De Victoria Ocampo se cuentan muchas cosas. Que era capaz de arrancar un pedacito de corteza del tronco de un eucalipto y con ese trozo de color gris azulado ir a la imprenta y pedir ese mismo color para la tapa de la revista Sur, aquella mítica publicación cultural que ella había engendrado en 1931 (y dirigió hasta 1970) y que promovió las obras literarias de autores nacionales e internacionales, desde Jorge Luis Borges a Walter Benjamin. Que abrazó, besó y acompañó a Ezequiel Martínez Estrada cuando este sufría una enfermedad de piel y casi nadie quería acercarse a él y, mucho menos, entrar en contacto. Que intercambió una vasta correspondencia, tan abundante como erudita, con buena parte de la intelectualidad de su tiempo. Que denunció al nazismo. Que ayudó a escapar a intelectuales perseguidos. Que envió toneladas de alimentos y ropa para los países ocupados por el Eje durante la Segunda Guerra Mundial. Que estuvo en contra del peronismo y por tal motivo permaneció 26 días detenida en 1953. Y que abrió las puertas de Villa Ocampo –donde falleció en 1979 a los 88 años– a cuanto escritor, artista o intelectual que estuviera de paso por la Argentina. Las anécdotas sobre su vida abundan. Pero ¿qué cuenta ella de sí misma?
Ramona Victoria Epifanía Rufina Ocampo, nacida el 7 de abril de 1890, comenzó a escribir su Autobiografía en 1952. Nunca dejó de corregirla y revisarla hasta su muerte y fue publicada de forma póstuma en la revista Sur, entre 1979 y 1984, distribuida en seis volúmenes: “El archipiélago”, “El imperio insular”, “La rama de Salzburgo”, “Viraje”, “Figuras simbólicas-Medida de Francia” y “Sur y Cía”. Hasta ahora no había vuelto a editarse.
Cuarenta y dos años después, la Asociación de Amigos de Villa Ocampo –creada en 2006– y la Fundación Sur –institución fundada por la propia Ocampo en 1963– presentaron el viernes una nueva edición de los tres primeros tomos de la Autobiografía (los restantes están en marcha), en una tertulia entre amigos, en la imponente casona de Beccar, hoy perteneciente a la Unesco y declarada Patrimonio de la Humanidad, el lugar que conserva el legado material e intelectual de la escritora y alberga, entre otras joyas, los 11.580 libros de la biblioteca personal de la intelectual, editora, traductora, filántropa y mecenas argentina por excelencia.
La presentación estuvo a cargo de Marta Álvarez Molindi, presidenta de Amigos de Villa Ocampo, entidad a la que pertenece desde hace 16 años, y también integrande de la Federación de Amigos de Museos (Fadam); de Juan Javier Negri, presidente de la Fundación Sur; y de Ernesto Montequin, director del Centro de Documentación Unesco-Villa Ocampo y responsable de buena parte del trabajo de preservación del legado de la escritora (es, además, albacea literario del escritor y cineasta Edgardo Cozarinsky, aunque esa es otra historia).
La nueva edición contó, además, con el trabajo conjunto de muchas personas, entre ellas, Patricia Pellegrini y Elisa Mayorga, y tuvo la supervisión editorial de Luz Henríquez y el apoyo de la Fundación Ortega y Gasset y de la Embajada de Francia. Los tres primeros tomos ya se encuentran disponibles en librerías a un precio de 32 mil pesos cada uno: La tienda de Villa Ocampo ofrece un descuento del 15 por ciento para la compra de los tres volúmenes (81.600 pesos e incluye una tote bag de regalo).
Los tres primeros tomos de la “Autobiografía” de Victoria Ocampo.Un retrato de época
“Hay que rescatar el hecho de que Victoria Ocampo haya escrito de la vida cotidiana de una familia de su clase social. No hay demasiados materiales de literatura autobiográfica en Argentina. Hay gente que ha novelado sus propios recuerdos, pero una autobiografía con esta densidad y con esta extensión como la de Victoria es rara”, afirma Negri a poco de iniciada la presentación, realizada en uno de los salones de la casona construida a fines del siglo XIX, donde Victoria y su familia pasaban largas temporadas estivales entre noviembre y abril. Esta residencia fue de avanzada para la época: de estilo moderno, ocupaba una extensa superficie que llegaba hasta la barranca del Río de la Plata y contaba incluso con un generador eléctrico propio, un lujo excepcional para aquellos años.
