Una hora antes de que comiencen las clases en cientos de escuelas de Los Ángeles, las maestras de primaria Ingrid Villeda y Olga recorren en su automóvil las calles del sur de la ciudad, donde los hispanos son mayoría. Son las 6.58 de la mañana y muchos en este vecindario todavía duermen. Al aproximarse a dos camionetas negras, ambas de modelo reciente, reducen la velocidad y las observan con atención. Sospechan que podrían pertenecer a agentes del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE), quizá apostados allí a la espera de iniciar una redada. Ingrid saca el celular y fotografía las placas de uno de los vehículos. Unas cuadras más adelante, Ingrid resume en una frase el propósito de la labor voluntaria que realizan: “No pueden quitarnos a ningún niño”.










