Se fue Boca del Mundial de Clubes y la casa de Steve Jobs en Miami se llenó de brasileños

Se fue Boca del Mundial de Clubes y la casa de Steve Jobs en Miami se llenó de brasileños

Es difícil sacarles la ficha a los turistas en Miami. No hay teatro ni peatonal como Mar del Plata. Son kilómetros y kilómetros de playa, palmeras, shoppings y boliches. No se amuchan. Por eso los hinchas de Boca hicieron ruido, porque se juntaron. El fuego se apagó con el viaje a Nashville.

Un lugar que sí actúa como imán en la supuesta tierra de la libertad son los locales de Apple. Y el más famoso está sobre la calle Lincoln Road, donde la gente llega y hace fila como en la carnicería pero para gastar miles de dólares en el último iPhone. En Argentina se venden al doble.

Los potenciales clientes se entretienen toqueteando las tablets, probando cascos con realidad virtual y calzándose auriculares que cuestan 549 dólares. Sienten la música y se sienten millonarios por un ratito. Está el que mira todo y el que se mete para usar el WiFi. Por fin algo gratis. Los lobos marinos de la Bristol acá son una estructura con el logo de la manzanita, obligatoria para la selfie y el posteo en redes. El tiempo pasa y nadie atiende.

Ya no hay camisetas xeneizes, aunque un viejo ídolo del club espera su turno, acompañado de su esposa, para renovar su telefonito. Nadie lo reconoce ni se le tira encima, a pesar de que llenó la Bombonera en su partido despedida. Casi todos son brasileños, del Palmeiras que ya jugó o del Flamengo que está por jugar. El Mundial de Clubes parece una comedia donde se van alternando los protagonistas. Tal vez un drama.

La casa de Steve Jobs atrae a los sudamericanos: hay apenas dos locales oficiales de Apple en el sur del continente, uno en San Pablo y el otro en Río de Janeiro. La diferencia con el Primer Mundo es un cachetazo al ego latinoamericano si se piensa que hay cerca de 130 sucursales en Europa y unas 150 en el mercado asiático, además de las 275 que están en Estados Unidos. De ahí tanta convocatoria.

Son amables los vendedores, los hay mayores y también jovencitos, y cobran un salario que en Florida ronda entre 50 y 70 mil dólares anuales. Visten remeras básicas con la infaltable manzanita en el corazón. Todo sobrio, sin estridencias, como la marca. En un puñado de minutos aprietan un par de botones y cierran tickets de cuatro cifras.

Del otro lado del vidrio se larga un temporal, la primera lluvia fuerte desde que comenzó el torneo de la FIFA. Un chico con la camiseta de Cavani se refugia bajo el techo de un restaurante. Si Boca quedaba segundo le tocaba jugar aquí el domingo, pero pasaron cosas...

La voz del vendedor corta el clima: ¡Next!