vivió un caso similar al de Víctor Sueiro y la ciencia tiene una explicación

vivió un caso similar al de Víctor Sueiro y la ciencia tiene una explicación


Su corazón dejó de latir y, de repente, lo invadió una sensación de estar “yéndose a la nada”. Una oscuridad total. No hacía calor ni frío, hasta que vio una luz impresionante. Un baldazo de pintura blanca sobre una pizarra negra. Quiso acercarse, entrar a esa luz. Su cuerpo flotaba frente a un óvalo de luz y sintió tanto amor y paz. Una inmensidad que jamás había conocido.

El periodista Victor Sueiro estuvo 40 segundos muerto el 20 de junio de 1990 y así describió lo que sintió aquellos segundos interminables. Había sufrido un paro cardíaco durante un cateterismo coronario y el choque eléctrico de las paletas sobre su pecho lo regresaron al mundo de los vivos, más precisamente, a la Sala de Hemodinamia del Sanatorio Güemes. “Realmente existe un Más Allá y necesito casi con desesperación contar todo lo que sigue”, escribió en uno de sus libros.

Pasaron 36 años de aquel día. Y mientras la fe guarda sus propios misterios, la ciencia avanzó mucho los últimos años para explicar la famosa luz y la percepción de salir del cuerpo.

Pablo Bagnati, coordinador de Neuropsiquiatría e investigador principal del servicio de Neurología Cognitiva de FLENI, explica a Clarín que la luz es una experiencia neurológica real, no una metáfora.

“La pregunta no es si ocurre sino qué la genera y las respuestas alejan al mundo espiritual”, dice. Y agrega: “Se hicieron estudios muy serios en hospitales que mostraron que muchos sobrevivientes de paros cardiorrespiratorios recordaban algún tipo de conciencia que no fue captada por los monitores estándares”.

El estudio al que se refiere es el Aware II (Conciencia durante la reanimación) que se publicó en la revista Resuscitation hace tres años y estuvo liderado por investigadores de la Facultad de Medicina Grossman de la Universidad de Nueva York, en colaboración con 25 hospitales.

En total se analizó a 567 pacientes que recibieron RCP y se detectó que cuatro de cada 10 tuvieron cierto grado de conciencia durante las maniobras de reanimación. Incluso que conservaban recuerdos de haber experimentado la muerte y que estando inconscientes mostraron patrones cerebrales vinculados al pensamiento y la memoria.

Los sobrevivientes del estudio informaron experiencias más lúcidas e intensas, como la percepción de salir del cuerpo, la observación de eventos sin dolor ni angustia y un mayor significado en sus acciones y relaciones.

Sueiro ya no está más para contarlo pero si Marta Zacharia, quien pasó por la misma experiencia. “Una vez que uno tiene la experiencia empieza a entender muchas cosas”, explica a Clarín. Tiene 70 años y vive en Salta. Reconoce que cuando era joven era “una mala católica”. “Siempre fui creyente pero normal, no era activa ni nada, como la mayoría”, agrega.

A los 26 años, Marta tuvo un aborto espontáneo y sufrió mala praxis. “En el intento de querer quedar embarazada caí en manos de cualquier charlatán cirujano que me decía que me tenía que operar el útero”, confiesa la mujer.

En una de esas cirugías, un médico descubrió que le habían lastimado el cuello del útero y tenía que volver a operarse. Allí vivió en carne propia lo mismo que Víctor Sueiro.

“De repente me fui y miraba mi cuerpo en la camilla del quirófano”, revela. Los médicos corrían de un lado a otro. Pero Marta se sentía feliz, en paz. Veía su cuerpo y estaba tranquila. “Luego entré a un túnel a una velocidad increíble y vi una luz”, agrega.

“Soñé con San Pedro”

Según Matías Baldoncini –neurocirujano de la Universidad de Buenos Aires–, cuando el corazón se detiene, el cerebro deja de recibir oxígeno y glucosa. Enseguida, se produce una brusca caída del flujo sanguíneo cerebral. Luego, fallan las neuronas y se altera el equilibrio eléctrico.

“No es que el cerebro se apague como una luz, de golpe y de manera ordenada. Se parece más a una ciudad que se queda sin energía. El cerebro no muere en un segundo; pelea contra reloj”, explica.

Para el neurocirujano hay varias explicaciones científicas para la famosa “luz”. Una de ellas es la hipoperfusión de la corteza visual, es decir, cuando llega menos sangre a las áreas visuales y que puede generar visión en túnel, destellos o una percepción luminosa.

Otra posibilidad es cuando hay una actividad anómala de redes visuales y temporo-parietales en un cerebro sometido a estrés extremo. O incluso cambios bruscos en neurotransmisores, falta de oxígeno, exceso de dióxido de carbono y fenómenos eléctricos corticales.

Cuando el cerebro está al límite puede producir percepciones muy reales para la persona, aunque no provenga de los ojos sino de la actividad interna de las redes cerebrales”, agrega Baldoncini.

