Siempre a la sombra de otros, de Kenny Bednarek siempre se ensalzaba tanto su apostura atlética, su cuerpo perfecto para la velocidad, su solidez constructiva, y qué simpático y manga el pañuelo en la cabeza mitad Rambo-mitad guerrero oriental que le hicieron ganarse el apodo de Kung Fu Kenny, como se lamentaba su flojera competitiva, su manera segura de eclipsarse en las grandes finales. Mientras él penaba, crecía abusiva y exorbitante la figura de su coetáneo Noah Lyles, campeón olímpico y mundial. O la del ligero Oblique Seville, el primer campeón mundial jamaicano de los 100m en la era post Usain Bolt. Los tres estaban allí, en el estadio de hierba negra de Budapest junto al Danubio oscuro y fresco. Testigos y actores de la redención de Bednarek, que a los 27 años, después de dos platas olímpicas y otras dos mundiales en los 200m, se llevó la victoria en los 100m, distancia en la que nunca fue ni medallista. Dos, Lyles, atleta lesionado y DJ atareado, y Bolt, festivo y protagonista siempre, en las gradas de los atletas, por fin considerados como los grandes protagonistas del espectáculo de unos campeonatos y ubicados en zona VIP, más lounge de divanes mullidos que tendido de asientos duros de plástico. Ambos aplaudieron una carrera en la que Bednarek ya cogió unos centímetros de ventaja desde la salida y los mantuvo resistiendo la habitual fuerza de remontada final de Seville, que no aplaudió su derrota por cinco centésimas: 9,85s del nativo de Tulsa, Oklahoma, por 9,90s del caribeño de St Thomas Parish.
Bednarek se lleva el primer título de la suerte de Mundial de atletismo para impacientes denominado Ultimate (supremo) por su creador, Sebastian Coe, tan fugazmente se desarrollan las pruebas, en un suspiro, sin tiempos muertos, pero al galardón no le acompaña una medalla, sino un trofeo que parece una cafetera italiana y un cheque de 130.000 euros, la misma cantidad que se embolsó Mellissa Jefferson-Wooden, la campeona mundial de los 100m, y todos los ganadores en el torneo mejor dotado de la historia del atletismo.
La norteamericana Jefferson-Wooden y la atleta de Santa Lucía Julien Alfred tenían una cita pendiente. Alfred, campeona olímpica en París, fue derrotada por Jefferson-Wooden en los Mundiales de Tokio. Llegaron las dos igualadas, con la mejor marca del año, 10,70s, a la cinta roja del estadio de Budapest. Una marca que destrozó la norteamericana en una carrera atómica desde la salida y que solo se aclaró soberanamente en los últimos 40 metros, cuando Jefferson, siempre fluida junto a la más potente Alfred, pareció encontrar una quinta marcha y voló hasta distanciarse más de un metro y 12 centésimas al cruzar la meta. Su marca, 10,62s, es la mejor del año, y solo una centésima más lenta que los 10,61s con que ganó en Tokio, la cuarta mejor de una historia siempre dominada por los 10,49s de Florence Griffith Joyner.
Como el fútbol es siempre la referencia, Alison dos Santos habla de su final, la de los 400m vallas (domingo, 18.36, Movistar+ Vamos) como de un partido en el que en el césped estuvieran, entre los 22, Cristiano, Messi y Neymar. Dos Santos es brasileño, evidentemente, y también la nueva gran estrella del atletismo mundial tanto por su excelencia atlética (un récord mundial de 45,80s recién batido), como por la forma tan viva y extravertida en que vive su personaje, el pelazo que cubre a medias el cuero cabelludo que se abrasó cuando de niño le cayó encima el aceite hirviente de una sartén, su ritmo de samba en las presentaciones, su look, tan alejado del chándal sudado de otros. La joya del baúl de Coe, tan preocupado por transformar la imagen del deporte de la paciencia, el trabajo y la perfección técnica.
Si no se equivoca Dos Santos al calificar su final de la gran cita de las estrellas del balón, no se habría pasado de hype si hubiera calificado de la misma manera la final de los 800m femeninos, repetición de la gran final de los Europeos en cuanto a protagonistas –las tres mejores especialistas de la distancia en el siglo, que coinciden plenamente en el tiempo: Audrey Werro, Keely Hodgkinson y Femke Bol-, y en cuanto a resultado -victoria de la suiza (1m 55,88s) por delante de la inglesa y la holandesa-, pero no en cuanto a desarrollo. No hubo drama ni tensión, solo un rodillo suizo que cogió la cabeza en la calle libre y no la abandonó, mecánica incansable que aniquiló el ánimo combatiente de las rivales.
En el plato de pinchadiscos Lyles se dejó de moderneces cuando Sandi Morris, de 34 años, vieja guerrera de la pértiga, le pidió a los Rolling para entrar en ritmo en el salto definitivo, 4,90m, que le dieron la victoria y un soplo de rebeldía y reivindicación dela veteranía y la perseverancia. Antes de agarrar el trofeo –que se autoentregan los ganadores en un pedestal, algunos hasta fingen hacer pesas con él, tan pesado y duro es–, Morris –que nunca ha sido campeona olímpica pero es, junto a Isinbayeva y Sidorova, una de las solo tres que en la historia han saltado 5m o más—se fue abrazar con la más veterana aún Tina Sutej (38 años) y agarrando a la eslovena le gritó a los micrófonos: “Hace 10 años ya competimos juntas en los Juegos de Río, y todavía seguimos aquí”.
En la final de 800m masculinos no estará Moha Attaoui, que, como sospechaba, no se clasificó (fue sexto en su semifinal) y en la de 1.500m será baja Jakob Ingebrigtsen, cansado después de ganar los 5.000m el viernes. Su ausencia roba a los aficionados quizás el duelo más esperado del fin de semana: su enfrentamiento con Josh Kerr.








