El hallazgo de una inteligencia en la tierra y la naturaleza, de una espiritualidad que supone otra forma de pensamiento, es una tarea propia de la poesía. Linda Hogan es poeta y su registro, suerte de descripción reflexiva sobre su vida en la alta montaña de Minnesota, su conocimiento de las águilas, los murciélagos y las serpientes, toma una forma estética que hace posible esa percepción desligada de un lenguaje científico.
Su vínculo con las plumas de un águila o con el dolor de animales lastimados, casi moribundos, se explica desde la lógica que ese mundo brutal y salvaje impone. Ella se detiene a buscar, se deja invadir por un funcionamiento que siempre la sorprende.
Poner la atención en detalles y movimientos propios de ese deambular animal le permite abordar, en el libro Moradas. Una historia espiritual del mundo viviente, una escritura que obliga a imaginar un género, una forma de ser definida.
Esa observación crea imágenes extraordinarias: águilas que se vuelven plateadas, peces que nadan contra la gravedad. Le da la oportunidad de plantearse preguntas que la acercan a una forma de conocimiento donde no es necesario controlar ni decodificar lo que sucede. Ella no es una observadora analítica, sino alguien que se implica, que forma parte de ese ambiente.
Es el apareamiento de los murciélagos, su descubrimiento como una danza desconcertante y sombría, lo que la incita a una escritura que pueda ser fiel a esa mirada. Hogan parece querer desentrañar el lenguaje de esa vida que a veces la instala en un relato de aventuras o en un film fantástico, especialmente cuando recuerda algunos episodios de su infancia.
Mezcla de géneros
Es en esa mezcla de géneros donde la autora, perteneciente a la tribu Chickasaw, encuentra el idioma más preciso para hablar de su territorio, la manera de construir imágenes que nos acercan a un documental poético narrado desde las sensaciones.
Las cuevas funcionan como santuarios y lugares de curación. Hay un episodio donde la autora, que obtuvo una maestría en inglés y escritura creativa por la Universidad de Colorado–Boulder, cuenta que de niña vio a un león en una cueva, pero cuando su padre se acercó no pudo hallar al felino.
Sin embargo, ella sentía el olor del león en su padre y estaba segura de que el león sí lo había visto a él. Es allí donde Hogan entiende que las cuevas son espacios exclusivamente femeninos, pero esa escena también habla de su comprensión del entorno, de la complicidad que pudo establecer con ese mundo animal y de su intuición frente al comportamiento de la naturaleza.
La decisión de adentrarse en una vida contemplativa recuerda a Henry David Thoreau, pero su recorte de escenas se parece a los cuentos de Horacio Quiroga, especialmente cuando el autor uruguayo relataba situaciones donde algunos de sus vecinos en la selva misionera intentaban dominar y doblegar a esa naturaleza, cuando escuchaban los movimientos de una serpiente y corrían a matarla con una escopeta.
En la mirada de Hogan, desafiar a la naturaleza no resuelve el miedo que despierta. Ella no niega la brutalidad, el riesgo de ser atacada por animales feroces, pero sabe de una convivencia donde las leyes naturales y sus misterios implican reconocer allí un conocimiento, a veces incomprensible, como el que obligaba a los jinetes a huir de un campo minado solo si soltaban la rienda y dejaban que el caballo tomara la iniciativa.
En el lenguaje, en la manera de disponer de los géneros para ser fiel a la experiencia que el mundo natural le propone, Hogan está estableciendo una discusión con el discurso científico y los modos de construir el conocimiento.
No se trata de decodificar o catalogar a la naturaleza, sino de percibir esa vida como sacralidad, como portadora de un saber fundado en prácticas que se transmiten y que suelen ser desestimadas.
Una práctica de la soledad
Hay en Hogan una práctica de la soledad en esos territorios donde cualquier persona sentiría terror. El humano como un ser pequeño, incluso vulnerable, hace que la autora no pueda controlar la escena y se deje ganar por ese desconcierto al construir narrativas que no instalan términos jerárquicos. El saber no está únicamente en quien observa, sino en quien compone una escritura donde la descripción y la aptitud para encontrar epopeyas, aventuras y matrices ficcionales, no se amilana frente a la exigencia de un armado racional, expositivo y cuantitativo.
Linda Hogan es autora de Moradas. Una historia espiritual del mundo viviente (Compañía Naviera Ilimitada). Foto: redes sociales.Hogan se vale de su cercanía, de su atención y de la disposición para permitir que ese mundo natural la inspire sin ingenuidades, solo con la certeza de esperar, de aceptar sus tiempos como quien se detiene a disfrutar de una música o a examinar una instancia espiritual y fenomenológica a la que no termina de pertenecer.
El libro, publicado por Editorial Naviera con traducción de Márgara Averbach, plantea una redefinición de la noción de naturaleza. Hogan nos ofrece una comprensión de los tiempos de ese mundo natural que recuerda a la poesía de Juan L. Ortiz, ya que el autor entrerriano podía capturar esa dimensión existencial y filosófica del universo litoraleño ubicándose como un elemento más entre el agua y el viento. Hogan lee en las fuerzas naturales una historia, un pasaje por otros territorios, y se pregunta cuál es nuestro lugar como humanos en ese escenario.
Su relato nos muestra una realidad casi imperceptible de hormigas que muerden a ratones recién nacidos. Existe una ferocidad que la autora norteamericana describe con detalle y sinceridad. Identifica en los movimientos que delatan el daño de una especie sobre otra ese “miserable mundo del dolor” que nos quita la ilusión de ver a la naturaleza como un refugio para exponerla como otra manera de expresar la misma agonía.
Moradas. Una historia espiritual del mundo viviente, de Linda Hogan (Compañía Naviera Ilimitada).








