En 1953 la escritora estadounidense Marilyn Venable (1927-2025) publicó el relato Al fin tiempo suficiente en If, una revista de ciencia ficción. La figura central era Henry Bemis, un hombrecito tan miope que “literalmente no podía ver su mano delante de la cara”.
Por su complexión sumisa resultaba presa fácil para un puñado de personas que lo sometían sin tregua, incluso apelando a perversas estrategias para impedir que consumara su ansiada ambición: “leer un libro. No solo el título, el prefacio o una página cualquiera. Deseaba leerlo entero, de principio a fin”.
Muchos supimos de Henry no por ese cuento de acceso limitado, sino a través de una adaptación bastante fidedigna efectuada en 1959 para la serie The Twilight Zone, una creación de Rod Serling que aquí se llamó La Dimensión Desconocida y que hoy se ha convertido en materia de culto. No conseguí rastrear la fecha exacta de emisión en la Argentina de aquel octavo episodio, pero es muy probable que ocurriese entre 1961 y 1962… más o menos a mis nueve o diez años.
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Chernobyl, primera imagen invisible
Eran tiempos de Guerra Fría, de la erección del Muro de Berlín, de la crisis de misiles cubana y –particularmente- de la detonación nuclear más potente de la historia, concretada por la Unión Soviética en una isla del Ártico. Acaso porque el mundo parecía hallarse al filo de un abismo, nunca olvidé la escena final, una cruel ironía del destino que mantendría tallada a fuego como un testimonio precoz de nuestra vulnerabilidad.
Hastiado del acoso, Henry irrumpe en la caja fuerte del banco donde trabaja, con su almuerzo, un periódico y algún libro. Acomoda sus opulentos anteojos y se prodiga al fervor de la lectura. Su primer contacto, efímero, es con la portada del periódico, que alerta sobre la colosal capacidad de destrucción de un arma nuclear.
En los años de gestación de The Twilight Zone, Masaki Kobayashi concibe La Condición Humana, un colosal fresco humanista y antibélico de casi 10 horas”
Más tarde, mientras degusta un volumen sobre los viajes de Colón, se adormece. Despierta con un estruendo que conmueve los cimientos de la bóveda y lo arroja al piso. Sale al exterior con dificultad y su mirada se trastorna ante la ciudad aniquilada. Camina despacio entre las ruinas, y su desaliento sólo se atenúa al divisar a lo lejos los escombros de una biblioteca pública. Su cara delinea una expresión de ternura al comprobar que la mayoría de los libros están intactos, y a su disposición.
Entonces, justo cuando se inclina para recoger un libro, tropieza con algo y sus anteojos caen y se destruyen.
No creo haber sido el único perturbado por esa representación de sordidez. Algo comparable les debe haber sucedido a muchos otros, porque la situación ha sido recreada y parodiada en juegos de PC, en parques temáticos de Hollywood, en series de reciente factura, y hasta por el cartero de Los Simpson.
Con el paso de los años la historia reveló para mí una nueva dimensión, mucho más astringente. A medida que crecía le fui detectando, como en otros guiones más o menos contemporáneos, ciertas inconsistencias que le restaban verosimilitud. Lo más inquietante fue tomar conciencia de que ese mundo silente que al final enfrentaba Henry no podía ser inerte, y que el auténtico drama transcurría después, por cuestiones que Venable y Serling habían eludido.
Mientras cargaba sus pulmones de aire tóxico, quedaba inerme al veneno de rayos mortíferos”
Aunque hubiera conservado sus anteojos, Henry no habría sobrevivido en ese escenario de radiaciones lacerantes. La opresión de ese impacto fue mucho más profunda que la motivada, allá por mi niñez, por su imposibilidad de leer. Henry se enfrentaba ahora a la degradación de lo invisible. Mientras cargaba sus pulmones de aire tóxico, quedaba inerme al veneno de rayos mortíferos. Esa circunstancia, la carencia de refugio y de contención, dejaba expuesta su contundente fragilidad.
Hasta aquí se extiende la primera imagen.
La segunda imagen hacia Chernobyl
La segunda imagen está esculpida en música de desintegración. La intuí en algún momento, cuando vislumbraba un ámbito para la agonía no exhibida de Henry. Elegí un canto fúnebre que, por la época de mi contacto con el hombrecito miope, concibió Krzysztof Penderecki. Es una página para 52 instrumentos de cuerda, de rabiosos cromatismos, de ocasionales cuartos de tono, de bloques sonoros modulados por notas adyacentes superpuestas.
Originalmente designada 8’37” en alusión a su duración, la pieza cobró una inusitada notoriedad cuando, poco después, el compositor la rebautizó Treno a las víctimas de Hiroshima.
La explosión germinal que encrespa la caja fuerte parece manifestarse en su apertura, luego sobreviene la punzante evocación de un ilusorio alarido colectivo. Este clamor no se incluye en la filmación, pero es fácil presentirlo en los cadáveres que Henry elude en su rodeo. Es la pesadilla desatada en dos ciudades japonesas por los coterráneos de Venable, el grito espectral de los transmutados en vapor y sombra. Es la vergüenza, el horror, el caos atómico.
