El gran Jorge Luis Borges nos deleitó con la fantasía de un individuo, Funes el memorioso, que recordaba todo lo que le había pasado en su vida, siendo esa memoria más un infierno que una ventaja a la hora de conducirse por el mundo. Ciertamente, en la vida hay cosas que nunca quisiéramos olvidar y otras que, ¡maldita sea!, nunca se nos olvidan, aunque lo deseemos. Muchas veces son esas que no queremos recordar las que surgen con más frecuencia y desagrado en nuestra mente, lo cual, aunque no nos guste, no deja de ser una ventaja adaptativa, porque la ancestral evolución biológica nos ha dotado de mecanismos automáticos para que no olvidemos con facilidad las cosas importantes de nuestra vida, tanto las buenas como las malas. Por lo general, son las emociones que evocan las experiencias vividas las encargadas de hacerlas indelebles. No es más que un mecanismo de protección que ahora sabemos que puede ser todavía mucho más complejo de lo que imaginamos.