“La luz siempre la pudo explicar la ciencia. Lo único que no se puede poner de acuerdo es cuál es la hipótesis final”, revela Bagnatti.

El investigador del FLENI explica que pueden ser varias las causas. “La hipoxia puede generar los fosfenos (percepción de destellos) y la sensación de flashbacks y túnel luminoso”. También que pueden ocasionarlas sustancias químicas que mimetizan a la ketamina y que se liberan en situaciones de amenazas.

“La ciencia puede explicar esa oleada cerebral que se concentra en el lóbulo temporal del cerebro. Una región que está involucrada en múltiples aspectos de la conciencia como el visual, el auditivo, cognitivo y de movimiento. Queda alguna actividad antes de que termine y eso explica las sensaciones que han sentido quienes fueron reanimados”, describe.

Muchos pacientes que estuvieron clinicamente muertos describen la misma experiencia:  la luz, el túnel, la velocidad, la sensación de salir del cuerpo y estar en paz.

Durante su experiencia, Zacharia no vio a nadie. “Me desperté en la habitación y mi marido tenía mi mano agarrada a la suya. Yo estaba con cables y un drenaje en la panza. Ahí le dije: ‘Soñé con San Pedro’”.

Su marido la miró en silencio. Al principio, Marta pensó que todo había sido un sueño hermoso hasta que vio un documental, en el que varias personas contaban sus vivencias alrededor de la muerte. Todas describían la luz, el túnel, la velocidad, la sensación de salir del cuerpo y estar en paz.

“Fui al médico y le pedí que me diga cuán grave estuve”, confiesa. Finalmente, el profesional le dijo que en un momento de la cirugía ella se fue y tuvieron que reanimarla.

“Ahí le dije a mi marido que no me hacía ningún tratamiento más. No quería seguir arriesgándome”, reconoce. Un año después, adoptaron un bebé. “Yo saco la conclusión de que Dios tenía reservado algo para mí, un propósito. En mi caso, un nene que me necesitaba”, agrega Marta.

Se define en sus redes como una mujer con actitud y libertad que desafía los cánones establecidos. Tiene tatuajes y usa el pelo violeta. “Imaginate que no me importa lo que piensen los demás”, aclara la mujer de 70 años.

“Estoy convencida de que es mucho mejor que esto, por lo que sentí. No quiero morirme ahora porque quiero ver crecer a mis nietos y disfrutarlos, soy humana. Pero no me asusta”, dice.

“Morir es como un viaje en tren”

Víctor Sueiro no volvió a ser el mismo desde aquel 20 de junio de 1990. No le tenía miedo a la muerte. Y terminó partiendo el 13 de diciembre de 2007 por un cáncer de páncreas.

Durante una de sus entrevistas dijo una frase que aún se recuerda: “Morir es como un viaje en tren: lloran los que se despiden en el andén, pero el que viaja está muy contento”.

Escribió libros, condujo programas de televisión, dedicó su vida a explicar “el más allá”. “Sueiro despertó tras las medidas reanimatorias con fármacos y choques eléctricos en el pecho. Se lo llevó a la Unidad Coronaria”, explica a Clarín Luis De La Fuente, quien fue médico del periodista durante 17 años y estuvo ese día en el Sanatorio Güemes.

Victor Sueiro, el hombre que murió dos veces, dedicó su vida a explicar "el más allá".

De La Fuente, una eminencia de la cardiología intervencionista, cuenta que tuvo otros pacientes que describieron lo mismo: el túnel, la luz, verse en la camilla desde afuera del cuerpo. Sin embargo, para la ciencia hay zonas del cerebro capaces de generar experiencias visuales, corporales y emocionales muy intensas que explican también esa sensación de “salir del cuerpo”.

“El lóbulo temporal participa en la memoria, emoción y sensación de familiaridad. Incluso con la percepción del cuerpo en el espacio: cuando se altera puede generar lo que llaman ‘salir del cuerpo’. Muchas experiencias cercanas a la muerte son vívidas, placenteras y difíciles de olvidar”, dice Baldoncini.

“El cerebro quiere asociar esas sensaciones con algo y lo hace con su historia y sus creencias”, agrega Bagnatti.

Es que el cerebro moribundo puede tirar ráfagas organizadas con actividad eléctrica, aún cuando la persona parece inconsciente. Según describen, la muerte no es un interruptor que se apaga de inmediato, sino que es un proceso progresivo, complejo y todavía en parte desconocido.

El estudio Aware II plantea la hipótesis de que “el cerebro moribundo, en estado de latencia, pierde sus sistemas inhibitorios naturales“. Y que estos procesos podrían dar lugar a nuevas dimensiones de la realidad.

Al igual que Sueiro, Marta cree que no existe la muerte. Le pidió a sus hijos que cuando le toque irse, la cremen y desparramen sus cenizas por donde quieran. “El cuerpo es un estuche, un envase. Que me lleve el viento porque no creo en la muerte. Estoy convencida que hay otro plano, que no se termina. ¿Cuándo se termina? No lo sé”, cierra Marta.