Valeria Luiselli (Ciudad de México, 1983) todavía intenta acostumbrarse a la humedad de Buenos Aires. Sentada en una mesa de una librería de Palermo, negocia sin éxito conseguir leche de avena para su café. No muy convencida, acepta la de almendra. Quince años después de su última visita a la ciudad, la escritora mexicana regresó para presentar Principio, medio, fin, la novela que inaugura el catálogo en español de Feltrinelli.
La historia sigue a una escritora recién divorciada que viaja a Sicilia junto a su hija en busca de un nuevo comienzo. Entre volcanes, excavaciones arqueológicas, filósofos presocráticos y los múltiples estratos de la historia de la isla, ambas intentan comprender el linaje de mujeres que las precede mientras imaginan las memorias que algún día heredarán quienes vendrán después.
Aunque parte de una separación, la novela se abre hacia otros territorios: la maternidad, la memoria, las migraciones, la herencia familiar y las distintas formas de volver a empezar.
“En los mitos de la creación del mundo, ¿por qué el cielo y la tierra tienen que ser hendidos en dos?”, pregunta la hija. La madre responde: “No sé”.
–Esa pregunta sobre el origen del mundo termina apareciendo también en una familia que se rompe. ¿Cómo encontraste ese vínculo?
–Esa es la base: la novela es una cuestión de escalas. Me interesa pensar los mismos fenómenos en un rango amplio. Está la pregunta de mi hija –que surgió en noches de insomnio leyendo mitos griegos– sobre por qué el principio del mundo es dividirse, y esa misma hendidura o grieta es la que parte en dos a una familia antes de tener que volver a comenzar. Es la escala más grande, la cosmogónica, reflejada en la escala más ínfima de un pequeño núcleo humano. Al final, no queda más que bregar con esas grietas; no son del todo resarcibles, sino una invitación a imaginar qué puede haber en ese vacío.
Vivir y escribir en español
Moverse entre países forma parte de la biografía de Luiselli, pero también de sus libros. Hija de un diplomático mexicano, pasó parte de su infancia entre distintos países. Aprendió inglés a los seis años, cuando su familia se trasladó a Corea del Sur. Más tarde vivió en India, Costa Rica y Sudáfrica. A los diecisiete años tomó una decisión que hoy considera decisiva: vivir y escribir en español.
De esa elección surgiría, años después, Papeles falsos (2010), un libro que ella misma ha definido como un ejercicio de traducción permanente entre idiomas, territorios y formas de mirar.
“Llevo tiempo repitiéndome a mí misma: lo único que tengo que hacer es resolver qué viene después de una historia tradicional –los padres, los hijos, la casa– y reinventar la narrativa”.
–La novela tiene una estructura que parece imitar el movimiento del mar va, viene, se rompe y se vuelve a unir. ¿Cómo fue ese proceso de construcción donde el rastro de la creación queda a la vista?
–Me interesa mucho poder dejar integrado el proceso en los resultados. Para mí, la novela fue un proceso de búsqueda de sí misma que duró mucho tiempo. Durante gran parte del trayecto no quise saber exactamente de qué se trataba, porque precisamente se trataba de indagar en una constelación de preguntas que me resultaban apremiantes. En el resultado final uno destila los procesos, pero me gusta que permanezcan algunos trazos, como esas polaroids que me sirven a lo largo del camino. No están todas, por supuesto, porque al final escribir es edición y selección, pero esa respiración o vaivén que notás son las huellas de esa indagación.
–Hablando de esos trazos del proceso, casi al final del libro compartís las polaroids que registraron el viaje. ¿Cómo conviven esas imágenes instantáneas con una escritura que te lleva cinco o seis años?
–La fotografía ha sido parte de mi proceso desde hace quince años porque me ayuda a encontrar gramáticas internas. Como tardo mucho en escribir, utilizo las fotos para organizar momentos en el tiempo. Me sirven para recordar o imaginar cómo ordenar una trama, algo a lo que suelo ponerle menos atención durante el grueso del proceso.
La escritora mexicana Valeria Luiselli presentó en Buenos Aires Principio, medio, fin. Foto: Guillermo Rodríguez Adami. –¿Hay alguna imagen en particular que al comienzo no hayas tenido en cuenta y que luego te ayudó a darle sentido a lo escrito?
