El partido está guardado en la memoria hasta en sus detalles mínimos. La camiseta azul de la Selección. El sol vertical del mediodía mexicano. La mano izquierda de Diego Maradona, la de D10S, elevándose por encima de Peter Shilton. La carrera de 52 metros que dejó a medio equipo inglés en el camino. El descuento de Gary Lineker. El sufrimiento del final. El abrazo interminable tras la victoria por 2-1. Casi todo lo que sucedió dentro del estadio Azteca el 22 de junio de 1986 fue filmado, fotografiado, estudiado y vuelto a contar. Sin embargo, alrededor del partido más famoso de la historia argentina se desarrolló otra historia que permanece mucho menos documentada: los enfrentamientos entre barras argentinos y hooligans ingleses antes, durante y después de aquel duelo por los cuartos de final del Mundial de México.
La versión que sobrevivió durante cuatro décadas es sencilla, contundente y funcional a la mitología de la cultura del aguante: los barras argentinos enfrentaron y corrieron a los temidos hooligans, les quitaron sus banderas y completaron afuera de la cancha la victoria conseguida por Maradona adentro. El problema es que la reconstrucción de aquella jornada no permite confirmar una secuencia tan lineal. Hubo violencia, hubo corridas, hubo botellas, piedras y banderas que cambiaron de manos. Pero no existió una única batalla ni todos sus protagonistas fueron quienes después se adjudicaron la historia.
La investigación más exhaustiva sobre el episodio es la realizada por Andrés Burgo en El partido. Argentina-Inglaterra 1986, un libro construido a partir de más de 300 entrevistas y dedicado a reconstruir el contexto, los protagonistas y las múltiples dimensiones de aquel encuentro que este año se convirtió en un documental imperdible. En un artículo posterior publicado en TyC Sports, el propio Burgo estableció una distinción fundamental: la pelea registrada por las cámaras dentro del estadio no fue la misma que el enfrentamiento más violento ocurrido posteriormente en las inmediaciones del Azteca. Tampoco tuvo necesariamente como protagonistas centrales a José Barritta, el Abuelo, y a la barra de Boca, como se repitió durante años. La memoria popular unificó episodios diferentes y produjo una sola narración.
El clima que rodeaba el partido ofrecía todos los ingredientes necesarios para que la tensión excediera el fútbol. Habían pasado apenas cuatro años de la Guerra de Malvinas. En la Argentina, a pesar de la vuelta de la democracia, todavía permanecían -y permanecen- abiertas las heridas por los 649 soldados muertos en el Atlántico Sur. El partido contra Inglaterra fue interpretado inevitablemente como una oportunidad de revancha simbólica, aunque Carlos Bilardo y sus jugadores intentaron públicamente separarlo del conflicto bélico.
Jorge Valdano recordó que la cuestión de Malvinas había ocupado buena parte de las preguntas durante la semana previa. En una entrevista reproducida por El Gráfico, explicó que para el cuerpo técnico el desafío consistía en utilizar esa carga emocional sin permitir que el equipo perdiera de vista el objetivo deportivo. La guerra podía convertirse en una motivación, pero también podía conducir a jugar un encuentro diferente del que verdaderamente se disputaba.
A la cercanía de Malvinas se sumaba la expansión del hooliganismo inglés, convertido durante los años 70 y 80 en uno de los grandes problemas del fútbol europeo. Apenas trece meses antes del Mundial, la final de la Copa de Europa entre Liverpool y Juventus había terminado en la tragedia de Heysel, con 39 muertos después de que un grupo de hinchas ingleses provocara una avalancha. La posibilidad de un cruce entre argentinos e ingleses en México despertaba, por lo tanto, una preocupación que era al mismo tiempo deportiva, política y diplomática.
Las autoridades mexicanas prepararon un dispositivo especial. Según la reconstrucción de Burgo, retomada en una investigación de El País México, alrededor de 2.500 policías fueron afectados al operativo, una cifra aproximadamente un 25 por ciento superior a la utilizada en otros encuentros del torneo. También hubo agentes vestidos de civil infiltrados entre los simpatizantes y contactos entre funcionarios británicos y mexicanos para prevenir incidentes. La seguridad no se diseñó únicamente por la rivalidad futbolística: se contempló la combinación de Malvinas, la presencia de grupos organizados y la reputación internacional de los hooligans.
