas, la de G. -pidió preservar su identidad- que llegó buscando ayuda con su beba recién nacida con Síndrome de Down cuando la Fundación recién arrancaba.

Con apenas meses, la chiquita recibió estimulación temprana y escolarización formal, logró atravesar todas las etapas dentro de las aulas y entró al programa de rehabilitación. Aquella nena es actualmente una mujer de 35 años que fue seleccionada para pasantías de inclusión laboral en una importante empresa.

El pasado habla de decenas de casos parecidos al de G. Hoy, la entidad acompaña a 120 chicos que están en este momento sin obra social. La asistencia contempla programas de Rehabilitación (kinesiología, psicopedagogía, psicología y fonoaudiología), Aprendizaje (a-compañamiento escolar a niños con desafíos emocionales, lingüísticos o de aprendizaje) y el Centro de Día Ocupacional “Federico Marraco” -en honor a Federico que ya tiene más de 50 años- como fuente de capacitación laboral. Tienen una lista de espera de más de 200 personas con alguna discapacidad de Comodoro y alrededores.

Emanuel Andrade, Valentina Alfonso y Diego Stanley, de Todos hacemos música.

“Queremos construir una sociedad sin barreras, donde las personas con discapacidad tengan plena inclusión, respeto y oportunidades”, confían en la Fundación Crecer, apuntalada en su estructura económica por eventos y actividades que organiza, las donaciones de particulares y privados y el apoyo del Estado municipal y provincial.

El empate como triunfo

La misma ilusión de justicia guió en Córdoba a Germán Laborda hace una década. Lo rememora como si fuese hoy. “En un asado, un amigo me contó que habían rechazado a su hijo con Síndrome de Down de una escuelita de fútbol. Me quedé muy mal. Unos días después, lo llamé y le dije: ‘Che, me vas a decir que estoy loco. Quiero armar la primera escuela de fútbol gratuita para chicos con Síndrome de Down de la provincia”, cuenta Laborda a Viva.

Aquella idea visceral se transformó en proyecto y después en una fundación a la que llamaron Empate. Consiguieron un lugar, lo acondicionaron y empezaron con fútbol. No se quedaron ahí: fueron agregando clases gratis de tenis, música, arte, teatro y capacitación laboral. Así se armó la primera sede en Córdoba Capital, actualmente con más de 150 alumnos de entre 3 y más de 60 años.

En el equipo trabajan nueve personas, cinco de ellas con Síndrome de Down.

Como un árbol de ramas multiplicadas, en 2018 trasladaron las bases cordobesas a Lima, Perú, donde se abrió otra sede.

Después, a partir de 2020 y con el apoyo de la Unión Europea de Fútbol (UEFA), le siguieron tres “franquicias sociales” -se las llama así porque patentaron y replicaron el modelo- en Mendoza, Tucumán y Buenos Aires.

Al igual que la sede de Córdoba se mantienen en pie gracias a los aportes de particulares -los “hinchas de Empate”- y algunas empresas -los “embajadores de Empate”. Habitualmente, postulan a la fundación para acceder a todo subsidio municipal, provincial o nacional que esté dando vueltas para hacer más fuertes sus bases.

“Actualmente, con todos los Empates, estamos albergando a más de 400 personas con Síndrome de Down. El sentido de pertenencia de los alumnos, sus familias y los voluntarios es realmente increíble. Somos la Gran familia de Empate”, detalla Laborda.

Como en toda familia amorosa, los logros de sus integrantes despiertan felicidad plena. Cada experiencia es única y enriquecedora. “La creación de una bolsa de trabajo propia y la contratación de 29 de nuestros chicos en empresas de distintos rubros nos llenó de alegría e incentivó para crear dos emprendimientos propios: Cromosoma y Masamano”, comparte el titular de la Fundación Empate.

Mientras él cuenta orgulloso el camino recorrido durante una década, un grupo de chicas y chicos fabrica alfajores gourmet elaborados con seis recetas distintas en la sede de Córdoba Capital. Fueron elogiados por chefs muy importantes en la provincia. “Son los más ricos del mundo. Nuestro ingrediente secreto es la igualdad”, señala el equipo de Masamano en el que trabajan nueve personas, cinco de ellas con Síndrome de Down.

Javier Fernández. De la selección de futsal para chicos con Síndrome  de Down.

Muy cerquita, otro grupo desarrolla productos en celeste y blanco. En modo mundialista, preparan los diseños de mochilas, remeras, buzos, gorros, vasos ferneteros, llaveros, tazas, mates y botellas con los colores de Argentina.

Son el equipo de Cromosoma, una agencia de diseño creativo en la que trabajan cinco personas, tres de ellas con Síndrome de Down.

“Historias hay miles. Es que cada persona es un mundo en sí mismo. Hay casos como por ejemplo el de Javier Fernández que tenía una vida muy sedentaria hasta que vino a Empate Córdoba. Vimos que atajaba muy bien y terminó siendo el arquero de nuestro equipo y el de la Selección Argentina de Futsal para chicos con Síndrome de Down. Fue dos veces subcampeón del mundo”, destaca Laborda.

“Otra historia conmovedora es la de Ezequiel, un chico que vino a vernos con 30 años sin haber desarrollado su movilidad, sin saber ni siquiera trotar, sin hablar y con su mirada clavada en el piso. De a poco, fuimos trabajando su confianza. Hoy hace un circuito de coordinación por sí solo. Ezequiel somos todos en cualquier lugar que habitamos. Él nos ayudó a entender que todos los procesos tienen sus tiempos, que todos lo podemos lograr”, reflexiona Laborda.

En tiempos de Mundial, goles, abrazos y emociones, siente que el equipo de Empate llegó a la final y ganó. Desde el origen y en un duelo desleal y cruel contra la discriminación, hubo derrotas y triunfos. Caídas y premios como el del Abanderado de la Argentina Solidaria – edición 2019.

Para ellos, empatar es ganar. “Buscamos el empate. Buscamos igualar. Buscamos un mismo resultado. La igualdad es nuestra estrategia para lograr la victoria”, asegura.

Lograr que la igualdad sea norma. Romper barreras infranqueables. No rendirse nunca. Ese es el mensaje en el que coinciden las asociaciones que trabajan por y con personas con discapacidad consultadas por Viva.

Quizá la suma de la fortaleza, la resiliencia y el trabajo en equipo sea la clave para cumplir sueños que parecen inalcanzables.

Como el de Luli que hoy pasea en bicicleta y se mete con su silla anfibia para surfear en el mar de Costa del Este. A sus 12 años, logró sentirse libre e imparable. Como esas olas altas que muchas veces la traen de regreso a la orilla después de mojarle los pies.