La fila para el ingreso es larga. La expectativa tracciona y crece en los comentarios de los espectadores que se impacientan por entrar. Es un jueves de otoño en la puerta del boliche Non Stop, de Sarmiento al 1600. Ya anocheció, pero todavía no hemos cruzado la frontera conocida como “horario de protección al menor”.
Las remeras de los que esperan tienen estampados que remiten a grandes boxeadores, frases relacionadas con el universo de la lucha (“el boxeo es el deporte de los pobres y mientras haya pobres en el mundo, siempre habrá boxeo”) o insignias de gimnasios de artes marciales.
El detalle es elocuente: estamos a las puertas del club de la pelea.
“Luchadores por acá”, dice el encargado de la seguridad, mientras levanta una soga para que accedan una docena de personas. La fila avanza y al cruzar un telón black-out, se avizora que faltan pocos metros para el acceso total.
Al costado de los asistentes que quieren llegar a la ventanilla para conseguir una entrada o anunciarse en la lista de invitados, dos chicas (ambas con tops y shorts blancos) charlan entre sonrisas, al parecer entusiasmadas por lo que van a vivir.
Una de ellas fuma y la otra, se pasa una especie de aceite por todo el cuerpo. Son las ring girls. Las jóvenes que decorarán con su belleza una arena que dentro de un rato se teñirá de sangre.
Un nuevo control hace una exhaustiva inspección de las pertenencias de los asistentes. Revisan bolsos, bolsillos y bolsillitos. Si no hay nada que pueda perturbar la seguridad de la comunidad, se sigue hacia el ingreso.
Las caras de los que van llegando reflejan el encanto de estar en una especie de cuento nunca escrito y quedan boquiabiertos al ver las luces que apuntan directo al escenario donde se espera la acción.
Serán doce combates. La música golpea un ritmo uniforme que sale por unos parlantes enormes, las barras de bebidas están relucientes, las cámaras se posicionan cercanas al centro del ring, delineado por unos fardos de pasto, y los fotógrafos disparan a todo lo que ven.
Fragmentos de las peleas (los más excitantes) circularán luego por las redes sociales, que actuarán como agentes multiplicadores.
Surgió la posibilidad de presentarme acá y me vine de cabeza. No lo veo como algo futuro, simplemente me gusta medirme a mí mismo.
Jonatan BenedettiPeleador
Durante la noche se realizan 12 peleas. Los luchadores buscan brillar en las redes sociales. Foto: Cristina Sille.Plataforma de despegue
El evento se llama Yaguareté Fighting y se presenta como “la liga de artes marciales de más rápido crecimiento en América Latina”. Los primeros festivales datan de mayo de 2024 y, de ahí en más, siguieron adelante con el objetivo de convertirse en una plataforma para los peleadores que no tienen oportunidad de mostrarse en otros lugares.
“Aquí encontrarás combates únicos de boxeo con guantes de MMA (Artes Marciales Mixtas) en un círculo de heno, donde cada pelea es un espectáculo inolvidable”, agregan en la descripción.
La recepción está a cargo de un conductor/presentador que motiva con una narración altisonante y detalla cómo va a ser la cronología de una noche “única”.
Las ring girls hacen la previa con pasos de baile reguetoneros y observan, risueñas, a los que se arriman tímidamente para ver de cerca sus meneos.
“Doce combates únicos. En esta locación porteña, viviremos una fiesta”, exclama el presentador. “Recuerden que, al momento de la pelea, se pueden poner bien cerca de los fardos”, agrega, e invita a que los asistentes alienten, griten, aplaudan. Los videos para redes necesitan, además, clima de excitación.
Los peleadores usan guantes como los de las MMA. Foto: Cristina Sille.El entorno remite a El club de la pelea, la novela de Chuck Palahniuk que se publicó en 1996 y que David Fincher llevó al cine tres años después, pero ninguno de los luchadores se asemeja a Tyler Durden, el protagonista de la ficción. Durden (Brad Pitt, en el filme) es un vendedor de jabón que, sobregirado por la vida moderna y el consumismo, encuentra en dar y recibir golpes una válvula de escape a su angustia existencial.
Así, desarrolla un grupo de autoayuda en sótanos lúgubres, donde oficinistas cansados de sus vidas repetitivas y gastadoras asisten para desquitarse a puñetazos limpios bajo una regla elemental: “Nadie habla sobre el club de la pelea”.
Pero en este boliche porteño, elegido para llevar a cabo la quinta edición del Yaguareté Fighting, no hay nada de tenebroso ni olor a humedad ni gente erosionada por la sociedad de consumo.
Quienes se acercan son luchadores, en su mayoría amateurs, que solo siguen las reglas de no pegar patadas ni agarrarse, y anhelan con salir del anonimato a través de una buena performance en el ring y que su nombre escale hacia otras latitudes desde el contenido que se fabrica en las redes sociales del evento, cuya cuenta de Instagram ha crecido a pasos agigantados y ya tiene 255 mil seguidores.
