Belén Fernández Llanos y los 20 mil bebés robados en Chile: “Los niños eran mercancía”

Belén Fernández Llanos y los 20 mil bebés robados en Chile: “Los niños eran mercancía”


En Chile faltan unos 20 mil bebés. No fueron robados en el marco de un plan sistemático como sucedió en la Argentina de la última dictadura militar iniciada en marzo de 1976, sino como consecuencia de “usos y costumbres”: usos de los cuerpos pobres y la costumbre de abusar de las mujeres pobres. Con esa materia, la escritora Belén Fernández Llanos modeló los personajes de su novela Tu mamá es la lluvia (Overol), una historia bien armada, bien narrada e incómoda de cabo a rabo, ya que elige poner el foco en una mujer que ha robado una beba y la cría como propia, en la mentira, pese a que las grietas se multiplican sin pausa.

En la novela de Fernández Llanos, la protagonista, de nombre Marina, hace intentos por adoptar legalmente un bebé. Pero es asistente social, soltera y sin bienes… una pésima candidata para la normativa chilena. Otros son extranjeros con dinero, otros locales, otros… ¿quién sabe? En 2017, cuando el juez Mario Carroza se puso al frente de la investigación porque las causas judiciales se amontonaban, estimó que esas apropiaciones (que en Chile denominan “adopciones ilegales”), desde los años 80 y hasta el 2000, llegaban a unos 20 mil casos.

Del otro lado de los Andes, primero en una biblioteca de la cual es encargada en el pequeño Purranque, y más tarde en su casa, Belén Fernández Llanos respondió las preguntas de Clarín sobre la ficción y la realidad de su libro.

– ¿Cómo fue el trabajo con materiales reales –noticias, relatos, archivos– en la construcción de la ficción?

– Todo el proceso de investigar sobre la organización Hijos y Madres del Silencio (HMS) fue muy intenso, un golpe que me dejaba sin aire. Cada video hecho por la organización para difundir un caso. Fue un dolor que no me costó sentir como propio. La fuerza de ese golpe fue la energía para escribir. Pero quizás hubo un par de momentos claves en que dije “yo no suelto esta historia”: leer el testimonio de una de las madres sobre el robo de uno de sus gemelos. Cuenta ella que uno nació débil y otro fuerte. Yo sé de eso porque tengo sobrinos gemelos y es habitual que, efectivamente, haya uno biológicamente más dominante que el otro: con más peso, más fuerza, más hambre al nacer. La señora contaba que se llevaron al bebé fuerte y le dejaron al débil. Le dijeron que uno estaba muerto y no le entregaron cuerpo ni certificado de defunción. Pensé en mis sobrinos gemelos, en lo unidos que son, en que al nacer solo se quedaban dormidos si sus cabezas estaban en contacto. Y me imaginé la huella que deja separar a un par de hermanos que se gestaron juntos y cuál es la naturaleza específica de esa huella si la causa de esa separación es un robo. Otro momento crucial fue cuando, recién empezando el proyecto, le conté la idea del libro a un amigo. Él me respondió con dos casos de gente cercana a él, mujeres a las que les habían robado sus guaguas en el sur en los años 80. Recuerdo que pensé: si levantamos una piedra, hay un caso de adopción ilegal. Este libro puede tocar a mucha gente, tengo que escribirlo.

– Muchas personas en Chile desconocen el robo de bebés. ¿Cómo te explicás que una realidad que afecta a miles de familias pueda ser invisible al mismo tiempo?

– Lamentablemente, esta respuesta es muy fácil de responder. Es invisible porque afectó a personas “invisibles”. Mujeres, muchas de ellas pobres, de sectores rurales que no sabían o apenas podían leer y escribir, jóvenes, mapuche, solteras. El último eslabón en la escala de lo visible o de lo escuchable. Mujeres y niñas/os pobres, los mismos que en el siglo XIX (y cien años en la historia de la violencia es un pestañeo) eran considerados incapaces, biológicamente inútiles, igual que los indígenas y cerquita de los animales. Por eso no extraña que hayan sido las últimas en entrar a las reivindicaciones por violaciones a los derechos humanos. Tuvieron que atravesar todos los bordes para poner en el centro su dolor. Si a esas condiciones históricas les sumamos las consecuencias emocionales de que te roben un hijo, el resultado son personas con un peso o con un vacío tan grande que no es difícil entender que por décadas –o incluso siglos– hayan sido fantasmas, voces que se escuchaban bajas, gemidos que escuchábamos pero no alcanzábamos a entender. Me alegra que ahora, ciertos días del mes, ellas estén en pleno centro de Santiago, juntas, gritando.

– Elegís narrar desde el punto de vista de quien apropia una beba. ¿Qué te permitía ese lugar que no te daba la mirada de la víctima?