La preocupación tampoco estaba limitada a los ingleses. Entre los miles de argentinos que habían viajado a México había familias, turistas y aficionados particulares, pero también integrantes de diferentes barras bravas. La más numerosa y poderosa era la de Boca, conducida por José Barritta, el Abuelo. Investigaciones periodísticas mencionan además la presencia de hombres vinculados con las hinchadas de Estudiantes, Chacarita, Vélez, Racing, Talleres, Nueva Chicago y otros clubes. En la Argentina eran adversarios y disputaban territorios, entradas, negocios e influencia. Durante el Mundial, sin embargo, habrían establecido una tregua para movilizarse bajo una identidad nacional común.
Del lado inglés ocurría algo parecido. La categoría de hooligan terminó aplicada de manera indiscriminada a todos los simpatizantes que seguían a la selección, pero no todos integraban grupos violentos. En México había aficionados comunes y también miembros de organizaciones vinculadas con clubes como Chelsea, West Ham, Newcastle y Manchester United. Los hooligans no formaban una estructura única: eran grupos diferentes, muchas veces enfrentados entre sí, que eventualmente podían actuar bajo una identidad inglesa cuando jugaba el seleccionado.
La primera pelea de la jornada que cuenta con registros visibles ocurrió en una tribuna del Azteca. Las fotografías muestran a argentinos e ingleses golpeándose entre las gradas. Durante mucho tiempo esas imágenes se utilizaron para ilustrar la supuesta gran batalla entre la barra de Boca y los hooligans, pero la investigación de Burgo reconstruye un origen diferente. Todo habría comenzado cuando el peluquero Roberto Giordano, fallecido en 2024, intentó quitarle una bandera a un simpatizante inglés mientras un fotógrafo registraba la escena. La reacción de los ingleses derivó rápidamente en empujones y golpes.
Uno de los argentinos que aparece en esa secuencia es Raúl Gámez, quien años después sería presidente de Vélez y un influyente dirigente del fútbol argentino. En su testimonio, recuperado por Burgo, aseguró que no integraba una barra organizada y que había viajado por su cuenta. Según explicó, intervino al observar que los ingleses se abalanzaban sobre un grupo de argentinos y terminó rodeado y golpeado. Claudio Varela, integrante de la barra de Boca y otro de los testigos consultados, también atribuyó el comienzo de aquella pelea al intento de Giordano de apoderarse de una bandera.
La escena permite desmontar una de las primeras confusiones de la historia: la pelea más fotografiada no fue necesariamente la protagonizada por el Abuelo y su grupo. Las imágenes que permanecieron durante décadas corresponden a un incidente dentro del estadio, espontáneo y provocado aparentemente por la disputa de una bandera. El enfrentamiento que luego se convertiría en la base principal de la leyenda ocurrió en otro momento y en otro lugar.
“Al lado de los goles de Maradona aquello no existió. Fue una pelea de otros tiempos. De hecho, me acuerdo mucho más de los goles que de la pelea. Yo estaba muy cercano a la Selección, tenía buena relación con Bilardo, con los jugadores. Es cierto que peleé por una bandera, que salté desde el palco pero no recuerdo muchos más detalles. También puedo decir que la pelea sucedió después, ya fuera del Azteca”, le contó Gámez a Waldemar Iglesias en una nota publicada por Clarín.
Después del triunfo argentino, la violencia se trasladó a las calles próximas al Azteca. Los testimonios reunidos por Burgo sitúan el choque más importante a unos cien metros del estadio. Allí habrían participado miembros de la barra de Boca, al menos dos integrantes de la hinchada de Unión de Santa Fe y un grupo de ingleses. Pero, a diferencia de lo sucedido en las tribunas, no se conocen registros audiovisuales completos y confiables de esa pelea. La reconstrucción depende fundamentalmente de los relatos de sus protagonistas.
Varela contó que los ingleses peleaban inicialmente con los puños, mientras que los argentinos respondieron con botellas. De acuerdo con su versión, los hooligans retrocedieron durante el primer choque, pero luego se reagruparon y comenzaron a lanzar piedras. Luis Luchi Flores, vinculado con la barra de Unión, aportó una narración semejante: sostuvo que los argentinos hicieron retroceder a sus adversarios, aunque después los ingleses encontraron escombros en las inmediaciones y respondieron desde la distancia. Una de esas piedras habría golpeado en una pierna a Barritta.
Los escombros mencionados en esos testimonios no constituían un detalle menor. La Ciudad de México todavía mostraba las consecuencias del terremoto del 19 de septiembre de 1985, que había provocado miles de muertes y destruido numerosos edificios. En algunas zonas cercanas al estadio todavía podían encontrarse restos de materiales que, según los protagonistas, fueron utilizados durante el enfrentamiento.