Victoria Ocampo se instaló definitivamente allí en 1941, aunque la casa ya formaba parte de la historia familiar desde mucho antes, y la convirtió en un verdadero centro de encuentro para la cultura internacional. Por sus salones desfilaron figuras como Albert Camus, Rabindranath Tagore –a quien dedicaría años más tarde el libro Tagore en las barrancas de San Isidro–, Graham Greene, Igor Stravinsky, Roger Caillois e Indira Gandhi, entre muchos otros. Villa Ocampo terminó siendo mucho más que una residencia: fue un espacio de intercambio intelectual donde confluyeron algunas de las voces más influyentes del siglo XX.
Rabindranath Tagore y Victoria Ocampo. “Victoria Ocampo tiene la virtud de reconstruir un modo de vida que nos resulta totalmente ajeno. La división estratificada del personal doméstico, por ejemplo: la cocinera no comía de la mesa que la costurera. Había ciertos rangos sociales curiosos. Tiene el mérito de haber construido un modo de vida que se hubiera evaporado de no haber sido por estas descripciones minuciosas, cálidas y entretenidas de lo que la rodeaba y de cómo ella reaccionaba a lo que la rodeaba: los veranos, el tedio de las clases, el aburrimiento, las tretas infantiles para sacarse de encima una profesora que llegaban rigurosamente a horario. Victoria detestaba, a veces, esos tiempos de estudio, cuando veía que afuera la vegetación vibraba y ella estaba encerrada estudiando”.
Las seis hermanas Ocampo –Victoria (la mayor), Angélica, Francisca, Rosa, Clara María y Silvina (la menor)– no asistieron a una escuela de manera regular. Como se acostumbraba entre las familias de clase alta de la época, fueron educadas por institutrices dentro de su propia casa. Esa educación –en francés e inglés antes que en español– marcó el devenir de Victoria con la lengua y su vocación intelectual. No es casual que sus primeros ensayos fueran escritos en francés. La riqueza del idioma español la descubriría gracias a José Ortega y Gasset.
La redacción de “Sur” en 1961. Ocampo, en el centro, entre Bioy Casares y Jurado. También están Borges, Pezzoni, Ocampo, de Torre y Mallea, entre otros.Marta Álvarez Molindi confiesa que leyó por primera vez la Autobiografía de Victoria Ocampo a los 23 años durante una temporada en Pinamar: “¿Te dejan leer esas cosas?”, recuerda que le preguntaban con asombro. Quiso saber si la escritora y traductora era valorada por sus colegas o si la consideraban “un cuarto de paso atrás”.
Para Negri, “era valorada”: “Alguien dijo alguna vez, hablando mal de Victoria, que armaba el álbum de figuritas con los personajes de su círculo”. Como ejemplo menciona el vínculo que Ocampo mantuvo con Thomas Merton: “Si uno analiza ciertas cosas, como por ejemplo la correspondencia con Thomas Merton, se da cuenta de que es exactamente al revés. Thomas Merton, místico norteamericano, según el Papa Francisco, uno de los cuatro estadounidenses más valiosos de la historia de Estados Unidos, hijo de padres agnósticos, se deslumbra con la religión, se hace católico y sacerdote. Cuando cae en sus manos un número de Sur dice: ‘Quiero conocerla’ a Victoria Ocampo. Y a ella le dice: ‘Usted es un regalo de Dios’. Hay una admiración recíproca y correspondida”.
