Los presidentes de Estados Unidos acostumbran a dejar su huella en la Casa Blanca. Y luego está Donald Trump. Constructor de corazón, ha llenado el Despacho Oval de molduras doradas, como doradas son las letras estilo Mar-a-Lago, su mansión de Palm Beach (Florida), que ha colocado por todas partes. Ha pavimentado la zona de la Rosaleda, ha instalado un camino de granito oscuro que contrasta con el blanquísimo edificio y una galería presidencial llena de insultos y mentiras sobre sus predecesores. En ninguna reforma ha invertido tanto interés y capital político, con todo, como en el salón de baile que quiere construir donde una vez estuvo de el ala este, que él mismo decidió hace un año demoler sin pedir permiso.






