Vivir de la frontera: los oficios del contrabando

Vivir de la frontera: los oficios del contrabando


Nadie sabe qué hora es, porque el cielo de verano engaña a cualquiera. Un puñado de gente se seca las gotas de transpiración con las manos mientras se acomoda bajo la sombra que proyecta un árbol. Otros escapan del sol usando tablones de madera abandonados en la costa.

Ante los ojos de todos se desarrolla una escena que conocen de memoria: la fuerza implacable del cauce del alto río Bermejo y, un poco más allá, sobre un fuerte de cemento, la frontera boliviana y sus baratos mercados que ya están abiertos desde las cuatro de la mañana. Hasta ahí hay que llegar y desde ahí hay que volver, como sea.

En el paso internacional de Aguas Blancas, al noreste de Salta, cada quien se las ingenia a su manera para cruzar a la localidad boliviana de Bermejo eludiendo las vías legales de entrada y salida del país. Son 200 metros cercados con una muralla baja desde el control de Migraciones hasta la terminal de micros.

Un grupo que acaba de llegar busca bajar a la playa de manera ilegal. Tienen tres vías: la primera, a través de una abertura que está a menos de 50 metros de la terminal; la segunda, por medio de una bajada improvisada con piedras a la que hay que llegar caminando por una cornisa que está detrás del paredón de la terminal; la tercera, pagando “peaje” en una de las casas del sur, a 300 metros de donde termina la estación de micros.

Este grupo y el resto de los que van llegando a la playa de piedras tendrán sus motivos para comerciar en la frontera. Pero la cosa es cruzar dos veces. Hacerle frente al embravecido río, comprar en Bolivia y volver a casa con la mercadería a salvo y lista para su distribución y venta.

La gente de Orán repite que, para ellos, “es un trabajo legitimado, naturalizado” con el que no solo sobreviven, sino que pueden vivir.

La ruta del contrabando se convierte en una jungla que tiene sus propias leyes para sostener una economía paralela. Están los “bagayeros”, “chancheros”, “paseros” o “pasadores”, “carreteros”, “lomeadores” y hasta los “campaneros”. Cada quien defiende su rubro con uñas y dientes, y no quiere que su tarea se vincule al narcotráfico. Ese es el gran problema para los trabajadores del contrabando.

El cruce del Bermejo.
Se puede hacer a través de
gomones y puede costar hasta
5.000 pesos. Hay opciones más
baratas, pero esta permite
transportar bultos más pesados. Foto: Maxi Failla.

Por más que intenten diferenciarse, y aunque muchos lo hacen, se suscitan hechos en donde bagayeros o paseros terminan llevando cargas de droga entre la mercadería. Algunos saben, pero otros lo desconocen y solo se enteran en la ruta cuando atraviesan el control de Gendarmería Nacional, el escáner los delata y terminan presos.

La polémica estalló recientemente cuando la ministra de Seguridad Patricia Bullrich se puso a la cabeza de una iniciativa, en conjunto con el gobernador Gustavo Sáenz y el interventor de Aguas Blancas Adrián Zigarán, para construir un alambrado que cubriera los 200 metros de esa frontera.

La obra fue adjudicada al único oferente en la licitación, Pablo Esteban Sánchez Osadcia. El presupuesto destinado es de $ 36.121.505.

Si bien el mensaje del alambrado se destina a combatir puntualmente el narcotráfico, hay una cosa clara y es que el mundo del bagayeo se siente amenazado. Pero los días, como este de calor extenuante, por ahora siguen siendo iguales.

El punto cero en la frontera

“Todos trabajamos, la gente es buena. El comercio mueve todo lo que es Bermejo y Orán. Pero a veces quedamos perjudicados con el tema del narcotráfico y la hoja de coca porque nos unen a todos en un solo rubro”, resume Ana, una bagayera, que tiene que cruzar para comprar en Bolivia.

Ella escogerá navegar en chalana, una pequeña embarcación en la que caben 15 personas. Otros recurren al uso de balsas improvisadas con gomones y lonas.

Un viaje en chalana puede salir entre $ 500 o $ 1.000, dependiendo el horario. Es el “medio de transporte” más económico, pero no permite volver desde Bolivia con gran cantidad de bultos. Tal vez con paquetes ligeros. El gomón, en cambio, puede costar hasta $ 5.000, pero los bultos que se pueden llevar son más pesados. Los bagayeros (quienes trasladan bultos de mercaderías envueltos en tela, denominados “bagayos”) se inclinan más por la segunda opción.

Quienes se dedican al bagayeo compran en Bolivia indumentaria o electrónicos. Y utilizan sin problemas la moneda argentina del lado boliviano, aunque también pueden concretar las transacciones en dólares.

A su vuelta, y en grupos, los bagayeros bajan las empinadas escaleras del fuerte boliviano, cargan sus pesados paquetes y esperan a que el gomón inicie su travesía en sentido del río desde la costa boliviana hasta la llamada “finca Carina”, un territorio privado que está a 3 kilómetros de Aguas Blancas. Ahí pagan otro peaje al dueño para evitar el control fronterizo legal, en donde la franquicia de ingreso de productos se estipula en 300 dólares mensuales por persona.