El Treno es devastación, son las células de Henry que comienzan a ser degradadas sin que él advierta un olor, un color, una señal hostil, un mínimo dolor que delate el peligro. Es miopía devenida en ceguera frente al dominio inmaterial que lo embiste.
La tercera imagen de Chernobyl
La tercera de las imágenes es una suerte de collage, un inventario al estilo de El Jardín de las Delicias, que tiene figuras muy disímiles suturadas por la prevalencia de lo invisible. En una esquina despunta una procesión de afectados por pestes medievales, que fundamentan la agresión de lo intangible mediante miasmas, azotes divinos, vapores corruptos y humores desequilibrados.
De tanto en tanto afloran canoas de pobladores polinesios que desoyen el forzado destierro y regresan a sus hogares todavía calientes de ensayos nucleares. También están los que se prestan a recibir dosis de plutonio sin saber que son conejitos de un estudio de consecuencias inciertas.
Por aquí y por allá deambulan niños huérfanos con discapacidades mentales, alimentados ex profeso con comida radiactiva, además de varios presos que han permitido irradiar sus testículos para explorar la esterilidad. Un poco a la derecha, dispuestos en un sector de mayor abstracción, se percibe una secuencia interminable de oficinas, pasillos y funcionarios, y un proceso que se cierne como una amenaza sobre Josef K por un delito que no se revela y nunca se sabrá cuál es.
Y, para enmascarar la inocultable fisonomía del bestiario, hay rayos y más rayos, rayos ópticos de los X-men, rayos de fuerza de Star Wars, rayos repulsores de Iron Man. En la cercanía de Godzilla exhalando su aliento atómico, se sorprende a un Superman quebrantado por los destellos emitidos por un residuo de Kriptón.
“Bosque Rojo” de Chernobyl, la cicatriz que dejó la naturaleza
El espacio central está consagrado a bomberos y trabajadores de Chernobyl, impregnados como Henry en emisiones radiactivas. A escasa distancia de un reactor abierto, cuyo incendio contemplan absortos, son tan ignorantes como él del centelleo que los consume de a poco.
Hay una ronda de miradas embelesadas por la luz azul fantasmal que desgarra su biología, cautivados como insectos que marchan fatalmente hacia la llama. En esa latencia macabra y letal, qué pueden saber todos ellos de partículas cargadas, de electrones de alta energía, de desintegraciones radiactivas.
Los destellos de luz azul y una cadena similar de irresponsabilidades se extienden hasta un vértice rotulado Goiana. El deslumbramiento se desata al franquear un módulo de radioterapia que ha sido abandonado en un hospital desierto. El polvo que alumbra con ese azul fascinante pasa de mano en mano entre la gente de la ciudad brasileña, y algunos se lo esparcen sobre la piel ignorando que el juego es invocador de muerte.
La última imagen es concisa, y comprende una apertura y un cierre que, en primera impresión, puede resultar descolocado por su difusa consonancia con todo lo previo.
La apertura refiere a un texto de Max Born, premio Nobel de Física 1954:
“En el ámbito de la ciencia y en su ética se ha producido un giro que hace imposible seguir manteniendo el viejo ideal de la investigación pura encaminada exclusivamente al conocimiento. Mi generación se dedicó a la ciencia por la ciencia y creía que nunca podría conducir al mal porque la búsqueda de la verdad es buena por sí misma.
“Era un bello sueño del que fuimos despertados por los acontecimientos mundiales. Incluso quienes disfrutaban de un sueño más profundo hubieron de despertar cuando, en agosto de 1945, se arrojaron sobre ciudades japonesas las primeras bombas atómicas.
“Desde entonces hemos comprendido que a causa de los resultados de nuestro trabajo estamos implicados irremisiblemente en la economía y en la política, en las luchas sociales internas de los países y en las luchas por el poder entre las diversas naciones, y que todo ello nos asigna una gran responsabilidad”. (Born, Max y Hedwig: Ciencia y conciencia en la era atómica. Madrid, Alianza 1971)
En los años de gestación de The Twilight Zone, Masaki Kobayashi concibe La Condición Humana, un colosal fresco humanista y antibélico de casi 10 horas, fraccionado en tres capítulos. Como conclusión de esta serie de imágenes rescato el opresivo momento final de aquel fresco, en el que Kaji, el protagonista, avanza penosamente por la nieve con la única perspectiva de una muerte en soledad.
Las razones por las que selecciono esta escena derivan de una especulación de carácter subjetivo, cuyas alturas me cuesta remontar. Quizá sea por la desolación extrema de la estepa infinita, por el áspero silencio, por la desintegración de Kaji convertido en un espectro que se funde en el paisaje nevado, o sencillamente porque aquí también lo invisible acaba prevaleciendo, inexorable y aterrador, sobre la acorralada condición humana.








