La pregunta de si un presidente puede odiar incluye dilemas éticos, legales, políticos y económicos.
¿Está bien que odie quien simboliza el poder total de un Estado? ¿Qué consecuencias podría generar la repetición continua de su llamado al odio? ¿Tiene derecho a hacerlo? ¿Es legal su incitación al odio cuando dice “no odiamos lo suficiente”? ¿O es una conducta penada por la ley 23.592 que contempla prisión de hasta tres años para “quienes por cualquier medio alentaren o incitaren a la persecución o el odio contra una persona o grupos de personas”? ¿Es un agravante que quien lo haga ejerza el cargo de presidente?
El odio como espejo. Aunque no es ajeno a la condición humana, el odio suele ser un sentimiento considerado ruin. Quizá porque cuando se odia tanto a alguien, lo que se odia es algo que está dentro del que odia. O porque el odiador queda expuesto ante los demás como una persona que se coloca en un lugar inferior a aquel al que destina tantas pasiones negativas.
Esto no les gusta a los autoritarios
El ejercicio del periodismo profesional y crítico es un pilar fundamental de la democracia. Por eso molesta a quienes creen ser los dueños de la verdad.
Por eso, quienes odian intentan disimularlo para no quedar tan expuestos frente a las normas de respeto y relacionamiento de las sociedades democráticas. Otros mandatarios antes que Milei mostraron sentimientos parecidos, pero eran conscientes de que manifestarlos explícitamente los degradaba ante la sociedad.
Que Javier Milei exponga continua y públicamente un sentimiento tan bajo contra periodistas, economistas, empresarios o cualquiera que no le dé la razón no solo habla de alguien sin vergüenza ante lo que los demás vayan a pensar o sentir. También espeja a quienes simpatizan con esa actitud.
De hecho, se trata de una condición que él expuso sin tapujos antes y durante la campaña electoral que lo llevó a la Casa Rosada. Nadie podría alegar sorpresa o desconocimiento.
Puede que una parte de quienes lo votaron lo hicieran a pesar de su condición de “hater”. Con la esperanza de que, una vez en el poder, esa violencia discursiva iría desapareciendo.
Pero nada cambió. El refrán que dice que para conocer a un hombre hay que darle poder no se aplica en quienes comparten patologías que son resistentes al paso de la realidad.
De allí que Milei haya sido tan perseverante en su odio hacia los periodistas, aun cuando eso le ocasionó que comunicadores y medios consustanciados con su gobierno hayan moderado su oficialismo explícito o, directamente, se hayan vuelto críticos.
El odio como freno. La duda sobre si un presidente puede odiar es la pregunta de si un líder que odia puede, al mismo tiempo, transformar un país, transmitir confianza, derramar optimismo y producir empatía entre los afectados por el ajuste para que lo acompañen en el esfuerzo.
Cuando Milei repite “no odiamos lo suficiente a los periodistas”, lo que comunica es su incapacidad de controlar sus bajos instintos y un futuro incierto: si el Presidente odia, si una parte de la sociedad lo avala y si otra parte odia que la odien, nada bueno se puede esperar de un país así.
No para justificarlo, sino para entenderlo, se podría afirmar que la crueldad que produce es la que antes produjeron en él años de maltrato familiar y bullying.
En cualquier caso, tratándose de un jefe de Estado, las consecuencias de sus traumas son siempre económicas y afectan a todos.
No hay desarrollo sustentable en un país partido por el odio, en el que su presidente instiga a que se odie más y en el que la polarización extrema lleva a que todo pueda cambiar cada cuatro años, ante cada nueva elección.
En los últimos días hubo más señales desde el poder en la misma dirección.
Además de las semanales andanadas de insultos de Milei hacia los periodistas, se produjo un papelón en el Senado que indica hasta qué punto el odio puede cegar a un gobernante.
El odio como castigo. Después de enviar al Congreso decenas de pliegos de jueces para su aprobación, el Ejecutivo descubrió que entre ellos se encontraba el de la jueza María Michelli, cuñada del periodista Hugo Alconada Mon.
El resto ya se sabe: Karina ordenó detener el trámite, hasta Bullrich se opuso, el Senado lo aprobó, y el oficialismo enfrentó una nueva derrota autoinfligida.
El Gobierno ya avisó que no aprobaría el pliego, porque el puesto que la abogada debería ocupar aún no existe. Pero Milei dejó trascender que, en realidad, no lo firmaría porque entiende que existe un “conflicto de intereses” por la relación familiar de Michelli con alguien que forma parte de aquellos que “no odiamos lo suficiente”. Lo que podría contaminar sus fallos.
Al mismo tiempo, el camarista Carlos Mahiques propuso sancionar como “falta grave” el diálogo profesional entre jueces y periodistas.
El juez calificó de “mercenarios” y “nuevos sicofantes” (calumniadores, difamadores) a los periodistas, expertos en campañas “falsas, distorsionadas o erróneas” sobre integrantes del Poder Judicial.
Carlos es padre de Juan Mahiques, el ministro de Justicia. Según la selectiva vara de Milei, ni este parentesco ni las coincidencias del camarista con el Gobierno representan un “conflicto de intereses”. Por eso le dio el ok para que, pese a llegar al límite de los 75 años de edad, pueda continuar en el fuero por cinco años más.
Al respecto, en su programa Modo Fontevecchia, el fundador de esta editorial se preguntó: “Mirando todo esto y pensando en conflictos de intereses, ¿cómo nos deberíamos sentir en PERFIL sabiendo que Carlos Mahiques falló a favor del Presidente en la causa de injurias contra mi persona, luego de acusarme de ‘ensobrado’ sin ninguna prueba?”.
El odio como herida. A diferencia de lo que pasó con Mahiques padre, el Gobierno no pidió la prórroga para Juan Carlos Maqueda, el juez de la Corte Suprema que debió jubilarse al cumplir 75 años.
Maqueda permaneció 22 años en el máximo tribunal y siempre se caracterizó por su independencia frente a los distintos gobiernos, el respeto de sus colegas y su defensa inquebrantable de la libertad de expresión.
Es probable que esos no fueran los atributos necesarios para que el oficialismo promoviera su permanencia en el cargo.
Pero fueron más que suficientes para que la Academia Nacional de Periodismo le otorgara la Pluma de Honor este jueves 4 de junio.
En su discurso, Maqueda advirtió: “La libertad de prensa en este momento está muy acechada (…) Vemos a diario cómo el periodismo es bestialmente atacado, insultado, agraviado”. “Lo que se odia –dijo– es que se conozcan las acciones de gobierno y eso hace peligrar la función del periodismo y la capacidad de información de la sociedad”.
Antes, el titular de la Academia, Joaquín Morales Solá, expresó: “Los periodistas argentinos somos víctimas cotidianas de la agresión del poder de turno (…) No es la Justicia la que debe esperar una protección del periodismo, es el periodismo el que espera y necesita la protección de la Justicia”.
Hoy esa Justicia escucha a diario los insultos, las mentiras y la incitación al odio de quien ejerce el máximo poder del Estado. Pero por ahora, calla y otorga.
Si como expresó Maqueda, las actitudes del Presidente “hieren a la democracia”, el silencio de quienes deberían hacer cumplir las leyes y la Constitución le brinda a esa herida una protección legal que degrada todavía más a la democracia.
No, un presidente no puede, no debe, no le sirve odiar. Que lo haga y lo explicite conlleva un riesgo de consecuencias impredecibles.
Un peligro que existirá mientras un sector de la sociedad lo avale y la Justicia lo proteja.








