Sigilo reedita ‘Donde yo no estaba’, la gran novela de Marcelo Cohen, veinte años después

Sigilo reedita ‘Donde yo no estaba’, la gran novela de Marcelo Cohen, veinte años después


Llegado a este punto del almanaque es posible arrojar una certeza: Donde yo no estaba, de Marcelo Cohen (1951-2022) es una de las primeras obras maestras de la literatura argentina en el siglo XXI.

Una mesa variada en la que se sienta junto a La familia, de Gustavo Ferreyra; El pasado, de Alan Pauls; Diario del dinero, de Rosario Bléfari; Bizarra, de Rafael Spregelburd; Obra completa de Joaquín Giannuzzi; El hada que no invitaron, de Estela de Figueroa; La vida en serio, de Juana Bignozzi; La virgen cabeza, de Gabriela Cabezón Cámara, entre otros (muy pocos) textos realmente monstruosos en cuanto el poder de su influencia, magnetismo y trascendencia para la cultura de este país.

Donde yo no estaba representa una cima en el proyecto estético, fantástico y lingüístico de Cohen llamado Delta Panorámico. Es en este territorio en el que transcurren gran parte de sus historias de las últimas décadas y que lo llevaron a expandir cada vez más ese universo que inventó para mostrar caminos posibles de altísimo nivel literario dentro de la ciencia ficción argentina.

Lo atractivo es que Cohen desborda los cercos del género y empuja sus límites hacia zonas propias y cada vez más extrañas, usando todo a su favor.

En ese contexto, Donde yo no estaba se vuelve una pieza imprescindible para comprender la magnitud de su apuesta y de lo que es capaz la imaginación, la poesía y el amor por la literatura cuando se encuentran reunidas en el pulso de un escritor en estado de gracia.

Hay una historia, por supuesto. Escrita en el formato de diario personal, el narrador es Aliano D’Evanderey, el dueño de un negocio de lencería que registra los hechos de su vida en el Delta Panorámico porque quiere mimetizarse con su entorno hasta lograr la disminución de su propio ser.

Diversas crisis

Héroe de la sensatez, el protagonista verá su mundo desmoronarse por diversas crisis (matrimoniales, de salud, filosóficas, etc.) y esto lo arrastra a una serie de cambios que la novela desarrolla de forma magistral que muestra que es posible la reinvención después de la ruina. Sin embargo, esta es una novela que es muchísimo más que un argumento, un tema o el desarrollo de una serie de conflictos y personajes.

Escrita como una historia realista pero que sucede en un entorno futurista, Donde yo no estaba convierte la lectura en una verdadera experiencia: quien entra en estas páginas sale, de alguna forma, modificado. La primera edición fue en el 2006 por la extinta editorial Norma. Y con el tiempo, la novela dejó de encontrarse en las librerías. Pero una característica de las obras maestras es su insistencia y su posibilidad de vencer el tiempo. Es decir, siempre regresan de alguna manera.

Es así como en este 2026, cuando se cumplen dos décadas de la primera vez que este ovni llegó a nosotros, se reedita por la Sigilo, una casa editorial en la que Cohen sacó sus últimos libros. Es por eso que Clarín se encuentra con el editor Maxi Papandrea, responsable de la publicación, para dialogar sobre este acontecimiento literario.

–¿Cómo se gestó esta reedición? ¿Cohen supo que esto iba a suceder?

–La idea de publicar esta novela surgió después de la muerte de Marcelo, pero venía charlando con él la posibilidad de armar un plan de reediciones. En esas charlas barajábamos opciones de cuáles reeditar, pensando en el mediano plazo, porque él estaba escribiendo un libro de relatos breves (de ocho a diez páginas) que iba a ser lo próximo que publicáramos. El libro se iba a llamar Modos de acción y los relatos tenían la particularidad de que no trascurrían en el Delta Panorámico, como todo lo que había hecho en los últimos veinte años, y estaban escritos sin neologismos ni palabras inventadas, un rasgo que había caracterizado su estilo desde siempre. Lamentablemente llegó a terminar solo un puñado, aunque los tenía todos pensados. Me pareció que empezar por acá, por su novela más importante, era el mejor modo de homenajearlo.