– Quería hacer algo que solo la ficción permitiera. HMS ha sido muy eficiente en amplificar la voz de las víctimas, hay también otras organizaciones, como Nos Buscamos, que hacen un trabajo similar. Hay documentales, series de TV, obras de teatro, libros de investigación periodística, reportajes y hasta un libro de cómic desde la perspectiva de las víctimas. Y qué bueno, ojalá haya cientos más, que el arte nos ayude en aquello que la justicia ha hecho tan lento. Pero la libertad de una novela abre los pasillos a lugares difíciles de acceder mediante la no ficción, sobre todo cuando hablamos de delitos. Quise explorar en las razones –diversas, fundadas, tiernas, egoístas, individuales e individualistas, altruistas, poderosas– que hacen que las mujeres queramos tener un hijo, porque creo que el deseo de maternar de Marina, que se robó un bebé, no son tan distintas de las que yo tuve cuando elegí, y pude sin problemas, ser madre. Pero el camino que recorre una mujer a la que le cuesta, que lo busca y rebota, que ve en la apropiación una oportunidad, que la toma y huye, es un camino que, creo yo, se tuerce en torno a ella hasta asfixiarla. Al menos la madre sabe lo que la ahoga. Las hijas e hijos ni eso tienen, lo que sí suelen tener es una suerte de incomodidad, son una pieza que no calza en ninguna parte. Alejandro Seselovsky, autor argentino adoptado por una familia que, supo hace no mucho, se quedó con el bebé de la empleada, dice: el barro original de todo resentimiento es una pregunta sin responder. Tuve esa frase escrita en mi escritorio, como un cartel, durante tres años.

– ¿Cómo trabajaste para construir una voz verosímil sin caer en la justificación del delito?

– Pensé en las madres que tengo cerca, porque, como decía, más allá del delito, Marina se convirtió en eso, en mamá. Pensé en sus obsesiones, en sus temores, en las culpas. También en la ternura y el cuidado, porque de eso también puede haber, y mucho, en un vínculo no biológico. Traje a la memoria mi propia crianza, la originalidad de juegos que hacíamos con mi mamá en una ciudad chica en los 90, el lenguaje que creamos y que perdí cuando ella murió en mi infancia. Cuando lo escribí yo misma no me había convertido en madre aún, pero no me fue difícil sentir la locura de amor que se siente por los hijos y que yo siento por el mío ahora. Un amor muy vecino de la posesión. Y a todo eso, le subí el volumen. Eso te permite la literatura, manejar las perillas de una historia. Supongo que el libro no cae en justificaciones como no cae en casi nada, ni en culpabilizaciones ni en romantizaciones. Fui calibrando porque no es rol de la literatura, o de la mía al menos, juzgar, y porque sí es rol de la literatura, o de la mía al menos, complicar al lector, que no le sea tan fácil ubicarse en los bandos de la historia, que son también los bandos del mundo. Y que, si lo logra, haya hecho un recorrido, una elaboración propia. Nada mejor que un libro que te termina posicionando en un mundo, pero que antes te la hizo difícil.

– La novela retrata el rol de la pobreza en esa clase de delito de apropiación, ¿qué relación te interesaba explorar entre vulnerabilidad económica y posibilidad de ser despojada de un hijo?

– Es una relación mercantil, los niños son mercancía, las madres fábricas, la cima o el pozo más profundo del capitalismo patriarcal. Ahora, cuando alguien dice “se cerró la fábrica” para hacer referencia a una mujer que no tendrá más hijos, se me paran los pelos, porque tuve esa imagen muy presente en los años que escribí. La historiadora Karen Alfaro ha trabajado mucho este tema en Chile e investiga cómo el robo sistemático de bebés respondió a una política de Estado que se enmarca en la dictadura militar, pero excede su autoritarismo porque acá no estamos hablando solo de hijos de militantes presas, la mayoría de los casos fue de mujeres comunes y corrientes, y que por eso, por ser mujeres comunes, pobres, eran consideradas incapaces, sujetos de despojo. Además de capitalista y patriarcal, es una práctica sumamente colonial, porque miles de bebés fueron vendidos a fundaciones y familias europeas. Mapuche o chilenos mestizos vendidos a familias blancas para, dice Karen Alfaro, congraciarse con naciones que ya tenían en la mira a Chile por las violaciones a los derechos humanos. Todo un sistema perverso que elige quiénes deben vivir, dónde, cómo ser criados, qué idiomas hablar y quiénes deben padecer toda su vida el trauma de haber parido y no saber qué fue de esa guagua. Las investigaciones del juez Carroza indican que podrían haber veinte mil casos.

– El Estado y otras instituciones como la Iglesia son miradas por tu novela. ¿De qué manera el hacer o el no hacer de esta clase de estamentos de la sociedad se vinculan con la tolerancia generalizada y, durante tantas décadas, con estas prácticas?