Conocí todo esto por Instagram. Siempre me llamó la atención. Tengo un gimnasio y desde que pasé por acá, se acercó más gente a entrenar.
“El contenido de nuestros torneos genera millones de vistas en todo el mundo gracias al alto nivel de filmación, producción y dirección, a cargo de un equipo con experiencia en cine. Cada peleador tiene la posibilidad de mostrarse al máximo. No sólo creamos espectáculo: creamos historias. Y eso les da a nuestros participantes una oportunidad real de ser vistos, no solo por fanáticos, sino también por promotores internacionales”, dice Shamil Iceman Mutalimov a Viva, luchador de origen ruso, emparentado con las Artes Marciales Mixtas (MMA) y creador de este torneo con tan solo 32 años.
Los espectadores siguen las acciones desde muy cerca. Foto: Cristina SilleEn este rincón…
“Llegué por intermedio de un amigo, también peleador, que practica boxeo”, dice Luis “Makele”, un joven de 30 años que viene de Ranchos, un pueblo cercano a Chascomús y que está a 120 kilómetros de Buenos Aires.
“Para mí, esto es una oportunidad de mostrarme y seguir avanzando”, cuenta, mientras se acomoda el vendaje de las manos y se emociona porque se aproxima su primera participación en el torneo.
“Esto es publicidad pura. Seguidores”, agrega Brian, luchador de 23 años al que le dicen “Chocolatito” y proviene de Gualeguay. Es doble campeón argentino de kick boxing y hace boxeo desde los 10 años. “Es una alegría estar acá”, confiesa, entre salto y salto, mientras da puñetazos al aire.
Los peleadores vienen de todas partes del país y tienen distintas edades. Muchos llegan acompañados de sus entrenadores, amigos o familiares. El formato se parece al boxeo tradicional en tanto están prohibidas las tomas y las patadas.
La diferencia está en los guantes (similares a los de las MMA) y en el ring, que es circular y en lugar de sogas tiene una parecita de fardo.
“Solo aquí encontrarás una atmósfera única, knock outs brutales y enfrentamientos llenos de emoción”, se lee en las redes del evento. Se habla de “cachetazos como en el barrio” y “golpes al abdomen que te dejan sin aire”.
Los espectadores que ingresan exudan perfume y algunos lucen prendas de etiquetas reconocidas. Cada pelea tiene su termómetro, pero el griterío se hace presente ante cada avance de los contrincantes. Si hay un golpe en la cara con promesa de nocaut, estalla el “ooooooohhh” sostenido. Y el aliento, que baja incesante: “Dale que lo tenés”, “ya es tuyo”, “dale, una más”. Hay público pegado a los cuerpos que pelean, pero también en balcones que se asoman a la arena y que la jerga bolichera se describiría como un “vip”.
Panorámica del lugar donde pelean: el “ring” está limitado por fardos de pasto. Foto: Cristina Sille.Las peleas duran tres rounds de dos minutos y el formato está basado en la técnica de golpe de las MMA. “Es un estilo propio, diseñado para ofrecer dinamismo, seguridad y espectáculo”, explica Mutalimov. “Estamos en constante evolución.
Cada torneo es un paso hacia adelante. Aprendemos, mejoramos, fortalecemos al equipo y elevamos el nivel de cada evento. Y eso se nota: en la calidad de imagen, en la atmósfera y en la respuesta del público”, sostiene el luchador ruso, que se vino a vivir a Argentina en 2023.
“Quise traer esa posibilidad que vi en Rusia, donde un tipo común puede dar una gran pelea y al día siguiente ser una estrella. Así nació Yaguareté, una plataforma donde no sólo se pelea, sino donde se construyen carreras. Donde no solo se gana una pelea, sino donde uno puede cambiar su vida”, agrega con espíritu marketinero.
“Cuento con más de 100 torneos organizados, decenas de peleas amateurs y 14 combates profesionales de MMA, cuatro de ellos aquí en la Argentina. Y cuando me subí al ring argentino, entendí de inmediato: hay talento de sobra, pero muy pocas oportunidades para ser visto. Aunque el boxeo es fuerte en el país, la visibilidad mediática para los peleadores es casi inexistente”, dice.
Son centenares las solicitudes que recibe, dice, pero la selección no es sencilla. Para refinar el filtro de ingreso a Yaguareté, se creó un proyecto paralelo al que bautizaron La Manada, en donde las peleas son con guantes grandes, supervisadas por jueces profesionales y se hacen en locaciones llamativas para que causen impresión desde lo visual.
“En La Manada no se pelea por dinero, se pelea por el hype (publicidad), la fama y la posibilidad de llegar a la liga más feroz, Yaguareté FC. Si tenés experiencia en artes marciales o deportes de combate, este es tu lugar. Aquí, cada golpe es un paso más hacia la gloria”, es la descripción que hacen de ese formato de boxeo callejero, algo así como un semillero del que nutren al torneo oficial.
Armamos parejas con nivel, peso y edad similares. Esta fórmula minimiza riesgos y garantiza peleas justas.
