Una economista que no solo no cae en la idolatría de la Inteligencia Artificial Generativa (IAG) sino que además toma mucha distancia de ella y expone los intereses políticos y económicos de las megaempresas que empujan a la sociedad a enredarse y depender de esos productos. Esa podría ser una línea entre otras para presentar a Cecilia Rikap, argentina, nacida en 1984, formada en la UBA y actualmente profesora asociada de Economia y jefa de Investigación del Instituto de Innovación y Propósito Público del University College, de Londres. Ella, investigadora del Conicet y del laboratorio COSTECH de la Université de la Tecnhologie de Compiégne, Francia, es la autora de Teoría de la Dependencia Digital. Soberanía y desarrollo en el capitalismo del siglo XXI, publicado recientemente por Caja Negra y del que todos están hablando.
Un mediodía húmedo y una habitación de paredes blancas con piso de madera en el espacio que comparten Caja Negra y Cactus en el barrio porteño de Villa Crespo. Esas son las coordenadas donde Rikap conversa con Clarín. “La IAG es un negocio potencialmente maravilloso para un puñado de empresas porque el mismo modelo se puede vender más y más, porque se aplica a una gran diversidad de usos”, dice, durante una charla compacta y vibrante.
–Uno de los temores entre muchas personas es que las empresas sumen programas de IAG para reemplazar trabajadores. Algunos intelectuales relativizan esos riesgos y utilizan frases como “se destruirán puestos de trabajo pero se crearán otros”. ¿Cuál es tu posición?
–Las estimaciones que se conocen de momento efectivamente señalan algo un tanto obvio: así se creen puestos de trabajo, el neto es un reemplazo de tareas que va a perjudicar más a trabajos que están realizados en mayor medida por mujeres y nada indica que quienes pierdan su trabajo puedan reubicarse fácilmente dado que la oferta de trabajo no va a estar necesariamente concentrada en las mismas localidades en las que se pierde trabajo ni acaso las personas que lo pierden podrán reconvertirse casi como por arte de magia. De más está decir que sin Estados que garanticen puestos de trabajo y formación para las personas desplazadas, el efecto será peor. Y será especialmente peor en aquellos sitios en donde haya más trabajo freelance o precarizado. Es más fácil reemplazar a trabajadores con menores derechos, sin representación sindical, sin obligación de pago de indemnización. De ahí que el impacto pueda ser mayor en países periféricos. El otro elemento a señalar es que la IAG reemplaza tareas cognitivas. Corre más riesgo de perder su empleo alguien que trabaja en una oficina que alguien que es operario en una fábrica.
–En tu libro ocupa un lugar central el anàlisis de “la nube”, ese objeto que se plantea por parte de las empresas como si fuese algo, aparte de inmaterial, tan natural como el oxígeno…
–La pregunta es central porque cada vez dentro del “globo big tech” metemos más cosas. Y el riesgo es que se va perdiendo el sentido de ese concepto y qué diferencias hay entre Google, Amazon y Microsoft con otras empresas como OpenAI, Anthropic, la francesa Mistral o LatamGPT, un proyecto de IA para América Latina. Es verdad que empresas como Google crean sus propias IA, como Gemini, pero Google, como Amazon y Microsoft son las únicas que tienen la capacidad de ofrecer el espacio económico donde toda tecnología digital se puede intercambiar, producir y consumir. Cuando se mira un proceso de produccion de IA o de cualquier tecnología digital, se produce dentro de este espacio que se llama “la nube”. Sabemos que en realidad son un conjunto de centros de datos que permiten almacenar fotos y archivos a personas, empresas y gobiernos, y procesar modelos de IA o de cualquier otra tecnologìa digital. Pero “la nube” es además un gran supermercado aumentado de tecnologías digitales. Si tengo una desarrolladora de software me conviene estar en “la nube” porque todos los servicios provistos por Google, Amazon y Microsoft pero también por miles de otras empresas pueden encajar unos con otros. Y las únicas que controlan ese espacio son las que proveen esa plataforma. A diferencia del pasado, cuando el paquete Office de Microsoft lo instalabas con un cd, ahora no lo podés descargar sin estar conectado con la nube de Microsoft. La IAG es un negocio potencialmente maravilloso para un puñado de empresas porque el mismo modelo se puede vender más y más, porque se aplica a una gran diversidad de usos.
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Les presentamos “TEORÍA DE LA DEPENDENCIA DIGITAL. Soberanía y desarrollo en el capitalismo del siglo XXI”, de @CeciliaRikap:https://t.co/n6w79MJruF pic.twitter.com/3TjgxC6YQP
— Caja Negra Editora (@cajanegraedit) February 28, 2026
–Las empresas digitales ya desde los ’90, remarcaban que las tecnologías que vendían eran “ecológicas”. Recuerdo que en 2008 un libro, El mito digital, de Nuria Jarque y Josep Almirón, señalaba que esa supuesta virtud solo era una operación de marketing. ¿Cuáles son los impactos de la IAG sobre el entorno físico?
