En la 21ª edición de los Premios Fortuna celebrada este martes, el CEO del Grupo PERFIL Jorge Fontevecchia brindó un discurso en el que invitó a que “dejemos de premiar solamente la capacidad de sobrevivir a la Argentina y podamos premiar cada vez más la capacidad de transformar la Argentina”. Frente al empresariado celebrado, Fontevecchia definió: “Premiamos aquello que una generación construyó para que pueda ser utilizado por la siguiente”, con énfasis en la productividad, la transformación y la cultura del crecimiento.
La intervención de Fontevecchia en la Bolsa de Comercio de Buenos Aires se centró en la evolución del sector empresarial argentino tras dos décadas marcadas por la inestabilidad económica y las constantes crisis. Asimismo, se destacó que el gran reto para los próximos veintiún años trasciende la mera capacidad de subsistencia en el mercado local, instando a las compañías a enfocarse en la transformación productiva, el aprovechamiento de los recursos naturales estratégicos y la integración de la inteligencia artificial para generar un crecimiento sostenible a largo plazo.
Frente al industricidio impulsado por el actual Gobierno, el periodista definió: “Cuando desaparece una empresa no desaparece solamente un capital. Desaparece una parte del conocimiento productivo de un país”. “El capital puede cruzar una frontera en segundos. Una empresa tarda décadas en construirse”, destacó. Frente a este escenario, deseó que en un futuro “ojalá pueda decir que estuvimos presentes [los Premios Fortuna] en el momento en que las empresas argentinas comenzaron a dejar atrás una cultura de la supervivencia para construir una cultura del crecimiento“. “Mucha inteligencia empresarial se usó para defenderse del entorno, cuando debería haberse utilizado para transformarlo”, resumió.
Discurso completo de Jorge Fontevecchia en los Premios Fortuna
Buenas tardes y muchas gracias por acompañarnos.
Hace veintiún años comenzamos a entregar los Premios Fortuna para reconocer a las mejores y mayores empresas de la Argentina.
Veintiún años son mucho tiempo para una persona, es su mayoría de edad. Pero en la Argentina también son una extraordinaria unidad de medida.
En estas dos décadas cambiaron gobiernos, políticas económicas, regulaciones, impuestos, controles de cambios y valores de nuestra moneda. Tuvimos períodos de crecimiento y de recesión, inflación y estabilización, defaults y renegociaciones. Atravesamos una pandemia, una revolución digital y ahora estamos ingresando en la era de la inteligencia artificial.
Cambió casi todo.
Pero hubo algo que tuvo que seguir sucediendo cada mañana: las empresas tuvieron que abrir sus puertas.
Quizás después de veintiún años de entregar premios a las mejores empresas comprendamos que hay algo anterior incluso a ser el mejor: conseguir permanecer.
Porque una empresa no es solamente un balance, un edificio, máquinas o capital.
Una empresa es una organización que acumula conocimiento. Son sus trabajadores, sus proveedores, sus clientes. Es tecnología, experiencia, reputación y memoria.
Cuando desaparece una empresa no desaparece solamente un capital. Desaparece una parte del conocimiento productivo de un país.
Y por eso creo que estos veintiún años también nos permiten formularnos una pregunta diferente.
Durante mucho tiempo admiramos al empresario argentino por su capacidad para sobrevivir a la Argentina.
Nuestros empresarios aprendieron a administrar inflación, devaluaciones, cepos, tasas de interés, cambios regulatorios, crisis políticas y modificaciones permanentes de las reglas de juego.
Esa capacidad de adaptación produjo una extraordinaria inteligencia empresarial.
Pero también tiene algo paradójico: una parte enorme de esa inteligencia fue utilizada para defenderse del entorno, cuando debería haber podido utilizarse para transformar el entorno.
En otros países un empresario puede concentrar gran parte de su energía en preguntarse cuánto invertir, qué producto desarrollar, qué mercado conquistar.
En la Argentina, demasiadas veces, primero tuvo que preguntarse cómo proteger aquello que ya había invertido.
Por eso creo que el desafío de los próximos veintiún años debería ser diferente al de los veinte que terminamos de atravesar:
que dejemos de premiar solamente la capacidad de sobrevivir a la Argentina y podamos premiar cada vez más la capacidad de transformar la Argentina.
Y quizás estemos entrando en un momento en el que eso sea posible.
Durante buena parte de estos veintiún años nuestra discusión económica estuvo dominada por algunas palabras: inflación, dólar, déficit, impuestos, tasas de interés.
