el diálogo entre Siccardi y Coetzee sobre genocidio, pueblos originarios y lenguaje

el diálogo entre Siccardi y Coetzee sobre genocidio, pueblos originarios y lenguaje


En el campus de la Universidad Nacional de San Martín (Unsam), entre estructuras que desentonaban con la escena, Fabián Martínez Siccardi (Patagonia, 1964) vio a lo lejos al Nobel sudafricano J.M. Coetzee. Lo reconoció enseguida: llevaba años leyéndolo, volviendo sobre Desgracia sin terminar de precisar qué buscaba ahí.

Con el tiempo –y después de insistencias, lecturas compartidas, cierta afinidad que no era tan evidente– derivó en Un mal salvaje (Random House). El libro pone en diálogo experiencias coloniales del sur –Argentina, Sudáfrica, Australia– y vuelve sobre una pregunta incómoda: cómo narrar violencias que durante décadas fueron silenciadas.

Se presentó el miércoles en la Feria del Libro, dentro del ciclo “La Palabra Indígena. Diálogo con Escritoras y Escritores Originarios”, coordinado por la poeta mapuche Liliana Ancalao Meli. Pero antes, dialogó con Viva.

–¿En qué momento dejaste de ser lector y te animaste a acercarte?

–Es una historia larga. Empieza en 2014, cuando supe que Coetzee venía a la Argentina. Me conmovió: es uno de los pocos autores que me llevó a releerlo todo, como me pasa con Cortázar o Bolaño. Me anoté en su seminario en la Universidad de San Martín y verlo aparecer tuvo algo de experiencia casi mística, esa sensación de que irradiaba luz, probablemente amplificada por años de lectura. Pero el vínculo real fue lento. Lo más fértil ocurrió en los seminarios del programa “Literaturas del Sur”, donde trabajábamos con autores de Sudáfrica y Australia. Ahí empecé a tensar los hilos de lo que llamo los “siglos invisibles” y a reordenar mi propia historia patagónica a la luz de esos otros relatos. Empecé a entender cosas de mi infancia en la estancia, rodeado de personas de pueblos originarios que nunca se nombraban como tales, pero que fueron centrales en mi vida. De ahí surge la idea: un libro que pusiera en paralelo procesos de colonización en Sudáfrica, Australia y Argentina.

–Al principio Coetzee no estaba en el plan.

–No. Me contacté con un académico sudafricano y con un escritor de Tasmania, pero no pudieron sostener el proyecto. Yo seguí investigando: la historia de mis bisabuelos, la colonización patagónica, lo que pasó con los pueblos originarios, las huelgas, los fusilamientos. Ese intento polifónico quedó trunco, pero mantuve el contacto con Coetzee por mail. Le mandé el texto y no respondió. Cuando volvió a la Argentina hice algo bastante extremo: imprimí todo, lo esperé a la salida de una conferencia y le dejé los papeles en el portafolio. Pensé: hasta acá llego. A las pocas semanas me escribió. Lo había leído “emocionadísimo”. Ahí empezó, realmente, todo.

–¿Y cuándo se volvieron a ver?

–Sí. En 2024 me invitó la Universidad de Adelaida al encuentro Speaking from the South. Coetzee había escuchado un podcast mío sobre el campo de concentración indígena en la Isla Martín García –un episodio poco trabajado, entre 1870 y 1890– y, cuando supo que viajaba, me propuso una conversación pública sobre la Conquista del Desierto. Al terminar le planteé la idea del libro. Me dijo que sí, en el momento. A partir de ahí empezamos a leernos de otra manera, buscando puntos de contacto entre nuestras biografías y esas historias más amplias del sur.

–Ahí aparece algo en común: la infancia. ¿Eso ya estaba o surgió después?

–Fue muy fuerte. En un momento Coetzee propuso empezar el libro con nuestras infancias. Cuando leí su texto sentí un escalofrío: estábamos contando algo muy parecido, desde geografías distintas. En mi caso, en la Patagonia, yo veía a esos hombres de pueblos originarios con una admiración absoluta por sus destrezas. Eran iguales –o mejores– que mi propia familia. Pero había un “código de silencio” muy rígido, que impedía cualquier vínculo real. Mi familia, además, estaba marcada por muertes tempranas –mi padre, mi abuelo, mi hermano– y esos hombres encarnaban emociones masculinas muy intensas en mi infancia. En ese contexto me definí como “alguien apenas tocado por las esquirlas, cuidado por los gravemente heridos”.

–¿Qué cambia cuando dejás de mirar Europa y empezás a mirar el sur?