–Como pensamos mucho en estas cosas intangibles pareciera que no hay materialidad. Pero los datos no “corren” sin centros de datos, que consumen mucha energía. El propio FMI reconoce que en 2030 los centros consumirán más energía que la mayoría de los países del mundo. Y para que esos centros de datos no se recalienten necesitan agua, generando un efecto extractivista. Con la idea de “nube” eso queda oculto. E inclusive estas empresas le venden tecnosoluciones a los gobiernos ante la crisis ecológica.
–¿Existen diferencias sustanciales entre los modelos de negocios, las consecuencias ambientales y la utilización para fines de control social de las empresas desarrolladoras de IA de Estados Unidos y China?
–En materia de impacto ecológico y extractivismo de conocimiento y datos no hay diferencias en los modelos de negocio de las gigantes de China y EEUU. Sin embargo, diría que hay dos diferencias a considerar: en China el acceso a datos (por parte) del Estado es mucho más irrestricto y se permite una vigilancia (y por lo tanto recolección de datos) mayor. Y la apuesta del Estado chino no es solamente a ser una economía líder en IA sino a la planificación más generalizada de la economía, de múltiples industrias claves que luego expanden el poderío comercial (y político) de China en el mundo. Pensá en la diversidad de tecnologías vinculadas a la transición energética en las cuales China lidera. Si fracasa la IA, China tiene muchas otras apuestas. En cambio el gobierno de EEUU está demasiado centrado en la carrera por la IA, lo cual lo vuelve en términos relativos más dependiente de las gigantes digitales
–En el libro explicás distintos vínculos entre empresas de IA e investigadores de universidades. ¿Podrías ampliar la descripción de esos vínculos?
–Te doy dos ejemplos. Por un lado, investigadores que están en la frontera del conocimiento son financiados y realizan colaboraciones con gigantes digitales. En algunos casos, incluso trabajan part-time para ellas. Acá el conocimiento no se comparte de forma igualitaria. Los investigadores firman acuerdos de confidencialidad, manteniendo el conocimiento al que acceden y el conocimiento que desarrollan para las gigantes digitales en secreto. Mientras tanto, las gigantes digitales acceden libremente al conocimiento de la universidad. El otro ejemplo es el de “la nube”. Gigantes de “la nube” firman convenios con instituciones como el Conicet para dar falsos subsidios a los investigadores. Se trata de crédito en la nube para hacer proyectos del interés de empresas como Amazon. No solo se direcciona el sentido de la producción de conocimiento. Además, los investigadores construyen modelos y otras soluciones que desde el momento cero dependen de una nube. Cuando se acaba el subsidio, tienen que empezar a pagar para seguir usando su modelo porque este solo funciona dentro de “la nube”. El efecto es que los investigadores del sector público terminan produciendo conocimiento para un puñado de empresa (en general extranjeras) en lugar de dedicar todo su tiempo a la producción de conocimiento público, que mejore las condiciones de vida de las mayorías.
–Planteás que la empresa estatal uruguaya Antel podría ser la base para otro tipo de desarrollo digital. ¿Podrías ampliar en qué consistiría ese proyecto?
–Antel tiene dos de los centros de datos que actualmente operan en Uruguay. Y el plan es que no solo albergue los datos del Estado sino desarrollar software y otros servicios para la propia administración pública. Sobre la base de este tipo de infraestructura, combinada con el visor territorial de Chile para identificar a dónde y cuántos centros de datos se pueden instalar, combinando también capacidades como las de Arsat y los miles de científicos e ingenieros especializados en IA y otras tecnologías de frontera que existen en la región, tenemos en América Latina una base sobre la cual construir un ecosistema digital alternativo. Alternativo no sólo porque no debe depender de gigantes digitales (ni locales ni extranjeras) sino porque debe concebirse desde el momento cero como un proyecto democrático y público.
–Muchos gobiernos progresistas, más allá de la pirotecnia verbal, han abrazado a estas empresas megapoderosas. ¿Por qué no han planteado otro tipo de relación?
–Los gobiernos progresistas suelen estar cegados por la idea de que la innovación general crecimiento económico y que además hace falta crecer lo más posible y luego preocuparse por lo demás (desde la crisis ecológica al desarrollo). Esto no solo posterga y limita toda discusión acerca de qué entendemos por desarrollo sino que además abre una puerta a que sean monopolios intelectuales, en particular las gigantes de “la nube”, las que terminen gobernando por encima de los Estados. Te agrego que otra limitación es la poca coordinación tanto al interior de los gobiernos como entre gobiernos progresistas. Todos intentan regular y también avanzar en soberanía digital pero al mismo tiempo implementan políticas que van en contra de esos objetivos, como promover la instalación de centros de datos (que beneficia particularmente a las gigantes de “la nube” como Amazon, Microsoft y Google) o el desarrollo de modelos de IA Generativa sin contar o sin ofrecer la infraestructura pública necesaria que limite la eventual dependencia de empresas extranjeras. El último elemento sobre el cual quisiera insistir es que el gobierno de Trump hace las cosas aún más difíciles para el progresismo porque amenaza con represalias comerciales para disuadir los intentos de regulación o cobro de impuestos digitales.
Teoría de la Dependencia Digital. Soberanía y desarrollo en el capitalismo del siglo XXI, de Cecilia Rikap (Caja Negra).