Todas continúan siendo importantes.
Pero sospecho que los próximos veintiún años estarán dominados por otra palabra:
productividad.
La inteligencia artificial está comenzando a modificar cuánto puede producir una persona, una fábrica, un banco, un estudio profesional, un medio de comunicación o una empresa logística.
Y quizás podamos expresarlo de esta manera:
durante veintiún años discutimos cuánto vale el dólar. Durante los próximos veinte tendremos que discutir cuánto vale una hora de trabajo humano acompañada por inteligencia artificial.
La empresa que viene no será necesariamente aquella que tenga más trabajadores ni aquella que consiga sustituir más trabajadores.
Será aquella que consiga que cada persona pueda producir más valor, crear más conocimiento y hacer cosas que antes no podía hacer.
Pero hay otra transformación que ya está sucediendo.
La Argentina tiene ante sí una oportunidad extraordinaria en energía, petróleo, gas, litio, cobre, alimentos y biotecnología.
Estamos viendo inversiones de dimensiones que hace pocos años hubieran parecido difíciles de imaginar.
Y, al mismo tiempo, convivimos con sectores industriales, comerciales y pymes que atraviesan enormes dificultades.
Esa convivencia plantea probablemente una de las preguntas económicas fundamentales de la próxima década:
¿cómo conseguimos que la Argentina que exporta petróleo, gas, litio, cobre y alimentos arrastre a la Argentina que trabaja, fabrica y consume?
Porque poseer recursos naturales no garantiza desarrollo.
Podemos convertirnos en una economía exportadora extraordinariamente eficiente y, sin embargo, no conseguir construir una sociedad suficientemente próspera si esas exportaciones no generan a su alrededor proveedores, tecnología, conocimiento, infraestructura y empleo.
La ventaja comparativa no tiene por qué ser el final de una cadena productiva. Puede ser su comienzo.
Y hay algo particularmente apropiado en discutirlo aquí.
Estamos entregando premios a empresas en la Bolsa de Comercio de Buenos Aires.
La Bolsa representa el capital.
Fortuna premia empresas.
Y capital y empresa no son exactamente lo mismo.
El capital puede cruzar una frontera en segundos. Una empresa tarda décadas en construirse.
El capital financia. El mercado asigna recursos. Pero es la empresa la que reúne capital, trabajo, conocimiento y tecnología para producir.
Un país puede tener mercado sin tener suficientes empresas.
Puede tener capital sin conseguir inversión.
Puede tener petróleo, gas, cobre y litio sin conseguir desarrollo.
El puente entre todas esas cosas es la empresa.
Y quizá esa sea una de las razones por las cuales vale la pena que existan estos premios.
No premiamos solamente resultados económicos.
Premiamos también organizaciones y sus hacedores.
Premiamos aquello que una generación construyó para que pueda ser utilizado por la siguiente.
Y eso nos lleva nuevamente a estos veintiún años.
Cuando entregamos el primer Premio Fortuna, ninguno de nosotros podía imaginar completamente la Argentina de 2026.
Tampoco podemos imaginar hoy la Argentina de 2047.
Pero podemos estar seguros de algo.
Las empresas que reciban los Premios Fortuna dentro de veintiún años probablemente estén tomando hoy algunas de las decisiones que determinarán su futuro.
Algunas de esas empresas todavía no existen.
Otras están hoy sentadas aquí y deberán transformarse profundamente.
Algunas de las mayores compañías argentinas de 2047 quizás nazcan de Vaca Muerta, del cobre, del litio, de la biotecnología o de la inteligencia artificial.
Y seguramente aparecerán actividades que hoy ni siquiera sabemos nombrar.
Dentro de veintiún años alguien volverá a mirar la lista de ganadores de los Premios Fortuna y podrá reconstruir a través de ella una parte de la historia económica argentina.
Nuestra aspiración debería ser que, cuando lo haga, no diga solamente que estos premios reconocieron a las empresas que mejor atravesaron las sucesivas crisis argentinas.
Ojalá pueda decir que estuvimos presentes en el momento en que las empresas argentinas comenzaron a dejar atrás una cultura de la supervivencia para construir una cultura del crecimiento.
Porque durante estos primeros veintiún años tuvimos muchas razones para admirar a quienes consiguieron permanecer, además de transformar.
Que en los próximos veintiún tengamos, sobre todo, razones para premiar a quienes además consiguieron principalmente transformar.
Muchas gracias.








