La última vez que Verónica vio a su hijo fue el 16 de diciembre de 2025. Ella atendía el pequeño puesto de comida con el que sostiene a su familia —un fogón improvisado, unas mesas y sillas de plástico junto a la carretera que une Quinindé con Esmeraldas, en la costa norte de Ecuador—. Desde temprano permaneció pendiente del paso del convoy militar que trasladaba a su hijo hacia la cárcel de máxima seguridad Encuentro, construida en medio de un bosque, a unos 450 kilómetros de su casa. “Fue como si Dios hubiera querido que nos viéramos, porque el carro se detuvo un momento”, recuerda.
La cárcel emblema de Noboa se enfrenta a una ola de denuncias por torturas y muertes