Las versiones coinciden en que hubo avances y retrocesos de ambos lados. Los argentinos habrían logrado hacer replegar inicialmente a los ingleses, pero los hooligans se reorganizaron y respondieron con piedras. Esa secuencia contradice parcialmente la narración épica instalada años después, según la cual los barras argentinos habrían dominado el episodio de manera rápida y contundente. Los testimonios de los propios participantes describen una pelea más extensa, desordenada y pareja.
Lo que sí parece comprobado es que algunas banderas inglesas terminaron en poder de los argentinos. Entre ellas se mencionan enseñas vinculadas con Chelsea y West Ham, exhibidas como trofeos de guerra durante el partido. Dentro de la cultura de las barras, la captura de una bandera tiene un valor que excede el objeto: significa apropiarse de la identidad del rival y demostrar superioridad. Aquellos trapos funcionaron como evidencia material de que los enfrentamientos habían existido y ayudaron a consolidar la idea de una victoria argentina.
Con el paso de los años surgieron otras reconstrucciones que ampliaron la historia. Una de ellas, recogida por Infobae y Clarín en distintos trabajos sobre la violencia argentina en los Mundiales, sostiene que hubo una emboscada planificada en el Paseo de la Reforma, cerca del monumento del Ángel de la Independencia. Según esa versión, barras argentinos, exiliados radicados en México y unos 50 simpatizantes escoceses habrían organizado un ataque contra los hooligans. Los escoceses, enfrentados históricamente con Inglaterra y especialmente vinculados con el Celtic, habrían aportado información sobre los movimientos ingleses. Los exiliados argentinos, por su parte, habrían contribuido con su conocimiento de la ciudad.
Otras versiones incorporan la intervención de pandillas mexicanas o grupos locales que habrían colaborado con los argentinos. Sin embargo, estos relatos no cuentan con el mismo grado de corroboración que la pelea fotografiada dentro del estadio. Tampoco siempre queda claro si describen un enfrentamiento independiente, un incidente ocurrido antes del partido o una combinación posterior de distintos episodios. Para una reconstrucción rigurosa deben aparecer como versiones atribuidas, no como datos indiscutibles.
También circulan videos que supuestamente muestran la batalla de México 1986. Burgo advirtió que algunas de esas imágenes pertenecen en realidad al Mundial Juvenil disputado en Australia en 1981 y fueron posteriormente reutilizadas con una identificación falsa. El error es significativo porque revela la manera en que se construyó la leyenda: escenas de otros torneos, fotografías de una pelea diferente, testimonios orales y banderas capturadas terminaron reunidos para formar una única narración.
La falta de documentación completa no significa que la violencia no haya existido. Hubo enfrentamientos dentro y fuera del Azteca. Hubo heridos, golpes, botellas y piedras. Hubo banderas inglesas en manos argentinas. Hubo barras organizados y grupos vinculados con el hooliganismo. Lo que no puede afirmarse con el mismo grado de certeza es que todo haya formado parte de una única batalla preparada de antemano o que uno de los bandos haya conseguido una victoria total.
La frase “los argentinos corrieron a los hooligans” terminó imponiéndose porque ofrecía una conclusión fácil y poderosa. Encajaba con el clima posterior al triunfo de la Selección, con la necesidad de revancha simbólica después de Malvinas y con los códigos de una cultura de barras que convierte cada enfrentamiento en una disputa por el honor. Además, transformaba un episodio violento y confuso en una historia de valentía nacional.
Esa interpretación también obliga a formular una advertencia. Los integrantes de las barras no representaban a todos los hinchas argentinos y los hooligans no representaban a todos los ingleses. Convertir la pelea en una prolongación patriótica del partido corre el riesgo de legitimar una violencia que estaba vinculada con grupos organizados, negocios, disputas territoriales y una forma específica de construir poder dentro del fútbol.
Dentro de la cancha, la historia quedó resuelta con imágenes que todavía hoy no admiten discusión. Maradona convirtió la Mano de Dios y el Gol del Siglo. Argentina ganó 2-1, eliminó a Inglaterra y continuó su camino hacia el título mundial. Afuera, en cambio, la historia quedó atrapada en una zona mucho más ambigua: la de los recuerdos parciales, las versiones interesadas y los testimonios difíciles de comprobar.
Foto: AFPTal vez por eso la batalla sigue siendo contada cuatro décadas después. No porque se conozca exactamente todo lo que ocurrió, sino porque los vacíos permitieron que cada protagonista completara la historia a su manera. El partido de Maradona necesitó diez segundos para alcanzar la eternidad. La pelea entre barras y hooligans necesitó 40 años de relatos para convertirse en mito.