–Tenía una foto de unos burros que, originalmente, no aparecían en la novela. En un momento tardío de la escritura, volví a mirar esa Polaroid y dije: “Claro, los burros tienen que estar ahí”. Las fotos me ayudan a organizar las cosas a posteriori; la trama termina emanando de esas huellas. Lo mismo me sucedió con una escena que escribí muy temprano: una madre y su hija comprando una cabeza de pez espada en un mercado. Me tardé seis años en entender qué significaba esa cabeza en el refrigerador y, cuando lo comprendí, finalmente entendí la novela.
“Hacemos el resto del camino en compañía de los burros –escribe Luiselli en Principio, medio, fin–. Sé que ambas sabemos que estamos participando de un misterio, todos caminando juntos en este silencio viejo”.
– En la novela, Sicilia aparece como un escenario donde el Etna y los volcanes palpitan constantemente. ¿Qué relación encontrás entre el útero femenino y la tierra volcánica?
–Todo el tiempo palpita en la novela la amenaza del Etna y, en paralelo, el útero de la mujer. De hecho, la única temporalidad lineal que recorre la historia es la de un ciclo menstrual: la protagonista llega a la isla con una regla y se va con otra. Es una forma de pensar esa conexión femenina con la tierra. Sicilia es una frontera tectónica real, donde se encuentran la placa africana y la europea; hay un sismo telúrico debajo de la isla que tiene un valor simbólico y real tremendo. Los volcanes nos recuerdan que el fin del mundo siempre está a la vuelta de la esquina, y el útero es como ese volcán que llevamos todas: un centro de erupción, desastre y belleza.
–Mencionás a Sicilia como una frontera muy distinta a la que has trabajado anteriormente, la de México y Estados Unidos. ¿Cómo contrastás esos dos espacios tan “hendidos”?
–La frontera entre México y Estados Unidos es una frontera geopolítica ridícula. Si ves las fotos de 1840, cuando se formó la comisión binacional de amistad y límites, aparecen señores a caballo arrastrando carrozas llenas de piedras para marcar una línea en el desierto; era casi kafkiano. Luego pusieron obeliscos de mármol que la gente se robaba, así que terminaron enjaulándolos; ese fue el primer muro. Es una frontera amurallada en medio de una inmensidad que de ambos lados es idéntica. Sicilia, en cambio, es una frontera natural y milenaria; el lugar donde se encuentran la placa africana y la europea. Es un sismo profundo que define su historia volcánica; una tierra de todos y de nadie donde todo se cruza.
La escritora mexicana Valeria Luiselli presentó en Buenos Aires Principio, medio, fin. Foto: Guillermo Rodríguez Adami. Los sonidos de la escritura
Al final del libro, un código QR permite acceder a los sonidos que acompañaron la escritura: mareas, lluvias, vientos mediterráneos, voces de pescadores y registros volcánicos realizados en Sicilia y las islas Eólicas.
–El sonido ocupa un lugar central en tu obra. ¿Qué te aporta este registro que no encontrás en la palabra escrita?
–Para mí, la escucha y la grabación sonora son herramientas fundamentales que se complementan con la ficción. La escucha te obliga a estar absolutamente anclada en el presente. No es que la escritura sea insuficiente, pero me interesa que el lector pueda entrar al proceso por muchas puertas distintas. El sonido provoca emociones en un estrato muy poco conectado con el cerebro narrativo, como una corriente subterránea que da sustancia a todo.
–¿Sugerís leer el libro acompañado por los sonidos grabados?
–Para mí sí, aunque no quiero prescribir cómo debe leer cada quien. Algunos se distraen, pero para otros es como una posesión o un viaje. Me recuerda a cuando era adolescente en México y escuchábamos los CDs de Cortázar leyendo sus cuentos. Una vez que escuchabas su voz, ya no podías desprenderte de ella. Nunca más volví a leer a Cortázar sin escuchar esa voz en mi cabeza. La lectura es un eco: esa voz se queda como un fantasma, un compañero, un amigo.
–Leí recientemente un trabajo de Médicos Sin Fronteras con niños de Gaza. Contaban que muchas veces recuperan la voz a través de ejercicios de respiración y burbujas de jabón. Pensé en lo que venís diciendo sobre el sonido y la escucha.
–Es sumamente emocionante lo que contás, me conmueve mucho. Ese acto de aspirar y poder sacar todo a través de un soplo tiene una raíz profunda. Pensando en eso, la palabra “psique”, antes de significar mente, significaba “soplo”, el soplo vital. Hay una relación intrínseca entre la voz –o la imposibilidad de encontrarla– y la esencia misma de lo que somos.