Maximiliano Papandrea, director de editorial Sigilo. Foto: redes sociales.

–¿Cómo era trabajar con él?

–Muy fácil, era un placer. Marcelo fue la persona más amable y generosa que conocí en mi vida, entendía muy bien el quehacer editorial, sus tiempos, lógicas y dificultades, y todo lo íbamos decidiendo con sencillez en encuentros y charlas telefónicas. Siempre tenía ideas muy claras, y cuando hacía falta pedía opinión y escuchaba con respeto, humildad y agradecimiento. Es un honor haber sido uno de sus editores.

–¿Qué lugar te parece que tiene en la literatura argentina?

–A Cohen siempre lo acompañó un aura de escritor de culto, con seguidores entusiastas y fervientes diseminados por todas partes. Un raro, en una literatura como la argentina que tiene no pocos raros notables. Y un visionario: en estos días vengo pensando mucho en la cantidad de conexiones que tiene con Xul Solar, el juego, los inventos, la lengua, el Delta, la espiritualidad, la filosofía, el humor, la imaginación, la originalidad sin concesiones. Para una parte de mi generación (joven en el escepticismo anómico de los noventa) fue importantísimo, creo que porque aunaba un pensamiento político rabiosamente contemporáneo que se preguntaba todo el tiempo por las formas de la sujeción y la emancipación con un vitalismo que daba fuerza y refugio, por no hablar de su imaginación y su virtuosismo estilístico. Cohen nunca va a ocupar un centro, es de los que conquistan lectores de a uno, pero si sumamos su narrativa, ensayos, su labor periodística y sus más de cien traducciones deja un legado impresionante, extraordinario.

–Me da la sensación que Dónde yo no estaba no está valorada en su justa medida. ¿Vos qué pensás?

–No importa mucho la valoración que tuvo, yo creo que la novela en su momento llegó a quienes tenía que llegar. Se la leyó bastante. Es una novela larga, exigente, abundante, de esas que a cambio de todo lo que dan piden disposición y entrega. Ricardo Romero dice que la obra de Cohen no habla del futuro sino que viene del futuro. Me gusta esa idea, primero porque desarma el equívoco de considerarlo un escritor de ciencia ficción, pero sobre todo porque pone el foco en su elocuencia misteriosa, no anclada en la coyuntura. Yo la leí cuando salió hace veinte años y la volví a leer ahora, y me habló mucho más. La novela cuenta, más que la vida, el vivir de una persona, un comerciante común pero de gran sensibilidad, y si es tan rica es porque desde el diario de este personaje se van iluminando todas las esferas de una vida: lo social, lo familiar, lo vincular, lo político, lo espiritual, lo laboral, etc. Pero entre todas esas cosas hay una discusión con el yo como trampa y como dispositivo del ser y Cohen la escribe en un momento previo a toda la moda de la literatura del yo. Leído hoy parece que zanjara la discusión antes de que hubiera arrancado: la zanja discutiéndola y ejerciéndola y reivindicándola desde la pura ficción, en un universo completamente imaginario que fusiona distopía y utopía.

Marcelo Cohen, escritor. Foto: Andres D'Elia.

–¿Hay planes de reeditar otros libros de Cohen o hay inéditos de él?

–Sí, en Sigilo vamos a reeditar un libro por año. Seguiremos con Balada, El fin de lo mismo e Impureza, y quizás más después de eso. Este año saldrá por Interzona El país de la dama eléctrica, su primera novela, y Entropía, que hace años viene publicando sus ensayos, publicará una nueva antología de sus ensayos sobre narrativa, que se suma a la de poesía, Una morada ambulante, los dos recopilados por Juan Comperatore.

Donde yo no estaba, de Marcelo Cohen (Sigilo).