Cada vez quedan menos rincones del aparato del poder mexicano que no lleven el sello de la presidenta. No se han cumplido todavía ni dos años del mandato de Claudia Sheinbaum y su influencia se extiende a paso acelerado. Desde el verano pasado, la mandataria ha ido avanzando en la consolidación de su propio proyecto, renovando los liderazgos heredados del sexenio anterior con cambios de calado, como la cabeza de la Fiscalía General de la República o la coordinación del grupo morenista en el Senado. Unos movimientos que han tomado aún más velocidad en las últimas semanas. La presidenta ha entrado a fondo a operar movimientos también en la cúpula del partido, en embajadas y, de rebote, hasta en los equipos de negociadores del TMEC. Sheinbaum está dando un paso al frente al tomar el control de cada vez más resortes del poder, haciendo buena la jerga de política mexicana utilizada para explicar el fuerte sesgo presidencialista del sistema. El mandatario de turno suele ser llamado “el uno”. Por si había alguna duda, Sheinbaum es “la uno”.
Sheinbaum rescata el presidencialismo duro para enfrentar a Trump y la crisis en Morena







