El jurado bajó el martillo y ya definió: el Premio Azcuy tiene siete nuevos finalistas, cuyos proyectos competirán por alzarse con el premio de 10.000 dólares y la posibilidad de que la obra se exhiba de forma permanente en uno de los edificios que la desarrolladora construye en el barrio de Caballito.
El premio, que este año va por su edición número ocho, se realiza en alianza con el Museo de Arte Moderno. El ganador se anunciará los primeros días de diciembre.
Con menos de una década de vida se ha consagrado como uno de los certámenes más importantes de la escena artística porteña. No solo premia a los ganadores, sino que también aporta fondos para que los finalistas desarrollen en profundidad sus propuestas. Solo repasar quiénes fueron los siete anteriores ganadores da una pauta de la relevancia que adquirió. Ya ganaron el Premio Azcuy Diego Bianchi, Adriana Bustos, Fabián Bercic, Hernán Soriano, Nacha Canvas, Benjamín Felice y Osias Yanov.
El jurado de la edición 2026 estuvo conformado por el Director General de Azcuy, Gerardo Azcuy; el artista Ernesto Ballesteros; la directora de Index, Swedish Foundation for Contemporary Art in Stockholm, Övül Durmuşoğlu; el curador del Museo de Arte Moderno, Raúl Flores; la Directora Creativa de Azcuy, Sol Juárez; el artista Hernán Soriana; y la curadora Analía Solomonoff.
Más de 2000 artistas se inscribieron en esta edición, que invitó a presentar propuestas de obras de arte inéditas de sitio específico para Donna Gioia, un edificio residencial de Azcuy actualmente en construcción. Este miércoles, hasta entrada la tarde, los jurados se reunieron en la sede del Museo de Arte Moderno en San Telmo para debatir y consensuar la decisión final.
Los finalistas recibirán un premio estímulo de 1.500 dólares y tendrán aproximadamente dos meses para darle las puntadas finales a los proyectos. Luego, los defenderá ante el jurado, que elegirá la obra ganadora.
El artista ganador recibirá un premio de 10.000 dólares más los costos de producción de su obra, que se pondrá en marcha bajo su dirección y supervisión y con la asesoría técnica y curatorial de los equipos de Azcuy y el Museo Moderno.
Los siete proyectos finalistas del Premio Azcuy
CántaroNido – Desirée De Ridder
La artista fusiona un objeto arqueológico y doméstico (el cántaro de barro) con una estructura orgánica de la naturaleza (el nido de pájaros). El concepto de la obra está centrado en una potente hibridación. El cántaro representa la vasija primordial, el recipiente de agua y vida, vinculado a la historia de las civilizaciones y la alfarería tradicional. El nido evoca la arquitectura animal, esa que utiliza el barro para construir su hogar de manera instintiva y perfecta. CántaroNido es una obra que reflexiona sobre el hábitat. Nos pregunta dónde reside la vida en un mundo cada vez más urbanizado y cómo los materiales más simples (barro, agua y fuego) siguen siendo nuestro vínculo más profundo con la tierra.
Cántaronido – Desirée De Ridder. Finalista Premio AzcuyReflexiones – Marcolina Dipierro
La obra parte de una relación con la arquitectura en la que la materia no busca imponerse sobre el espacio, sino entrar en diálogo con él, haciendo visible aquello que permanece en movimiento aun cuando se nos presenta como estable. La chapa, trabajada mediante golpes, deformaciones y ondulaciones, recibe el entorno y lo devuelve transformado. Su superficie refleja fragmentos de aquello que la rodea, pero nunca de manera estable ni precisa: cada irregularidad altera la imagen, la desplaza, la interrumpe, haciendo que lo que parecía una forma definida se vuelva nuevamente un campo de relaciones. La obra propone pensar el espacio no como una suma de elementos independientes, sino como una totalidad en permanente transformación.
Reflexiones – Marcolina Dipierro. Finalista Premio Azcuy.Las Rabiosas – Desireé Du Val
La obra explora la violenta y armónica tensión entre la fuerza de la naturaleza y la jungla de cemento. Poniendo en diálogo un mundo vegetal mutado, raro y lisérgico, que emerge abruptamente del concreto, con el objetivo de inyectar fantasía en el cotidiano de quien habite o pase por la puerta del edificio, no solo interviniendo en lo privado, también en lo público.
Las Rabiosos – Desireé Du Val. Finalista Premio AzcuyPichichos y michis de agua – Julio Hilger
La propuesta busca resignificar dos elementos tradicionales del paisajismo clásico y popular: la fuente de agua y las figuras escultóricas de jardín. A partir de estos arquetipos reconocibles, el proyecto propone una reinterpretación contemporánea que los transforma en piezas escultóricas de fuerte presencia, atravesadas por el agua y vinculadas a la convivencia entre especies.
Las obras adoptan la forma de animales domésticos guardianes, perros y gatos, y ponen en primer plano la relación que construimos las personas con los animales en el ámbito cotidiano. Pichichos y michis aparecen así no solo como animales domésticos, sino como compañeros, habitantes y protectores del espacio compartido.
Pichichos y michis de agua – Julio Hilger. Finalista Premio AzcuyProyecto Canopia – Fabiana Imola
La obra propone una “composición poética de lo orgánico”, donde la frontera entre el paisaje vegetal y la arquitectura se diluye. Nace del diálogo visual y sensible entre la silueta de la obra y la canopia de las tipas que caracterizan la identidad urbana del barrio de Caballito. Inspirada en la observación del entorno vegetal del paisaje urbano, la escultura reinterpreta la trama botánica mediante la precisión del dibujo digital y la dureza del acero inoxidable con acabado espejo. Ubicada en la cima del edificio, la intervención opera como un hito visual y un portal contemplativo: una “envolvente naturaleza artificial”, visible tanto para los habitantes desde el interior como desde la perspectiva de la ciudad, celebrando el cruce entre lo orgánico, la industria y el espacio habitar.
Proyecto Canopia – Fabiana Imola. Finalista Premio AzcuyQuema en el agua, lava en el fuego – Federico Lanzi
La obra propone transformar algunos elementos existentes de la arquitectura a partir de un imaginario vinculado con la alquimia y sus símbolos: el edificio en una especie de templo y la piscina en un estanque. Con la intención de que sin alterar su condición arquitectónica y utilitaria, estos espacios adquieran otra dimensión. Las cúpulas doradas y los símbolos sumergidos introducen al edificio un sistema de signos que intenta convivir con la arquitectura, transformando la manera en que esta puede ser percibida.
Quema en el agua, lava en el fuego – Federico Lanzi. Finalista Premio AzcuyEl proyecto propone una expansión de la pintura hacia el espacio arquitectónico, explorando qué sucede cuando la obra deja de estar contenida en los límites tradicionales del cuadro y comienza a ocupar el espacio que habitamos. Las obras se extienden de piso a techo, recorren paredes y continúan hacia el exterior, estableciendo una relación de continuidad entre pintura, arquitectura, paisaje y cuerpo. La propuesta busca que la pintura no funcione como un objeto colocado dentro de un espacio, sino como una superficie que transforma la percepción del espacio mismo. La arquitectura se convierte así en soporte, pero también en parte constitutiva de la obra: sus planos, ventanas, columnas, reflejos y recorridos modifican la manera en que las imágenes son percibidas.
La brisa – Paola Vega. Finalista Premio Azcuy.







