César sopló las velas de su torta de cumpleaños minutos después de que Antonio, el albañil del edificio, llenara diez bolsas de escombros raspando las paredes agrietadas de la sala. Heleonor asiste todos los días con su computadora a distintos centros de acopio a escanear las órdenes de salida de la ayuda humanitaria que entregan dos fundaciones, a pesar de que se quedó sin casa en el centro de Caracas y ahora vive con su hermano en el extremo opuesto de la ciudad. Héctor sigue trabajando como fotógrafo, pero duerme con su mamá y su hermana en Caricuao, para bajar la ansiedad que le produce ir cada día a La Guaira a cumplir con sus labores. Gabi y Marcello pasan los días reparando la habitación que ellos mismos habían dejado lista tres días antes del terremoto, mientras vuelven a abrir su tienda de diseño en un centro cultural. Humberto sigue presentando su programa de televisión con análisis de los partidos del Mundial de Fútbol, pero sin música y vestido de negro. Alejandra acaba de subir los ocho pisos de su edificio en esas escaleras de caracol con un mercado a medio hacer, sin advertir que no puede cocinar por la fuga de gas de su edificio. Y Emilio se acaba de ir de Venezuela después de años sin visitarla, sin haber podido ver el mar desde el apartamento de su familia en La Guaira, porque se desplomó.









