Un propietario, músico y contrabajista de profesión, planteó una preocupación concreta, cuando expresó qué clase de vivienda le gustaría tener: no quería ángulos rectos.
La referencia apareció en el propio instrumento. La voluta del contrabajo, con su forma espiralada, se convirtió en el punto de partida conceptual. La espiral se convirtió en una herramienta de organización espacial, capaz de establecer relaciones y recorridos.
El espacio destinado a la música y al arte ocupa el corazón de la vivienda. Desde allí se articulan las áreas públicas—cocina, comedor, estar— desplegándose hacia los sectores íntimos, generando distintos grados de intimidad. Los sectores húmedos aparecen como piezas anexas, en una referencia a las clavijas del instrumento.
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La geometría se hace visible desde los cimientos de hormigón armado, dimensionados según las exigencias sísmicas de la cordillera mendocina. Sobre ellos, columnas y vigas de madera definen la envolvente. Un entramado de listones recibe paja y barro para conformar los cerramientos de quincha, sistema tradicional de madera, tierra y fibras vegetales.
Además, no quería sentir frío al levantarse por la mañana para ir a trabajar. Esa frase abrió una pregunta arquitectónica: cómo pensar una vivienda capaz de responder al clima sin depender de sistemas mecánicos.
Ubicada en Uspallata, Mendoza, la casa fue concebida desde una arquitectura solar, estrategias bioclimáticas, considerando el clima de montaña con inviernos fríos y amplitud térmica, las condiciones sísmicas, la escasez de agua y los materiales del lugar.
Orientación, envolvente, aislación y masa térmica fueron pensadas como estrategia integral. Al norte de los dormitorios se proyectó un invernadero como estrategia solar pasiva —hoy con su cerramiento vidriado pendiente— una transición entre interior y exterior para captar radiación y aportar confort. Hacia el sur, el muro de la cocina se resuelve semienterrado, integrando arquitectura y paisaje, protegido con impermeabilización, aislación y drenaje de piedra. Sobre ese sector se proyecta un jardín seco, sin riego permanente.
El fuego, la masa y la luz
Integrada al espacio central se diseñó una estufa rocket de masa térmica —el sistema más eficiente y económico para el clima de la zona—, con un banco que acumula y cede el calor progresivamente. Vidrios de colores, un pedido del propietario, nacen en la estufa y se prolongan hacia el espacio central, disminuyendo de tamaño hasta la cocina, generando una experiencia sensorial de luz y color.
La relación con el lugar continúa en los materiales: madera y tierra de la quincha, revoques naturales y piedras del río cercano. Estas decisiones buscan reducir el impacto ambiental y reforzar el vínculo con el territorio. La sustentabilidad forma parte del proceso de proyecto.
Casa F4 está actualmente en proceso de terminación: restan pintura, aislaciones y revestimientos de piedra, el cerramiento vidriado del invernadero y la resolución paisajística del jardín seco.
La preocupación inicial por el frío se transformó en una investigación sobre el confort; los ángulos rectos abrieron una búsqueda geométrica; y la música convirtió el centro en un lugar de creación y encuentro.
En ese cruce entre territorio, materia y clima se construye la identidad de Casa F4: una arquitectura en la que el lugar y quien la habita dan forma al proyecto.
*Arquitecta, FADU-UBA; diplomatura en Arquitectura Sustentable (UM); diplomatura en Bioarquitectura (UTN); autora del proyecto Casa F4








