Por una vez, la lectura y la experiencia se alían para dar forma a la aventura que narra La vida privada, la primera novela de la poeta, ensayista y narradora Valeria Tentoni. La autora se vale de una escritora misteriosa, su fanática lectora y una isla desconocida para dejar a la vista el modo en que la literatura puede ser una experiencia indómita que, a veces, incluso transforma la existencia.
Se dice que la autora de un diario de viajes perfecto, Virginia Mountweazel, se esconde en una isla perdida. Ella es fotógrafa, piloto y su único libro se volvió materia de culto para lectores de todo el mundo; sin embargo, decidió recluirse en una porción de tierra que no está en los mapas para observar pájaros. Nunca más escribió o, mejor dicho, solo escribe las respuestas a las cientos de cartas que recibe de sus admiradores. Entre ellos está la narradora de la historia, quien está determinada a conocerla en persona.
Podría suponerse que se trata de una trama reflexiva sobre la charla entre lector y escritor, pero el argumento asume un riesgo más interesante: el encuentro es el puntapié para una peripecia que lleva a la protagonista a poner su cuerpo en marcha y arriesgarse más allá de lo conocido.
Así empieza la novela: la narradora sueña que lee mientras viaja para cumplir el sueño de cruzarse con su autora favorita. Lleva una mochila con el primer ejemplar de ese libro fascinante que robó de una biblioteca. Planea quedarse poco, pero los sucesos la llevan por otros rumbos. Nada resulta tan fácil como pensaba.
La gente del pueblo la mira con recelo, hace calor y hay un solo modo de llegar hasta la cabaña: tiene que cruzar el río con un barquero que se dedica exclusivamente a eso; es decir, su única ocupación es ir y venir del pueblo a la isla porque la única habitante de ese lugar es la misteriosa escritora. Una vez que cruzan, la deja en la orilla, sola frente a una pendiente escarpada y repleta de vegetación.
Ella no está acostumbrada a esos paisajes; es una oficinista promedio que todavía vive con su mamá en la ciudad, de modo que el trayecto se convierte en un desafío. Para colmo, antes de empezar la subida, una bandada de pájaros la ataca sin razón aparente. Parece un hecho fortuito, solo que las aves se comportan de un modo distinto alrededor de ese territorio, como si protegieran un secreto. Así y todo, la lectora persiste, escala y llega al refugio.
Incursión en lo desconocido
Hace tiempo que una historia contemporánea no generaba, como lo hace esta novela, la incertidumbre y la expectativa que encarna una verdadera incursión en lo desconocido.
De hecho, la narradora entra al espacio de la isla y deja su cotidianidad atrás. Las decisiones que debe tomar a partir de ese momento la van a llevar por caminos que jamás había imaginado. Ni siquiera la escritora resulta ser lo que ella esperaba.
“La puerta de la cabaña de Virginia Mountweazel es la primera pieza de un dominó que cae y arrastra todas las puertas de mi historia, hasta alcanzar la que mi madre debe estar manteniendo cerrada para hacerse la ilusión de que sigo ahí, con ella”.
En los agradecimientos, Tentoni cuenta que la primera idea de la novela apareció en una entrevista que le hizo al músico Daniel Melero, en la que él se refirió a los orígenes de la cartografía.
Al parecer, los primeros cartógrafos dibujaban en sus mapas un elemento inexistente; así podían comprobar si los habían plagiado cuando ese dato falso aparecía copiado en otro mapa.
Enseguida, la escritora descubrió que las enciclopedias usaron un recurso similar: incluyeron a una fotógrafa y autora imaginaria llamada Lilian Virginia Mountweazel en sus páginas para proteger los derechos de edición.
A partir de ese nombre ficticio, la autora imagina la vida de esa mujer, la de sus lectores y, más que ninguna otra cosa, da forma a un mundo tan material que parece real.
Tanto es así que los giros inesperados de la historia provocan vértigo. Las peripecias de la narradora son un reflejo de aquellas que leyó en ese libro maravilloso de Mountweazel, que nunca aparece citado en la novela. No hay paralelismo, ni siquiera asociación; por el contrario, cada acción tiene una espontaneidad que habla de la destreza narrativa de Tentoni para desplazarse a través de las frases como si fueran la única alternativa posible.
En ese sentido, las escenas tienen un pulso vital que vuelve la lectura una manera de habitarlas. Aquí sí se nota que la autora, además de narradora, es poeta. El entorno, los objetos y cada gesto cuentan mucho más de lo visible. Y lo hacen con una precisión y sutileza que lleva a pensar en las piezas de Emociones lentas, el libro que reúne sus tres poemarios anteriores.
Otras historias en el silencio
Más aún: a medida que el argumento avanza, una línea invisible y paralela trama en el silencio otras historias. “Mi permanencia en la isla, sin embargo, preparó grandes salones vacíos en mi corazón para esperar este momento y esos vacíos claman ahora por la fe, cualquier tipo de fe, como pichones desesperados”.
La poeta, ensayista y narradora Valeria Tentoni. Foto: Juan Manuel Foglia.La narradora empieza a cuestionarse la verdad de las cosas que daba por ciertas sobre su autora preferida y también sobre sí misma. Su desconcierto, en lugar de disminuir, aumenta día a día.
En este punto se vuelven cruciales los objetos que descubre en la cabaña, los cuales cumplen un rol esencial. Algo similar se ve en los relatos de Furia diamante, una serie de historias que dejan a la vista el modo en que los elementos captan la incertidumbre de los personajes.
La hostilidad de la isla, la parquedad de la gente del pueblo y la aspereza de la naturaleza podrían generar una atmósfera inquietante, y por momentos lo hacen, solo que el humor con el que se hilan los eventos, unas veces desopilante, otras de un negro mortal, unido a cierta ingenuidad en la mirada de la narradora, consigue dar a la historia un halo quijotesco entrañable.
Y claro, en el fondo, La vida privada explora los bordes difusos entre la realidad y la ficción. Y lo hace con la materia, casi física, de las sensaciones. Es decir, se lee con todo el cuerpo, y así se siente la oscuridad que rodea las vidas privadas, y también se percibe que detrás de esas sombras puede ocultarse otra verdad posible.
La vida privada, de Valeria Tentoni (Seix Barral).








