¿Cómo se cuenta la muerte sin caer en el golpe bajo? Rocío Muñoz parece haber encontrado la respuesta en el absurdo. En Campera, Sofía -su personaje- habita una “depresión de departamento” hasta que la irrupción de su hermano muerto, Campera, convierte su realidad en un bucle donde el tiempo se detiene a las tres de la tarde. La obra, que codirige junto a Natali Aboud, se presenta los viernes a las 21 en la sala Planta Inclán (Inclán 2661, CABA) de Parque Patricios, un espacio que la autora defiende como parte de la necesaria descentralización cultural: “Está bueno que la gente se anime a ir a otros barrios donde pasan un montón de cosas culturales; Planta es una sala moderna y cálida, y aunque nos llovió en todas las funciones, el público vino igual”.
Aunque la semilla de la obra fueron los autorretratos fotográficos de su hermano, fallecido a los 28 años, Rocío aclara que la escritura no fue un proceso de duelo planificado. “Salió desde un lugar de sentir que ahí tenía algo para decir; soy partidaria de contar sobre lo que uno conoce y la experiencia de entender lo que es que se muera un ser querido de forma repentina tiene mucha información”, explica. Lo que hace especial a Campera es su tono: “El humor está ligado a las catástrofes de nuestras vidas; es la manera más interesante de vivir las cosas. No se trata de reírme de mis desgracias, sino de reírme con ellas para vivir el mundo de una forma un poquito más liviana“. Aquí la entrevista completa:
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Esa liviandad se traduce en una puesta donde conviven personajes inesperados, como un perro que habla, y está interpretado por un equipo que Rocío destaca con orgullo: Julián Larquier, Alejandro Russek y Juan Risso. Sobre su rol como protagonista, confiesa que no fue algo buscado de entrada: “Al principio no sabía si lo iba a hacer yo, pero cuando le mostraba el material a gente cuya mirada me interesaba, todos me decían que lo tenía que actuar yo. La escritura apareció en mi vida de la mano de la actuación”.
Una actualización del sistema
El impacto en los espectadores es inmediato y, a veces, contradictorio. Según la autora, el público sale “medio esquizofrénico” porque se ríe y se emocionan al mismo tiempo. “Se me acerca gente que pasó por algo parecido y se siente agradecida; pasar por la muerte de alguien tan cercano es como una actualización del sistema, trae una información que no comprendés hasta que te pasa“, reflexiona Muñoz. La obra logra descolocar al lenguaje habitual del duelo, abrazando el sinsentido de la muerte como una parte inevitable de la vida.

Con escenografía y vestuario de Mariu Fermani y luces de Josefina Soria, Campera se instala en el borde de lo real para iluminar la gracia que se esconde incluso en lo que más duele. Es, en definitiva, una invitación a saltar de un estado al otro en una noche infinita que, paradójicamente, nos hace sentir más vivos que nunca. Encontrá acá más info sobre las entradas.