Una secuencia del lado boliviano se observa desde el argentino: llegan camiones que comienzan a descargar más gomones. Con ese material se arman las balsas que los bagayeros pagan para volver a la Argentina. Se ve cómo parten al menos cuatro gomones cubiertos con lonas azules hacia lo que se presume que es la finca.

Pese a que el uso de gomones está prohibido en Bolivia, hay acusaciones de que la fuerza naval de dicho país no controla la actividad y de que frente a sus narices esto ocurre todo el tiempo. Como ahora. Hasta el gomón tiene su ruta: se tira en Bolivia, llega a finca Carina, luego se tira de nuevo hacia Bolivia y lo reciben los camiones del lado boliviano en un ciclo interminable.

También están los paseros o pasadores y los carreteros, que suelen trabajar por servicio específico en la frontera, cruzando el río Bermejo con mercadería que entregan a sus superiores, los bagayeros. Lo que ganan en un día puede variar, ya que el bagayero recibe el 100% del pago por el transporte y luego debe distribuirlo entre sus paseros.

La proporción de los que se vuelcan por la vía ilegal es aplastante, según estimaciones del interventor municipal de Aguas Blancas. El ingreso legal acapara el 15% del bagayeo, mientras que la finca Carina se lleva el 85% restante.

Dentro de la finca, los que llegan deberán pagar, además, un precio aproximado de $ 5.000 por lona o bulto para trasladarse en auto hasta la ruta 50. Unos 24 kilómetros más allá, por la misma ruta de camino a la ciudad de San Ramón de la Nueva Orán, hay que parar en el Puesto 28, en donde se hacen controles de Gendarmería Nacional con escáner para revisar las cargas.

La evasión de los controles y vías legales de ingreso al país también es lo que hacen, día tras día, los llamados “chancheros”, quienes toman este nombre por lanzarse a las aguas del Bermejo flotando sobre la carga que transportan, el “chancho”, que conserva hojas de coca y cigarrillos.

Los chancheros se mueven en grupos de hasta 30 personas y responden a un jefe que les encomienda un bulto a cada uno. Cruzan el río a veces sin saber nadar. Ni bien orillan en la finca Carina, del lado argentino, se trasladan con su bulto hasta el “playón de descarga”, en donde hablan con los campaneros para saber si es que hay vía libre para seguir bajando hacia Orán.

Si no hay gendarmes a la vista, el chanchero toma su carga y se arroja por el río Pescado, otra corriente de agua que pasa por detrás del Puesto 28, más allá de los montes que cruzan los lomeadores. Así va, flotando como puede y tragando agua, hasta orillar río abajo en su playón de carga, desde donde se distribuirá la hoja de coca y el tabaco al resto del país.

El éxito en su viaje dependerá de la crecida del río. Si la hay, los chancheros navegarán con el bulto y será más difícil para la Gendarmería interceptarlos; pero si el río está bajo, los podrán detectar más fácilmente en cualquier punto del recorrido.

Tracción a sangre. Los paseros hacen fila al costado de la ruta 50. Cada uno toma un bulto y lo carga como puede sobre su espalda. El peso estimado puede llegar hasta los 60 kilos. 
Foto: Maxi FaillaTracción a sangre. Los paseros hacen fila al costado de la ruta 50. Cada uno toma un bulto y lo carga como puede sobre su espalda. El peso estimado puede llegar hasta los 60 kilos.
Foto: Maxi Failla

Mientras el día avanza y el sol quema, dos chancheros se lanzan al Bermejo frente a la mirada de unos chicos en la costa argentina. La efusividad toma protagonismo, mientras los chancheros les hacen frente a los embates del río en el inicio de un recorrido casi suicida.

“Yo también hice eso hace poco. Pobrecito ese que va allá, amigo… pobre”, suelta uno de los chicos mientras mastica coca.

El Puesto 28 y el contrabando

El rol del pasero o pasador toma mucha más relevancia porque su trabajo existe en donde nace una necesidad. En este puesto de control, los bagayeros tienen prohibido pasar más de un bulto por persona en el escáner, por lo que “contratan” a los paseros necesarios para dicha tarea. A cada uno se le paga unos $ 2.000 o $ 3.000 por viaje.

A la fila interminable a un costado de la ruta 50, se añade un grupo de paseros, cada uno toma una lona y la carga como puede sobre su espalda. De pronto, las figuras a lo lejos se encorvan para soportar el peso durante los metros que quedan hasta el escáner. Son, en promedio, unos 60 kilos por lona.

Una vez que se comprueba que no hay droga en esos bultos, lo cargan otro tramo más hasta la salida del control.

Los paseros cobran su trabajo y se vuelven a subir a un auto, en donde un conductor los espera. En el vehículo pueden llegar a subirse todas las personas que quepan, no hay límite. Solo hay que aguantar unos breves segundos hasta cruzar la ruta 50 por la banquina hasta el otro lado del Puesto 28.