–Porque Argentina se pensó siempre en relación con Europa. Pero los procesos de colonización del sur tienen más en común entre sí que con ese espejo. Las parcialidades indígenas de Argentina y Chile fueron de las últimas en ser sometidas: hace 150 años eran soberanas. Cuando mirás lo que pasaba en Sudáfrica con los pueblos Khoi y San, o el genocidio alemán en Namibia, entendés que había una lógica de época –teorías raciales, modelos de ocupación del territorio– funcionando en paralelo. Eso permite leer lo que pasó acá de otra manera y discutir esa idea de “nación blanca europea” que se instala hacia fines del siglo XIX.

Fabián Martínez Siccardi en la Feria del Libro de 2017. Foto:  German García Adrasti.

–En el libro aparece la idea de que la lengua colonial está “corrupta” y que hace falta otra lengua para contar estas historias.

–Sí. Coetzee tomó una decisión muy fuerte: publicar primero en español. Aunque el español también es una lengua colonial, implica correrse del centro que representa el inglés. Sentimos que el lenguaje heredado no alcanza, que está atravesado por esas mismas violencias. Como trabajé en Los hombres más altos, palabras como “genocidio” dicen algo, pero no alcanzan. ¿Cómo narrás la complejidad de hombres que participaban de esas campañas y después volvían a sus casas, con sus hijos? No hay una respuesta cerrada. Pero sí la necesidad de incomodar el lenguaje, de no seguir reproduciendo una identidad simplificada.

–Hablás de la Conquista del Desierto y establecés paralelos muy fuertes con la última dictadura militar.

–Sí, hay continuidades inquietantes. La dictadura del 76 celebró el centenario de la Conquista del Desierto en 1979. Y hay algo más: el término “desaparecido” ya aparece en documentos militares del siglo XIX, en entornos como los del general Conrado Villegas, para referirse a indígenas. La diferencia es que, después de la dictadura, hubo un proceso de reconstrucción histórica que generó consenso. Con la Conquista del Desierto eso no pasó, en parte porque las víctimas no tenían acceso a la escritura ni a la prensa. Su historia empezó a recuperarse de manera más sistemática recién en los años 80. También hay un componente racial: a las víctimas de la dictadura se las percibe cercanas; a los pueblos originarios se los ubica en un lugar de alteridad que facilita la indiferencia.

–Hay escenas muy duras. ¿Cómo se escriben los genocidios?

–Ahí la escritura es clave. Trabajar con Coetzee implica una exigencia enorme: es alguien que corta con precisión, que te obliga a pensar mejor. Buscamos una prosa que sostuviera cierta belleza, porque sin eso el texto se vuelve ilegible. Esa dimensión estética no suaviza el horror, pero permite que el lector entre, que no se cierre. Liliana Ancalao Meli fue fundamental en ese proceso: leyó el manuscrito con mucha atención y señaló cuestiones muy finas. Por ejemplo, que “el gaucho” no es una persona sino un colectivo. Son ajustes que parecen mínimos, pero cambian la perspectiva. El objetivo es que el lector no quede intacto.

El premio Nobel de literatura, John Coetzee, primer autor seleccionado para inaugurar el proyecto “Escribir el Prado”.

–¿Qué se consigue a través de la “belleza” de la literatura?

–Puede desplazarte, hacerte habitar una subjetividad que no es la tuya. Este libro es, en ese sentido, una interpelación ética. Y también un gesto hacia adelante: que la literatura indígena empiece a ocupar lugares centrales, como pasó en Australia. Un mal salvaje intenta abrir un puente. No resuelve nada: insiste en conectar lo que durante mucho tiempo se mantuvo separado.

Una advertencia

La frase de William Faulkner –“El pasado nunca está muerto. Ni siquiera es pasado”– atraviesa el libro y funciona como advertencia: las historias que se cuentan siguen activas, operando en el presente.

En ese sentido, la discusión no es sólo histórica. También interpela el presente: qué entendemos hoy por progreso, por civilización, y qué violencias siguen ocultas bajo esas ideas.

“En la Argentina, esa tensión adopta una forma específica: la construcción de una identidad nacional que se pensó como blanca y europea, sostenida –en paralelo– a procesos de despojo, mestizaje forzado y silenciamiento –reflexiona Siccardi, el ganador del Premio Clarín Novela por Bestias afuera–. Esa contradicción –entre relato e historia– no es abstracta. Sigue produciendo efectos. Los prejuicios raciales que acompañaron la conquista no desaparecieron: persisten, reconfigurados, en la forma en que la sociedad se piensa y en aquello que todavía no logra nombrar”.