La editorial Feltrinelli se estrena en Latinoamérica con Valeria Luiselli. Foto: gentileza.–En Echoes from the Borderlands (Ecos de la frontera) registrás realidades muy diversas. ¿Cómo es el trabajo de grabar desde comunidades indígenas hasta seguidores de Elon Musk?
–Es un proyecto de una década, un documental-ficción sonoro que registra cómo se transforma el espacio. Grabamos lo que la gente decía después de que el gobierno dinamitara bosques sagrados en tierras Tohono O’odham para construir el muro. Las cosas más hermosas que he visto están por ahí, en Arizona, casi en la frontera. Hay un lugar que se llama Valle de los Ecos donde hablás bajito y las voces vuelven desde las piedras. Es una cosa mágica. Y por otro lado están las cosas más espantosas de este mundo: los centros de detención, pero también las nuevas colonias de seguidores de Elon Musk, pueblos enteros dedicados a los lanzamientos de cohetes espaciales. Son como una tribu esperando su turno para irse a Marte. Es un ambiente de culto donde la gente celebra los lanzamientos mientras los vecinos sufren por el estruendo que rompe sus vidrios. Escuchar a todos, incluso a quienes tienen puntos de vista contrarios, exige una disposición sin prejuicios ni imposiciones.
–Hay algo casi físico en la escucha.
–Yo llevaba años viendo imágenes y leyendo sobre las separaciones familiares en Estados Unidos, pero nada me quebró tanto como una pista sonora de 2019. Era una niña de unos siete u ocho años pidiéndole a un oficial de migración que la regresara con su tía; lloraba, se recomponía y daba el teléfono con una claridad asombrosa. Hay algo en lo invisible, pero audible, que llega a una profundidad diferente. Me interesa pensar si existe una diferencia fundamental entre escuchar una voz humana y escuchar una tormenta. Sé que hay alguna diferencia, pero no sé si, en el fondo, requieren el mismo tipo de atención.
–Decidiste volver a publicar y escribir principalmente en español, dejando un poco de lado el inglés en este momento político de Estados Unidos. ¿A qué se debe ese cambio?
–Escribir y publicarse en inglés ahora mismo me genera pavor. Vivimos un momento muy volátil e impredecible. Tengo una ciudadanía reciente y siento una fragilidad que antes no sentía. Pero más allá de eso, es una vuelta a casa necesaria. Necesitaba volver al español.
–¿Prestar atención es hoy un don sobrenatural?
–Sí. La falta de atención equivale a no estar en ninguna parte, a perder la sensación de casa, lo que implica que dejen de importarnos las cosas. Ejercitar la atención a través de la lectura y la escucha permite anclarse en el tiempo. Es una postura política no sucumbir a la tentación de la catástrofe. La imaginación debe ser esa fuerza rugiente que nos permita tener más presencia en el presente.
La escritora mexicana Valeria Luiselli presentó en Buenos Aires Principio, medio, fin. Foto: Guillermo Rodríguez Adami. El café con leche de almendras queda sin terminar. Afuera sigue lloviendo sobre Buenos Aires.
“Ayer me preguntó si creo que soy una buena escritora. Le dije que he escrito cosas buenas, cosas más o menos, y cosas malas. Pero, en realidad, lo único que me hace sentir que soy quien soy, lo único que me hace sentir que tengo ganas de estar, ganas de seguir estando, de seguir adelante con la vida, es estar escribiendo algo que no puedo escribir”.
Valeria Luiselli básico
- Nació en 1983 en Ciudad de México y creció en Corea del Sur, Sudáfrica e India.
- Ha publicado las novelas Los ingrávidos (2011) y La historia de mis dientes (2013) y los libros de ensayo Papeles falsos (2010) y Los niños perdidos (2016).
- Sus obras, traducidas a más de veinte idiomas, han obtenido en dos ocasiones el Los Angeles Times Book Prize y una vez el American Book Award, además de haber sido dos veces finalistas del National Book Critics Circle Award.
- Ha colaborado en medios como The New York Times, Granta, The Guardian y El País. En la actualidad, reside en Nueva York.
- Aclamada unánimemente por la crítica, Desierto sonoro fue escrita en inglés y publicada en 2019 con el título Lost Children Archive.
Principio, medio, fin, de Valeria Luiselli (Feltrinelli).