Un grupo de diez paseros se baja de un vehículo pequeño en mitad de la carretera; algunos descienden del baúl por la falta de espacio. El auto acelera y ellos corren hacia la otra mano, en donde volverán a tomar un bulto que cargarán en sus espaldas mientras la fila avanza nuevamente hacia el escáner.

De ida y vuelta. Los paseros, que trabajan para los bagayeros, una vez que pasan su bulto, cobran y se suben a autos que los esperan para llevarlos hasta el otro lado del control y empezar de nuevo. 
Foto: Maxi Failla.De ida y vuelta. Los paseros, que trabajan para los bagayeros, una vez que pasan su bulto, cobran y se suben a autos que los esperan para llevarlos hasta el otro lado del control y empezar de nuevo.
Foto: Maxi Failla.

Los paseros que caminan por el control son diferentes a los que deciden abrirse camino por detrás del Puesto 28, con cargas mucho más pesadas sobre sus cuerpos. Estos son los “lomeadores”, los que pueden trasladar pesados electrodomésticos durante kilómetros de monte y todo lo que por el control de Gendarmería se prohíbe pasar. Drogas, cubiertas, combustible, por ejemplo.

Para evitar posibles controles fugaces de la Gendarmería, estos lomeadores tienen el apoyo de los llamados “campaneros”, que por lo general son mujeres que patrullan los montes con radio para avisar si surgen imprevistos.

Desde el Puesto 28 aún queda un tramo de 23 kilómetros aproximadamente hasta la “central de transferencia” de los bagayeros, desde donde se distribuye a todo el país la mercadería comprada en Bolivia.

Los micros de larga distancia aguardan estacionados en el playón de Orán a que los bagayos se clasifiquen, se empaqueten y se carguen para el recorrido final.

La revisión. En el Puesto 28 de Gendarmería, sobre la ruta 50, un efectivo controla el ingreso de mercadería que trae un pasero. 
Foto: Maxi Failla.La revisión. En el Puesto 28 de Gendarmería, sobre la ruta 50, un efectivo controla el ingreso de mercadería que trae un pasero.
Foto: Maxi Failla.

Más de 6.000 familias en Orán viven del bagayeo, en ese trabajo “legitimado” del norte argentino, que corre con sus propios riesgos todos los días: perder la mercadería, convertirse en “mula humana” de algún narcotraficante, caer por “perejil” en algún operativo espontáneo de Gendarmería por transportar -engañados o no- cargas de droga.

“El bagayeo es ilegal, pero es una fuente de trabajo grandísima que ninguna empresa tiene ahora. Todos dicen que nosotros, los bagayeros, somos narcos. Pero, ¿no ven que hay gendarmes que caen? Hay algunos que incluso son políticos.”

La que habla es Elena Reynoso, referente de los bagayeros de Orán, que desde los 17 años se gana la vida trasladando mercadería de Bolivia hacia Argentina. Tiene actualmente 54, y dice que el bagayeo es su vida. En sus inicios, lo eligió para ayudar en su casa cuando sus padres se separaron.

“Estos micros salen a Buenos Aires, a Córdoba, a Santiago, a todos lados. Yo tengo gente que viene desde Tartagal, desde Embarcación, desde Colonia, desde Pichanal, todos ellos vienen a trabajar para acá. Todos los que quedan sin trabajo. Si Orán está como está es porque el bagayero lo ha levantado.”

Antes les costaba cargar el colectivo unos 3 o 4 días. Ahora no. Uno llega en el día, carga y sale. Un pasero que trabaja para un bagayero y que es rápido puede hacer dos o tres viajes en un mismo día.

Elena sostiene que, en limpio, al pasero de la frontera le pueden quedar unos $ 30.000 por día.

Después del último enfrentamiento que se vivió en el Puesto 28, en donde hubo un muerto en un cruce con Gendarmería, Elena dice que busca calmar las aguas entre unos y otros. Según relata, el muerto era un bagayero que ese día no había logrado transportar mucha ropa y por eso había accedido a llevar una carga de coca.

Desde Orán a todo el país. Los micros de larga distancia se llenan con bultos de mercadería
traídos irregularmente desde la
frontera con Bolivia.
Foto: Maxi Failla. Desde Orán a todo el país. Los micros de larga distancia se llenan con bultos de mercadería
traídos irregularmente desde la
frontera con Bolivia.
Foto: Maxi Failla.

“Nosotros no los queremos meter a todos en la misma bolsa, como ellos quieren hacer con nosotros. Los bagayeros somos una cosa, los narcos son otra y los políticos, otra. Nosotros trabajamos bien y queremos ser revisados. Pero en cambio el narco y el coquero no”, agrega.

La corriente del Bermejo, en Aguas Blancas, sigue su curso. Otros chancheros se arrojan bajo la luz plena del sol de verano. Osados, gritan abrazados a sus chanchos.

Un poco más lejos un gomón traslada a los bagayeros y a sus voluminosos bagayos. Todos van a Carina, de ahí a la ruta 50, luego al 28, después a Orán. Y a todo el país. A todas partes.