“Hola, ¿puedo hablar con alguien?” De un lado de la línea, alguien que se siente solo. Del otro, una operadora del 0800 de salud mental en la ciudad de Córdoba que escucha y responde. Muchos de los llamados que llegan a la línea de emergencias son personas que marcan para saber que hay alguien del otro lado. Sentir una voz amiga y hablar por lo menos unos minutos.
Desde fines de 2024, esta línea de la capital cordobesa analizó 1.515 llamados: un 30% se vinculaba a conflictos personales y sentimientos de soledad. La Organización Mundial de la Salud definió la soledad no deseada como una “epidemia silenciosa”, un fenómeno global que impacta en la salud tanto física como mental de las personas.
Algunos países ya avanzaron con medidas concretas. Inglaterra creó en 2018 el Ministerio de la Soledad. Japón hizo lo mismo en 2021. Y Alemania lanzó en 2023 un programa nacional para prevenir y combatir la soledad. Por su parte, Madrid tiene su propio observatorio.
“Es la brecha entre las relaciones que a mí me gustaría tener y las que en realidad tengo. Es un malestar que puede generar una patología posterior. Genera desmotivación y una sensación de abandono”, explica Juan Carlos Mansilla, psicólogo y director del Instituto de Planificación Municipal de Córdoba, donde por primera vez en el país este mes tendrá lugar un congreso sobre “Soledad no deseada”.
¿Qué pasa cuando esta soledad se vuelve parte de todos los días? Las consecuencias no son menores. Pueden ir desde angustia y depresión hasta deterioro cognitivo o abuso de psicofármacos. La soledad llama a más soledad y torna díficil el afuera.
No se trata solo de “estar solo”. Tiene que ver con vínculos frágiles, redes de apoyo que desaparecen y cambios culturales mucho más amplios: menos nacimientos, mayor espectativa de vida, más personas viviendo solas y la alteración en las formas que tenemos de relacionarnos.
Un estudio de la Fundación Tejido Urbano reveló que en la Ciudad de Buenos Aires, los monoambientes representan el 39,1% del total de los hogares.
Pedro Horvat es psiquiatra y explica que la soledad “no es solamente no tener con quién compartir, sino también es la dificultad para construir proyectos, para sostener deseos que incluyan a otros, incluso cuando esos otros no conviven con uno”.
No aparece de un día para el otro y afecta a todas las edades, aunque más a los adultos mayores. “Es la consecuencia de un proceso que empezó muchos años antes. Vínculos que se fueron debilitando, relaciones que no lograron sostenerse, trayectorias que dejaron a la persona sin redes de contención”, explica.
Cuántas veces escuchamos; “Me separé”, “me distancié de mis hijos” o “me quedé sin amigos”. En estos casos, el impacto emocional es más fuerte. Sentimientos que van desde la melancolía hasta la paranoia, con expresiones como “tuve mala suerte en la vida”, “nunca nadie me quiso o no me merecía esto”.
Mientras que en otros casos, no hay un conflicto. La soledad aparece como resultado del paso del tiempo. Hijos que crecen, amigos que ya no están, trabajos que terminan y dan lugar a la jubilación. Según los especialistas, la diferencia va a estar en cómo cada uno logra reorganizar su vida, sin que pierda el sentido.
“Cuando alguien siente que no tiene para qué levantarse a la mañana, que no hay nada que lo espere, ahí aparece el riesgo. La vida empieza a vaciarse”, advierte.
Ahí aparece la depresión que Horvat define como una enfermedad de la autoestima. “La soledad deteriora la autoestima, y cuando la autoestima cae, el cuerpo también se vuelve más vulnerable”, dice.
Además, explica que las personas con sentimientos depresivos están más expuestas al deterioro cognitivo porque viven solas y están menos estimuladas. El cerebro es un músculo que necesita del contacto del otro.
Suele pasar que uno llama un lunes a un amigo para invitarlo a tomar un café y dice que no puede porque tiene que ir el jueves al banco. “El mundo se empequeñece mucho para esa persona”, cierra Horvat.
“Hay muchos más monoambientes para personas solas. Tienen mascotas y con estos vínculos más esporádicos”, dice Pujol. Foto ShutterstockRelaciones de descarte
Desde que uno se levanta hasta que se acuesta, está expuesto a estímulos. Las redes hipnotizan con sus imágenes, videos. Las plataformas ofrecen miles de opciones para entretenerse, series de todo tipo, películas para todos los gustos.
“Siempre hay series para ver, siempre hay algo para anestesiarme. Instagram me ofrece scrollear y me puedo quedar hasta las 4 de la mañana mirando. No es sano pero forma parte de la soledad”, describe Horvat.
El problema es que esos recursos alivian, pero no resuelven el problema. Horvat afirma que “quizás es bueno sentirse solo si eso te impulsa a hacer algo”.
Para el sociólogo Sacha Pujol, la soledad no deseada “no es una elección individual, es un hecho social”. En parte, por la cultura digital en los jóvenes. Y ahí entran en juego las redes que dan la sensación de conexión, pero muchas veces generan lo contrario: vínculos más superficiales, más frágiles.
“Generan hasta relaciones más esporádicas y de descarte. Una sociedad líquida en la que los vínculos no terminan siendo afectivos reales”, explica Pujol.
Lo mismo si se tiene en cuenta cómo se forman las parejas. “Están más relacionadas con una aplicación virtual. Parece un supermercado, donde uno elige y descarta que a una conexión real”, agrega.
Esto se suma a que las instituciones cercanas como clubes, partidos políticos, talleres, dejaron de ser lugares de contención. “Una sociedad más desintegrada y de trayectorias individuales, con menos estabilidad”, define el sociólogo. Todo potenciado en los últimos años por la pandemia.
Más gente viviendo sola
La forma en la que vivimos también cambió. La Fundación Tejido Urbano reveló que en la Ciudad de Buenos Aires hay más viviendas de una sola persona que de cuatro. Y la tendencia se repite en La Pampa, Córdoba, Santa Fe y en la Patagonia.
En la misma línea, el último censo del Indec informó que el 25% de los hogares ya son unipersonales. Los monoambientes contribuyen a tener vidas más aisladas.
“Hay muchos más monoambientes para personas solas. Tienen mascotas y con estos vínculos más esporádicos”, dice Pujol.
Hace algunos años, el recorrido de una persona era más previsible. Armaba una familia, tenía un trabajo estable en el que estaba durante toda su vida, vivía en la misma casa. “Una trayectoria preestablecida, en el que el individuo tenía otros problemas pero había un anclaje comunitario”, agrega.
Los linkeadores sociales
Los especialistas concuerdan que si no se hace nada, se termina trabajando sobre las consecuencias. Por ejemplo, en España empezaron a trabajar con “conectores sociales”, personas que detectan casos de soledad y acompañan a quienes la sufren para que vuelvan a vincularse.
En la capital cordobesa tomaron esa idea y los llamaron “linkeadores sociales”. El semestre que viene arrancaría un curso de formación de la primera camada de linkeadores sociales.
“No alcanza con decirle a alguien que vaya a un taller. Muchas personas saben que esas actividades existen, pero no tienen la motivación para acercarse”, explica Mansilla. El linkeador interviene y acompaña a la persona a dar ese primer paso, a que deje de estar solo.