Villa Ocampo fue la residencia de verano de la familia Ocampo.Montequin retoma esa idea. Sostiene que Ocampo despertaba curiosidad “porque no podías situarla”: “Era alguien conocido. Tenía todos los elementos de la cultura occidental. Hablaba francés, tenía una cultura muy cosmopolita, cierto exotismo físico y la gente no podía ubicarla en ninguna categoría”. Ese desconcierto alcanzó incluso a Virginia Woolf. Cuando ambas se conocieron en Londres, en 1934, la escritora británica quedó cautivada por la personalidad de la argentina y la describió como un personaje salido de una novela. La impresión no respondía solamente a su aspecto, sino también a una forma de estar en el mundo que rompía con las convenciones. Montequin cuenta la anécdota de una vez en que comió sobre un mueble modulares y multifuncionales, con mantel de hule y… cubiertos de plata: “Transgrede las normas”.
Negri considera que el vínculo entre Victoria Ocampo y Virginia Woolf fue decisivo para ambas. “Virginia Woolf tuvo el mérito de mostrarle a Victoria Ocampo que había una literatura de mujer, una literatura donde el ángulo femenino era también válido para ver el mundo. Y creo que Victoria a Virginia también le impactó. La sacó un poco de una especie de cáscara en la cual Virginia estaba encerrada. Las dos enriquecieron sus encuentros en Londres”, detalla Negri.
Para ilustrar esa relación, recuerda un episodio revelador: “Hay un episodio que muestra a la historia en todo su esplendor. Está yendo a ver a Virginia Woolf, que se ha dignado recibirla. Victoria es casi una desconocida todavía para ella. Virginia Woolf se ha rehusado a ser fotografiada. Cuando ve que Victoria entra sin pedir demasiado permiso y saca fotos no debe haber sido muy agradable para Woolf. Pero las fotos tomadas allí son las mejores fotos existentes de Virginia Woolf. Fue gracias a la imposición de Ocampo”.
Presentación de la “Autobiografía” de Victoria Ocampo, en Villa Ocampo. Foto: Gentileza Amigos de Villa Ocampo/Ástor CavalloNegri subraya que esa determinación también marcó su tarea como promotora cultural. “Victoria convenció a intelectuales europeos de que vinieran a Argentina. Ha llevado gente a dar conferencias en Santiago del Estero. En los años 30, no se iba en avión con aire acondicionado. Hizo un esfuerzo gigantesco para ‘educar al soberano’, como diría Sarmiento, que además era amigo de su abuelo”.
Su vínculo con Ortega y Gasset
En cuanto a la relación de Victoria Ocampo con el ensayista español José Ortega y Gasset, señalan que fue “compleja”. “Victoria lo conoce durante una velada y descubre que en español se puede hablar muy bien. Para ella, el francés era su lengua materna. Cuando conoce a Ortega, descubre que este hombre maneja el idioma con una sutileza y una riqueza que la dejan pasmada”. Pero la relación entre ellos se quiebra cuando Ortega se permite criticarle el novio a Victoria: durante 16 años, ella no le contesta ni una carta.
La anécdota es más o menos así: ella está en la Embajada Argentina ante el Vaticano con su marido, el embajador, que es el tío de su marido, y de pronto aparece un caballero, primo de su marido, y ella queda deslumbrada: “Tengo miedo que se vea que se me mueve el mentón de la emoción”, cuenta Negri que dijo Victoria, completamente anonadada, al ver a Javier Martínez. Más tarde, Ortega le critica este romance y se abre una grieta entre ambos.
José Ortega y Gasset y Victoria Ocampo.El abogado constitucionalista Daniel Sabsay, invitado a la presentación de la Autobiografía, recuerda que Victoria Ocampo fue la única mujer sudamericana en presenciar los Juicios de Nuremberg en 1946 y que por tal motivo, cree, debería ser nombrada “Justa entre las Naciones” por el instituto Yad Vashem, el Centro Mundial para la Conmemoración de la Shoá. Al respecto Negri comenta que “está costando” ese nombramiento porque se malinterpreta como elogioso un comentario que ella hizo de Mussolini. “Me encantaría que fuera nombrada ‘Justa entre Naciones’, porque las cosas que hizo por algunas personas perseguidas durante la guerra fueron admirables, como por ejemplo, inventar el cargo de Gerente de Fotografía de Sur, que era inexistente, para que alguien accediera a una visa y entrara a la Argentina. O le mandaba zapatos a Paul Valéry. Pero estas cosas no salen en la autobiografía y también pintan la persona que era”.








