El tiempo se aceleró en Cuba este jueves al ritmo de las noticias sensacionales y de imágenes como la del director de la CIA en La Habana, nunca vistas en siete décadas de castrismo. La jornada terminó con la razonable certeza de que el cambio en una isla al borde del colapso, un cambio impuesto desde Washington, se acerca tras más de cuatro meses de presión económica y política de la Administración de Donald Trump para acelerar el final del régimen. Así que este viernes, tanto Washington como Cuba amanecieron pendientes de los siguientes hitos de un calendario incierto, con el presidente de Estados Unidos y su hombre fuerte, el secretario de Estado, Marco Rubio, a bordo del Air Force One, de regreso de China.
Primero fue la oficialización de la oferta de 100 millones de dólares de Washington para “proporcionar asistencia directa al pueblo” a través de la Iglesia católica, que en un principio los dirigentes cubanos rechazaron y luego aceptaron tras reconocer que la misión emprendida con la intervención militar de enero en Venezuela −dejar a la isla sin combustible− está surtiendo sus efectos finales.
Después llegó la puesta en libertad de la presa política Sissi Abascal Zamora, que viajó rumbo al exilio. Al rato, la confirmación de que el director de la CIA, John Ratcliffe, estaba en La Habana, como atestiguó una serie de fotos ante las que frotarse los ojos. Lo último fue la filtración a los medios estadounidenses de que un fiscal del sur de Florida, segunda patria de un exilio que vive ansioso por cualquier señal sobre el fin del castrismo, se disponía a una aventura judicial incierta: imputar a Raúl Castro, de 94 años, por el derribo en 1996 de dos avionetas de los Hermanos de Rescate, organización humanitaria con sede en Miami. En aquel ataque murieron cuatro personas. El posible paso jurídico representaría una nueva medida de presión en la estrategia que parece seguir Washington hacia La Habana, similar a la empleada en Venezuela o incluso Irán: cargada de palos, pero con pocas zanahorias.
En la escalada retórica de Trump y su Gobierno, la “toma” de la isla se da por hecha, pero, con la precipitación de esos acontecimientos, ya no está tan claro que vaya a llegar, como prometió el republicano, una vez se haya resuelto la crisis en Oriente Próximo. La guerra contra Irán sigue sumida en un impasse de propuestas de paz cruzadas y el colapso del comercio energético global por el cierre del estrecho de Ormuz, en el golfo Pérsico.
El presidente de Estados Unidos ha estado esta semana volcado en Taiwán y su reunión con el presidente chino, Xi Jinping, y los reporteros que lo acompañan en el avión presidencial no le interrogaron sobre Cuba, lo cual privó al mundo de una nueva ración de sus mensajes contradictorios.
El director de la CIA, que llegó con la advertencia a La Habana de que se abstenga de colaborar en asuntos de inteligencia con China y Rusia, es el miembro de mayor rango del Gobierno de Estados Unidos en pisar la isla desde que empezó la campaña de Trump. Su presencia marca un paso adelante en la estrategia de presión de Washington y su diseño no pareció dejado al azar; se produjo al día siguiente de que Vicente de la O Levy, ministro de Energía y Minas de Cuba, anunciara que se habían agotado los suministros de petróleo para el consumo interno y las centrales eléctricas. Y eso incluye el millón de barriles con origen ruso que Washington dejó pasar en abril.
“No tenemos absolutamente nada de combustible, absolutamente nada de diésel. En La Habana, los apagones superan hoy las 20 o 22 horas [por día]”, afirmó el ministro, que prefirió ahorrarse la parte en la que sus compatriotas, continuamente al borde del abismo y siempre un poco más al límite, protestan con el ruido de las cacerolas en calles cortadas por la basura acumulada a la que prenden fuego y con gasolineras inútiles. “Este dramático empeoramiento tiene una única causa”, escribió en X el presidente cubano, Miguel Díaz-Canel: “El bloqueo energético genocida al que Estados Unidos somete a nuestro país”.