Shamil “Iceman” Mutalimov.Promotor
Del fútbol a las piñas
Facundo tiene 20 años y llegó a Yaguareté a través de La Manada. Le dicen “El guapo”, también viene de Ranchos, estudia profesorado de educación física y hace el curso de guardavidas. “Esto es una posibilidad para mostrarme”, dice, y agrega que conoció todo esto por Instagram. Durante mucho tiempo jugó al fútbol, pero dejó para empezar boxeo por la necesidad de aprender a defenderse.
“Me dio fortaleza mental”, sostiene, y agrega que también lo ayudó a ganarse el respeto de los vecinos de su pueblo. “Ahora se me acerca la gente.”
“Armamos parejas con nivel, peso y edad similares. Esta fórmula minimiza riesgos y garantiza peleas justas y emocionantes”, explica Mutalimov, y despliega un armado que, afirma, se preocupa del show tanto como del cuidado de los luchadores.
“No solo buscamos a los más fuertes. Creamos un sistema donde cualquiera que esté listo tiene su oportunidad. Todo está organizado con claridad, seguridad y profesionalismo. Un promotor que piensa no solo en el show, sino también en las consecuencias, tanto legales como humanas… Los peleadores participan voluntariamente, firman contratos y reciben honorarios. Pueden retirarse en cualquier momento si así lo desean.”
Renacer en el ring
El semblanteo fiero de los peleadores antes de iniciar el combate es la clave para encender los motores. Se hablan por lo bajo, sonríen, cancheros. “Listo, vamos, fight”, es la orden que da el juez y arranca la acción; movimientos de estudio, aproximaciones, golpes con mayor o menor técnica. Y el sonido. Ya no del público sino de los cuerpos cuando reciben el impacto. La carne enrojecida. Las muecas de dolor.
David “El Picante” Caliva tiene 35 años y vino de La Plata. Es personal trainer y desde los 20 practica boxeo. Llegó acá por un compañero del gimnasio. Cuenta que estuvo casado, que se divorció y que perdió todo. Por más de cuatro meses durmió en la calle y durante mucho tiempo estuvo alejado del deporte. Ser parte de estas peleas lo motivan anímicamente. Del torneo destaca “el show y cómo cuidan a los luchadores”. Volver a pelear lo hizo renacer. “Arriba de un ring soy millonario”, dice.
La noche termina con 12 ganadores y varios sueños cumplidos. Foto: Cristina Sille.Entre combate y combate, hay un descanso de algunos minutos que se ameniza con la música que ponen los DJ’s y es el momento para ir por un trago a la barra. O para comer.
Los luchadores que aguardan su momento tratan de no distraerse con el entorno: cualquier lugar del recinto es bueno para continuar con la entrada en calor. Algunos en formato exagerado (al estilo Rocky) y otros, quizás, no tan a la vista, frente al espejo del baño para ver la dirección que toman sus puñetazos al aire y el gesto de su cara.
“Conocí todo esto por Instagram. Siempre me llamó la atención”, dice Carlos “Látigo” de 42 años, arribado de tierras mendocinas. Es su tercera pelea en Yaguareté. A los 28 empezó a pelear en jaula y participar del torneo para que lo conozcan.
“Tengo un gimnasio y desde que pasé por acá, se acercó más gente a entrenar”, cuenta. La atmosfera de este club -por decirlo de alguna manera- se mantiene con socios que se desviven por el reconocimiento. Está orientado a trascender límites personales y barajar una nueva posibilidad laboral, sea para lograr algo más en el ámbito del deporte y saltar la muralla amateur, o tan solo para ser protagonistas de nuevas oportunidades en la vida.
Perdí todo en un divorcio. Dormí en la calle durante más de cuatro meses. Pero arriba del ring me siento millonario.
David “El Picante” CalivaPeleador
Jonatan Benedetti tiene 28 años y viene de Mar del Plata. No tiene apodo. Siempre le gustaron los deportes de pelea, puntualmente el boxeo. Su trabajo anterior no le permitía dedicarse al cien por ciento, pero cuando encontró la posibilidad de hacerlo, se lanzó.
“Surgió la posibilidad de presentarme acá y me vine de cabeza”, dice con entusiasmo, y revela que el trabajo que lo tenía al margen de este mundo era el fútbol. Benedetti jugó en Aldosivi, All Boys, San Telmo, anduvo por Croacia, Bulgaria e Italia. Confiesa que el boxeo lo atrapó desde chico, de mirar las peleas con su abuelo. “No lo veo como algo futuro, simplemente me gusta el arte marcial, medirme a mí mismo… Intento demostrarme que estoy a la altura de personas que están peleando desde que yo pateo la pelota. Eso me da felicidad.”
Los combates llegan a su final. Algunas caras terminan más lastimadas que otras. La felicidad, más allá del resultado, es haber estado ahí.
La ilusión es que han dejado atrás por un rato la densidad de lo cotidiano para sentir la adrenalina de un espectáculo que promete sacarlos del anonimato, el trampolín que al menos los hará lucir bravos en Instagram.










