El museo que quiso contar toda la historia

El museo que quiso contar toda la historia

En Los Ángeles, las naves espaciales suelen pertenecer al cine. La del Lucas Museum of Narrative Art, en cambio, decidió aterrizar en la vida real. Elevada sobre Exposition Park, la construcción diseñada por Ma Yansong, de MAD Architects, con Stantec, parece una nube, una nave y una pieza de escenografía. Su silueta curva, sin una línea recta en el exterior, prepara al visitante para un museo concebido por George Lucas: no un mausoleo del pasado, sino una máquina para poner imágenes en relación.

El 22 de septiembre, tras casi dos décadas de idas y vueltas, abrió al público. Lucas y Mellody Hobson lo imaginaron primero en San Francisco y luego en Chicago, antes de encontrar en Los Ángeles el lugar definitivo. Más de quince años de desarrollo y alrededor de mil millones de dólares aportados por Lucas desembocaron en una institución de 300.000 pies cuadrados. Lucas dijo que el proyecto casi le quebró la voluntad. En su boca parece diálogo. El resultado tampoco es exactamente el museo que alguien podría imaginar al escuchar el nombre George Lucas. Hay Star Wars, naturalmente: una nave de Naboo, el Landspeeder de Luke, figuras de Yoda y Grogu y una exposición dedicada a vehículos, vestuarios, diseños y objetos de las primeras seis películas. Star Wars ocupa alrededor del siete por ciento de los espacios expositivos. El resto es más extraño: Norman Rockwell puede aparecer cerca de la cultura popular; Frida Kahlo comparte territorio visual con Batman; el manga convive con la ilustración infantil; el mural entra en conversación con el cómic.

La palabra que organiza el proyecto es narrativa. El museo sostiene que gran parte de la cultura visual que consumimos y recordamos está organizada alrededor de relatos. Ilustración, cómic, fotografía, mural, animación y cine no serían géneros menores esperando ingresar al museo, sino distintas formas de una misma necesidad humana: inventar imágenes capaces de transmitir una experiencia. Por eso el recorrido empieza mucho antes de Hollywood. La exposición sobre la historia del arte narrativo lleva al visitante desde las pinturas rupestres hasta reproducciones de obras imposibles de trasladar.

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No dice que una pintura renacentista sea lo mismo que una página de cómic. Hace una pregunta más interesante: ¿qué historia está contando esta imagen y por qué necesitamos contarla?

EL FIN DE LAS JERARQUÍAS. La parte más audaz del museo quizá no esté en una obra particular, sino en la manera de colocar las obras juntas. Durante mucho tiempo, el museo de arte separó sus territorios: pintura, escultura, ilustración, cómics y cine. El Lucas Museum decide que esas fronteras son menos naturales de lo que parecen. Por eso una obra de Frida Kahlo puede encontrarse cerca de un objeto de cultura pop. Norman Rockwell tiene un lugar central y la ilustración comparte espacio con artistas consagrados. En lugar de pedirle a la ilustración que se comporte como pintura para ser admitida, el museo parece decir lo contrario: tal vez haya que ampliar la idea de arte para entender qué hace una ilustración.

Si se eliminan las jerarquías, también desaparece una parte de la brújula con la que el visitante suele orientarse. ¿Qué es importante? ¿Qué es popular? ¿Qué es kitsch? El Lucas Museum no siempre responde. Su estrategia consiste en permitir que las obras se contaminen entre sí. La colección fundacional de Lucas reúne unas 40.000 piezas, mientras las exposiciones inaugurales presentan más de 1.300 obras en más de treinta galerías. La escala es enorme, pero la organización busca: familia, amor, infancia, trabajo, comunidad, aventura, fantasía. Permiten observar pintura e historieta como respuestas distintas.

Mellody Hobson ha explicado que los mitos son cosas en las que creemos aunque no sean necesariamente verdaderas. Lucas agregó que creemos en ellos porque son emocionalmente verdaderos. Ahí aparece el corazón intelectual del proyecto: no demostrar que las historias son ciertas, sino mostrar cuánto pueden importar aunque sepamos que fueron inventadas. Eso explica la presencia de cómics, manga y arte fantástico. Gilbert Hernandez y Jaime Hernandez pertenecen a esa historia de imágenes que el museo intenta ampliar y hacer visible. El gesto no consiste en convertir el cómic en otra cosa para legitimarlo, sino en reconocer su propio lenguaje y su capacidad narrativa. La misma lógica alcanza a Banksy, Diego Rivera y Judith F. Baca: no una línea recta desde la pintura hasta Star Wars, sino una red.

EL CINE COMO OTRA GALERÍA. Para Lucas había una pieza que no podía quedar afuera: el cine. No solamente porque sea el lenguaje que convirtió su nombre en una marca mundial, sino porque resume la obsesión del museo: imágenes que se suceden, se transforman y construyen mundos. El Lucas Museum tiene dos salas, el Robert Flaherty Theater y el Slavko Vorkapich Theater. El programa funciona como una extensión de las galerías, con experiencias continuas y de entrada y salida libre. Una sala explora el cine como registro; la otra, luz, movimiento, sonido, color y montaje. Hay cine mudo, experimentación, animación, documental y cortometrajes.

Lucas construyó una carrera sobre universos ficticios y ahora construye un museo para demostrar que la ficción no es una categoría menor de la experiencia humana. Las historias inventadas organizan deseos, miedos, recuerdos y comunidades. Pueden convertirse en mitos y cambiar cómo una generación imagina el futuro.

Por eso el museo no necesita esconder a Star Wars para parecer serio. Hace algo más interesante: la pone en contexto. La convierte en una de las muchas formas mediante las cuales los seres humanos representan héroes, monstruos, aventuras, amores, conflictos y mundos posibles. Batman puede quedar cerca de Frida Kahlo; una página de historieta puede conversar con una pintura; una película puede prolongar una pregunta iniciada miles de años atrás.

Tal vez la mejor manera de entender el Lucas Museum sea no como un museo de George Lucas, sino como un museo sobre aquello que George Lucas siempre hizo: construir mundos a partir de imágenes. Este intenta ser una colección de obsesiones personales convertida en conversación pública.

Cuando todo puede dialogar con todo, el diálogo puede volverse demasiado fácil. El museo acepta ese peligro: el visitante no recibe una jerarquía prefabricada, sino la posibilidad de encontrar conexiones propias. Una película coloca una imagen frente a otra y espera que algo suceda. El Lucas Museum hace algo parecido con su colección. No ofrece una historia cerrada del arte narrativo. Propone un montaje.

En ese montaje caben las pinturas de Kahlo, los cómics de los Hernandez, las ilustraciones de Rockwell, los murales, el manga, los dibujos infantiles y las naves de Star Wars. Después de diecisiete años, Lucas y Hobson han construido algo que se parece menos a una conclusión que a una invitación. En una ciudad acostumbrada a convertir el entretenimiento en industria y la industria en espectáculo, el Lucas Museum propone tomar en serio aquello que millones de personas miran todos los días. No porque todo tenga el mismo valor, sino porque todo puede revelar algo sobre cómo una sociedad imagina. Esa es la apuesta detrás de sus galerías, sus jardines y sus salas de cine: que una nave espacial pueda tener sentido en medio de Los Ángeles porque, en el fondo, viene de una historia que todavía estamos aprendiendo a contar.