La decisión de la Administración de Trump de enviar a Ratcliffe para sentarse en la mesa de negociación con el ministro cubano del Interior, Lázaro Álvarez Casas, y el jefe de inteligencia de la isla, el general Ramón Romero Curbelo, una reunión que la CIA aireó convenientemente, no solo agitó las dudas sobre quién manda realmente en Cuba; también alimentó el enigma sobre una figura que ha tomado protagonismo desde que Washington asfixia a la isla: Raúl Guillermo Rodríguez Castro, conocido como El Cangrejo, el nieto y guardaespaldas de Raúl Castro.
En una entrevista con NBC grabada de antemano y emitida en la noche del jueves, Marco Rubio, hijo del exilio, insistió en que la prosperidad de Cuba es “asunto de interés nacional” en Estados Unidos. “No queremos un Estado fallido a 150 kilómetros de nuestras costas”, advirtió Rubio, que también repite que Estados Unidos podría conformarse con amplias reformas económicas, dejando, al menos de momento, los drásticos cambios en su estructura política para un futuro. O, en román paladino, calcar el modelo venezolano para aplicarlo en la isla que fue durante años el principal sostén del chavismo.
Aunque las similitudes, y las posibilidades de exportar ese modelo, no son absolutas. El castrismo no es el chavismo. Y la implicación del propio Gobierno estadounidense tampoco es idéntica. Rubio, hijo de inmigrantes cubanos, ha expresado en varias ocasiones sus dudas sobre la competencia del régimen en La Habana: suele apuntar que es la falta de capacidad de sus dirigentes la que ha arruinado la economía de la isla, no el bloqueo ni el resto de medidas de presión estadounidenses.
Rubio repetía esa idea esta misma semana, en una entrevista concedida a Fox News. Allí declaraba su escepticismo sobre la posiblidad de “cambiar la trayectoria de Cuba mientras esas personas estén al mando de ese régimen”.
A esos argumentos, la CIA añadió el jueves otro, también gastado, en el comunicado que siguió a la reunión en La Habana: Cuba, acusa el texto, es un “refugio para los adversarios de Estados Unidos”, en una referencia poco velada a Rusia y China.
El Partido Comunista de Cuba definió ese encuentro con el director de la CIA, alto cargo al que ya habían recibido en La Habana en secreto en tiempos de Barack Obama, como “parte de los esfuerzos por afrontar el escenario actual”. El Ministerio del Interior, al frente del gran aparato de espionaje y de represión, habló, por su parte, de “desarrollar la cooperación bilateral”, y defendió su “condena de manera inequívoca al terrorismo en todas sus formas y manifestaciones”.
Con esas palabras, el régimen añadió el eufemismo al repertorio de posturas contradictorias que sus responsables han esgrimido en los últimos meses, mientras soportan las presiones de Washington. Los mensajes han oscilado entre la disposición a colaborar con Washington y las advertencias de que “cualquier agresor externo” a la isla “chocará con una resistencia inexpugnable”, mientras Trump deja caer que podría enviar un poderoso portaviones a acabar con la tarea. Entre tanto, y pese a las presiones de los negociadores estadounidenses, la masiva liberación de los presos políticos sigue sin llegar.
En febrero, trascendió que Rubio estaba al habla con El Cangrejo, y que este había viajado a la capital de San Cristóbal y Nieves, en el marco de la cumbre de la Comunidad del Caribe (CARICOM), para sostener un encuentro con los asesores del secretario de Estado. En marzo, el presidente Díaz-Canel, cuyo papel en este proceso también está en entredicho, reconoció por primera vez que estaban negociando con la Administración de Trump. Después llegó la primer visita de una delegación estadounidense a La Habana el pasado 10 de abril.
La del jueves, a la que Ratcliffe llegó a bordo de un Boeing C-40B Clipper, procedente de la base aérea de Andrews —empleada para los viajes oficiales del presidente de Estados Unidos y otros altos cargos, por su cercanía a Washington—, es la segunda visita desde que empezaron las presiones de Trump. Qué será lo siguiente (si se aplica un cambio solo económico, una reforma política integral, un Estado de transición tutelada como el de Venezuela o que todo siga como está) es aún una incógnita en una Cuba al borde del colapso en la que esta semana se aceleró el tiempo.