– En Chile el Estado y la Iglesia no están separados, aunque desde 1925 la Constitución diga lo contrario. Sobre todo en dictadura, fueron dos manos tomadas con escasas y honrosas excepciones como la Vicaría de la Solidaridad, el brazo eclesiástico que protegió a las víctimas de Augusto Pinochet. En mi país las adopciones irregulares no se dieron al margen del Estado y la Iglesia, sino gracias a ellos. El Estado puso a disposición su maquinaria de legitimidad, su eficiencia para sacar a niños de Chile, y la Iglesia, su credibilidad ante miles de mujeres que, abordadas por monjas o curas, les entregaban a sus hijos por unos días para que fueran cuidados mientras ellas trabajaban, y un día llegaban y el niño no existía más. Gracias a las investigaciones sabemos que actuaron juntos, incluso con Estados europeos y fundaciones religiosas de otros países. Nadie habría de dudar de una caritativa monjita o de un activo cura que ayudaba a mujeres pobres o de un connotado juez, ni de una respetable trabajadora social. Ni hablar de dudar de los médicos y el personal de salud de los hospitales, los profesionales del poder sobre el cuerpo. Todos ellos, juntos y coordinados, se enriquecieron vendiendo niños.

– Elegís sostener en la novela la idea de “adopción” cuando, por ejemplo, aquí usamos la palabra apropiación. ¿Es algo que pensaste o que te problematizaste?

– Son fenómenos distintos y en Chile tenemos de ambos. Lo que diferencia la adopción, y que en mi país fue muy común, es que el bebé apropiado pasaba por todos o casi todos los eslabones de la institucionalidad para asignarle una nueva y legal identidad. El caso de Melina, mi protagonista, es una apropiación (una mujer se queda con el hijo de otra mujer y lo inscribe como hijo propio), pero gracias a esa maquinaria que describí antes, tenemos miles de casos de niños con papeles de adopción, firmados y timbrados por jueces. Como si se hubiera hecho el proceso de adoptar, apegado a la verdad de la ley, pero con un engaño fundante: las madres biológicas no cedieron a sus hijos, les dijeron que estaban muertos.

La escritora chilena Belén Fernández Llanos. Foto: redes sociales.

– Melina, la niña robada, sabe que es distinta y vive esa condición de maneras distintas a lo largo de su vida. ¿Pensaste la identidad como construcción o como destino para este personaje?

– Creo que la pensé más como destrucción, por radical que se lea. De lo que leí, muchos adoptados dicen que, con los años, el relato de sus vidas se desarmaba tanto en su interior –esa sensación de incomodidad, de no pertenencia– como en la sociedad, su extrañeza racial en el caso de los niños chilenos en Europa, o las historias que contaban sus padres que, aunque en algunos casos hablaran de adopción, no contaban –porque muchas veces no sabían– que el origen de la adopción era un robo. También vi que algo de las madres se desarmaba con los años. Muchas de ellas afirman que olvidaron lo que les pasó, o que no le contaron a nadie la verdad de haber ido a parir y salir del hospital con las manos vacías. Y que mucho tiempo después, a propósito de un trámite o de un funeral de un niño ajeno, recordaron que ellas habían tenido otro hijo y que les dijeron que estaban muertos, pero no los pudieron enterrar. Un trauma que las partió en dos. También leí que muchas de ellas desarrollaban cuadros depresivos, insomnio, algunas adicciones, ansiedad. Entonces pensaba en cómo vivieron vidas a medias, con un pedazo que les faltaba y cómo, entonces, se es mujer, individuo, sujeto con confianza en sí mismas y en la sociedad, así, tan rotas. Lo que hacen las organizaciones que buscan a madres e hijas/os es hacer de esas vidas quebradas un cuerpo firme y colectivo y, si la vida les da ese regalo, encuentran la pieza que les faltaba y algo, no creo que todo, se repara. Eso es lo que me pareció más valioso y conmovedor, que la propia búsqueda es un acto de reconstrucción de la identidad y esa búsqueda no es individual, es una lucha colectiva.

Belén Fernández Llanos básico

  • Nació en Santiago en 1986. Ella estuvo entre nosotros es su primer libro, y obtuvo en 2023 el premio Manuel Montt a la mejor obra literaria del quinquenio 2015-2019.
  • Ha participado en la edición de los libros Rimas de Laura Bustos. Poesías de una niña del siglo XIX (2011) y Trilogía normalista de Carlos Sepúlveda Leyton (2013).
La escritora chilena Belén Fernández Llanos. Foto: redes sociales.
  • En 2015 fue finalista del premio Nuevas Plumas con la crónica “Preciosas hijas de puta” y en 2017 obtuvo el Premio del Público del concurso Santiago en 100 Palabras con el microcuento “21 de octubre al 21 de noviembre”.
  • Es autora de la performance “Metamorfé, más allá de la forma anterior” (2015), incluida en el libro Dramáticas del sur. Escritoras del teatro en Chile (2022).

Tu mamá es la lluvia, de Belén Fernández Llanos