Primo Levi y la herida abierta del Holocausto

Primo Levi y la herida abierta del Holocausto

El cielo verdadero es luz, pero a veces se cubre de inacabables pájaros negros que vomitan sangre. Son los días del demonio asesino; el infierno que quiere ser eterno. Es Auschwitz. Pero la pesadilla infernal no es definitiva: antes de terminar, millones mueren y pocos sobreviven. Entre ellos, un químico y escritor italiano sale de los fosos de azufre y masacre. De a poco, respira de nuevo el aire menos contaminado de los vivos.

Y escribe. Reflexiona. Recuerda su descenso al averno nazi en la Segunda Guerra Mundial. Conmemora el pasado con un abismo entre los ojos y con monstruos que le hacen sangrar los dedos. Nunca se vuelve a ser normal luego de estar desnudo en el pozo de los muertos.

Entre 1982 y 1986, Primo Levi fue entrevistado por el escritor Ferdinando Camon. Ese histórico reportaje se titula Si existe Auschwitz, no puede existir Dios, publicado por la editorial Altamarea con traducción de Carlo Gumpert.

Primo Levi (1919-1987) nació en Turín, en una familia de clase media. Se graduó como químico en la Universidad de Turín en 1941. En 1943, durante la Segunda Guerra Mundial, se sumó a la resistencia italiana, a los partisanos del Valle de Aosta, pero cayó prisionero de los alemanes. No ocultó su condición de judío. Fue deportado al campo de concentración de Auschwitz en 1944. Esquivó el destino letal gracias a su formación científica, al ser enviado a trabajar en un laboratorio del campo.

Después de la liberación de Auschwitz en 1945, inició un largo viaje de regreso por Europa del Este que narra en La tregua (1963). De nuevo en su ciudad natal, Turín, rodeada por los Alpes, el 11 de abril de 1987 cayó por el hueco de la escalera del edificio donde residía. Si aquello fue un accidente o un suicidio sigue siendo motivo de debate.

Su formación científica dotó a su prosa de una expresión sobria para hurgar en la condición humana vejada por el antisemitismo nazi. Su obra más trascendente es Si esto es un hombre (1947), el aterrador relato de la deshumanización en el campo de exterminio; un hito en la “literatura del Holocausto”; pero su manuscrito enviado a su editor fue rechazado por varios años.

En 1986 publicó Los hundidos y los salvados, una obra de tinte filosófico sobre la memoria y la culpa del superviviente. Allí introduce la noción de “zona gris”, un concepto que señala un espacio intermedio en el que no todos los verdugos rebosaban una maldad inherente, y muchas víctimas eran obligadas a perder su inocencia y colaborar con sus opresores para intentar sobrevivir (como los Sonderkommandos o los Kapos).

También es valioso recordar su obra El sistema periódico (1975), un conjunto de relatos autobiográficos cuyos títulos remiten a elementos químicos.

Hacia el final de la conversación con Camon, este le pregunta: “¿Es Auschwitz una prueba de la no existencia de Dios?”. En la respuesta de Levi no resuenan las campanadas de la fe: “Auschwitz existe, de modo que Dios no puede existir”. Sin embargo, al recibir el texto mecanografiado, Levi agregó a lápiz: “No encuentro solución al dilema. La busco, pero no la encuentro”.

Camon apela al libre albedrío humano para “deslindar” a Dios de la responsabilidad por el mal. Un recurso insuficiente para Levi porque el mundo de las cámaras de gas impugna la existencia del “sujeto divino”. Es inadmisible que un Dios bueno, sabio y omnipotente permita el salvaje horror.

En la conversación, Levi es reticente a identificar el veneno nazi con lo alemán de por sí. Una actitud “que excluye el odio”.

Recuerda que antes de Hitler los judíos alemanes estaban integrados a la sociedad alemana mejor que en Polonia o en Rusia. Fue la personalidad demencial de Hitler la que, discurso tras discurso, atizó el fuego siniestro antisemita, la irracionalidad y la locura.

“Si ha visto usted en el cine o en la televisión los discursos de Hitler ante la multitud, habrá podido asistir a un espectáculo tremendo”. La arenga incendiaria hitlerista fue potenciada por la propaganda y “la espectacular arma de la comunicación de masas”.

Todo esto creó las condiciones del fanatismo y su consiguiente renuncia al juicio crítico, y una crueldad homicida que no se hacía preguntas ni sentía la recriminación de la culpa.

El pueblo alemán sabía masivamente sobre los campos de prisioneros políticos, pero la existencia de los campos de exterminio de judíos y gitanos “se mantuvo en secreto tanto como fue posible: era una noticia demasiado horrenda para obtener su aprobación”.

La “voluntad de muerte” experimentada en los campos mortíferos no se la puede enrostrar al pueblo alemán; sí, su cobardía: los que sabían callaban. Es muy difícil sustraerse al terrorismo de Estado, pero “el pueblo alemán… no hizo ni siquiera el menor intento de resistir”.

En su ateísmo, Levi afirma la ausencia de Dios por el genocidio en los campos de exterminio. Pero otros sobrevivientes respondieron de otra manera: para Elie Wiesel, Dios no desaparece en el horror sino que permanece junto a su sufrimiento, como un “Dios colgado”, por ejemplo, en la ejecución de un niño en la horca; para el psiquiatra Viktor Frankl, autor de El hombre en busca de sentido, encontrar un propósito para vivir era la fuerza para sobrevivir aun en el vientre del infierno; para Emmanuel Levinas, el lugar no colapsado de Dios es la ética de la responsabilidad por el otro, por el rostro del prójimo que sufre.

Ante el dolor extremo y la sensación de morir, los humanos ensayan sus desesperadas estrategias para torcer el cuello a la muerte.

Si existe Auschwitz, no puede existir Dios, de Primo Levi (Altamarea).