El desahogo de la tribuna, la fiesta azul y oro, la vuelta olímpica que se intuye, los jugadores cantando en espejo a la popular, el combo de la pasión que ofrece la Bombonera. Nadie se quiere ir. No es un domingo gris, más allá del color del cielo y muy a pesar de un Superclásico que tuvo mucho de marketing, poco de fútbol y un arbitraje bochornoso. Boca se impuso ante River, que terminó con dos hombres menos por las expulsiones que serán carne de debate. Le alcanzó con una pelota parada y el cabezazo de Lautaro Di Lollo. Nunca sufrió. Y eso habla más de su adversario que de sí mismo.
Es que por más cortito que parezca el resultado, Boca se encontró con la ventaja y aunque estuvo cerca del segundo gol, fue más por el contexto que por su juego. La etapa final fue una colección de interrupciones, protestas, empujones y un referí que no aplicó el mismo criterio en situaciones similares que subieron la temperatura de los protagonistas. Y que terminó con la euforia de los hinchas por el tercer mano a mano consecutivo que celebran contra River. No sucedía desde los tiempos del Maestro Tabárez, hace 35 años.
La primera expulsión rompió el partido, justo cuando se estaban examinando. Resultó increíble que Nicolás Ramírez no cobrara la infracción de Lucas Martínez Quarta sobre Miguel Merentiel. Estaba muy bien ubicado el árbitro y no quiso comprometerse. Eligió descansar en el VAR. Silvio Trucco lo llamó para que repasara en el monitor lo evidente. Entonces, le mostró la tarjeta roja al zaguero por cortar una ocasión manifiesta de gol. ¿Llegaba Marcos Acuña para cortar? Esa pregunta quedó boyando entre los nervios de banda roja.
Leonardo Ponzio fue pragmático y la víctima del error de Martínez Quarta fue Lucas Beltrán, que había presionado bien en la salida xeneize. Entró Lautaro Rivero para reforzar en el fondo. Todo fue a pedir de Boca. Sin embargo, recién pudo destrabar el duelo a partir del laboratorio de Rodolfo Arruabarrena, otra vez por la vía del balón detenido.
Igual que la semana pasada contra Independiente, Sebastián Villa se hizo cargo del tiro de esquina, pero esta vez fue Di Lollo el que se impuso en el área con una gran facilidad. Le ganó a Rivero, que estaba aturdido por el pelotazo que derivó en el córner, y clavó el cabezazo lejos del alcance de Santiago Beltrán. Una vez más, River pagó sus deficiencias en el juego aéreo, talón de Aquiles en el ciclo de Eduardo Coudet con contagio en el breve interinato de Ponzio. Los jugadores, a fin de cuentas, son los mismos.
Con la ventaja, Boca empezó a tener claro que debía ser protagonista, algo que le costó entre la expulsión de Martínez Quarta y el impacto de Di Lollo. Creció Leandro Paredes, ágil en el manejo, ya sin el agobio de los atacantes, que tuvieron que retroceder para sumarse a las dos líneas de cuatro, lo más compactas posible para proteger a Beltrán.
No obstante, Boca tiene muchos recursos. Y fluyeron los extremos. Se activaron Villa y Leonel Flores, que ganaron el uno contra uno porque el 4-3-1-2 que presentó River, devenido a 4-4-1, no tenía volantes apto para contener en los costados, por eso por momentos sufrieron Acuña y Gonzalo Montiel.
Y llegó un centro del colombiano que esta vez encontró un buen cruce de Rivero. Y desbordó Flores pero el cabezazo de Santiago Ascacíbar, algo bombeado, se perdió por encima del travesaño.
River dependía de alguna pincelada de Angel Correa y un poco de inspiración de Thiago Almada. Jagger Herrera le dio una chance de lucirse gracias a una infracción sobre Tomás Galván, pero el crédito de Fuerte Apache hundió el tiro libre en la tribuna.
En la segunda etapa, el Vasco fue a lo seguro con el ingreso de Ayrton Costa por Herrera, ya amonestado. Ponzio, en tanto, mandó a la cancha a Lautaro Pereyra, más ofensivo que Lucas Silva, blandito en el medio, absorbido por Milton Delgado, que además entregó todas las pelotas al pie de sus compañeros.
River buscó la iniciativa, pero se le hizo cuesta arriba con uno menos. Lo perdieron Ascacíbar, Villa y Blanco, que debió ser expulsado por una patada Andrada. Paredes también. Entraron Juan Cruz Meza y Sebastián Driussi, pero no cambiaron nada. Alan Velasco y Enner Valencia tampoco. Ramírez fue más riguroso con Montiel y le mostró la roja.
A esa altura, nada hacía peligrar el triunfo de Boca a orillas del Riachuelo, donde empiezan a palpitar la gloria, tan cerca después de 1342 días y tantas noches de angustia.







