por qué el tabú aún puede pesar más que la ciencia y la buena salud

por qué el tabú aún puede pesar más que la ciencia y la buena salud


Hay verdades tan ciertas como, en ocasiones, relativas. “Basta la salud” o “lo primero es la salud” son frases hechas que bien podrían arremolinarse en el vaso de un inodoro para desembocar como descarte cuando la evidencia científica sintetizada en medicamentos contra enfermedades clave pierde la pulseada contra el tabú o el estigma.

Son varios los ejemplos en los que ciertas patologías representan un combo más complejo que una aspirina para el dolor de cabeza. Y no porque el antídoto contra esas afecciones no exista, sino porque a veces la linealidad se empantana y un laberinto de dudas atenta contra el cuidado de las personas.

Según el lado del que se lo mire -el paciente o su entorno-, aparecen la culpa y la vergüenza como obstáculos para que el círculo virtuoso que deberían conformar la enfermedad y su remedio ingrese en un terreno resbaladizo en el que la cura o el tratamiento, en pleno siglo 21, patinan sobre prejuicios cristalizados.

En el potencial destinatario de la medicación hace mella un susurro molesto, a medida de cada trastorno. Si se trata de un cuadro de depresión o ansiedad: “Debería poder salir adelante sólo” o “debería poder controlar mis nervios”. En el campo psiquiátrico el prejuicio suele ser más evidente, aunque la misma raíz del escrúpulo determina otras tantas ramificaciones.

Si se padece de disfunción eréctil, la voz de la culpa devuelve: “Debería poder hacerlo sin ayuda”. Si está en juego el sobrepeso o la obesidad -así se haya probado mil dietas y rutinas de ejercicio- aflora el índice fiscal: “Debería poder adelgazar por mi cuenta”. Cuando el drama es el insomnio: “Debería poder dormir naturalmente”. Y si el colesterol ha subido más de la cuenta -aunque exista un componente genético- el runrún pontifica: “Debería haberlo podido evitar”.

Mientras tanto, el tiempo corre y las afecciones avanzan, no sólo como trastornos que en sí mismos que socavan la calidad de vida, sino como factores de riesgo de enfermedades mortales. ¿Por qué ocurre esto? ¿Y cuáles pueden ser las consecuencias de esquivar la medicación cuando los manuales la consideran necesaria?

Creencias contraproducentes

Para responder estas preguntas, Clarín consultó al psicoanalista y psiquiatra Pedro Horvat: “La respuesta gira alrededor del prejuicio y del reproche social. En el caso de los psicofármacos, porque serían para los locos; en los medicamentos para adelgazar, porque hay todo un estigma en torno a la obesidad, que no es considerada una enfermedad sino una suerte de falla de la voluntad. Como si adelgazar fuera cuestión de cerrar la boca y punto. Todos los obesos saben que la obesidad es una enfermedad polisistémica, pero la falta de comprensión hace que si una persona recurre a un medicamento es porque no tiene la voluntad suficiente”.

Una encuesta reciente, realizada por la consultora Quiddity a 800 mujeres en la antesala de la menopausia o ya cursándola, es gráfica sobre el último punto. Si bien más del 70 por ciento señala que el aumento de peso es un tema que les preocupa, el 33 por ciento considera que usar inyecciones para adelgazar es “hacer trampa”, y el 25 por ciento dice no hacerlo por sentir “culpa o vergüenza”.

Horvat hilvana esa sensación con la del uso de drogas para la disfunción eréctil: “Se considera que sería un cuestionamiento de la virilidad de quien las toma. Ahí ocurre la dificultad para comprender que en realidad la sexualidad humana en primer lugar es una psicosexualidad: todos los componentes psicológicos y afectivos influyen sobre la performance sexual”.

Y en segundo lugar señala que, “como ocurre con las mujeres en la menopausia, a partir de cierta edad en los hombres aparece no solamente el decrecimiento hormonal sino también alteraciones vasculares que frecuentemente generan alteraciones en la erección. El hombre tiene algo así como el mandato cultural de la potencia, lo que hace que utilizar estos medicamentos pueda sentirse como vergonzoso”.

"No es sencillo evaluar el potencial agravamiento de un cuadro", dice Horvat. Foto: Shutterstock

En cuanto a la segunda pregunta -las consecuencias de postergar la medicación-, Horvat dice que “no es sencillo evaluar el potencial agravamiento de un cuadro en el caso de alguien que no toma ansiolíticos o antidepresivos. Lo que se prolonga sin su uso es el sufrimiento de la persona, una situación que excede su capacidad de control y por ende su padecimiento psicológico y el impacto que esto tenga sobre su vida real. La medición del agravamiento del cuadro es bastante subjetiva”.

“Una propuesta válida”

El experto considera, a la vez, que “se debe tener en cuenta que algunas personas prefieren demorar la toma de los medicamentos porque quieren intentarlo por sí mismas, con sus propias herramientas. Dicen sentir que a pesar de su padecimiento tienen los recursos psicológicos suficientes como para enfrentar lo que les está ocurriendo. Salvo situaciones en que otros indicadores nos hacen temer una emergencia, en la mayoría de las situaciones es una propuesta válida por parte del paciente, que debe ser escuchada, por supuesto con los plazos racionales”.

Horvat señala que esa lógica “es distinta en una psicosis, porque cuando una persona alucina o delira, cuanto más tiempo padezca ese cuadro se va a complicar la posterior reconstrucción de la situación. Entonces no hay que dejar al paciente en esas condiciones. Lo mismo ocurre con el insomnio grave: las personas que ya llevan dos o tres días sin dormir tienen que tomar algo. No es que hay que dejarlos porque ya de cansados finalmente se van a dormir, sino que es un cuadro que comienza a parecerse a una urgencia”.

El psicoanalista considera que “hay mitos alrededor de los psicofármacos, vinculados a la dependencia: ‘Si empiezo a tomarlo después no lo puedo dejar’, o ‘conozco personas que después lo tomaron durante diez años’. Como médicos nos toca aclarar esas situaciones. Hay mucha fantasía y cosas que se dicen, como también ocurre con los medicamentos para la obesidad, que traen muchos trastornos, o los medicamentos para la disfunción eréctil, que son muy peligrosos para el corazón. Puede haber algún inconveniente en determinadas situaciones, porque cualquier medicamento tiene algún efecto adverso, pero como en toda indicación médica esa información debería ser entregada adecuadamente por el profesional para la tranquilidad del paciente”.

Ciertas patologías representan un combo más complejo que una aspirina para un dolor de cabeza.

La postergación de determinadas medicaciones por la creencia de que es posible controlar lo que toca sin apuntalamiento farmacológico supone un riesgo de consecuencias eventualmente delicadas, como ocurre en el caso de la salud cardíaca ante cierto tabú circulante con el uso de las estatinas.

El cardiólogo Fernando Botto afirma, de todos modos, que hay que hacer una distinción: “Cuando hablamos de una infección aguda, como puede ser de una muela, y te dicen que tenés que tomar antibiótico cada ocho horas durante diez días, ahí si no lo hacés podés tener una complicación. Cuando hablamos de colesterol alto, diabetes u obesidad, son lo que llamamos enfermedades crónicas no transmisibles. Su concepto de cronicidad hace que no sea urgente, mañana, tomar el remedio. Pero cuanto más tardás en hacer el tratamiento adecuado estás corriendo más riesgo durante más tiempo”.

Botto, que es consultor en investigación del Instituto Cardiovascular de Buenos Aires (ICBA), lo ejemplifica: “Si te digo que tu presión está alta, tenés que tomar este remedio para la presión; y si tu colesterol está alto, eventualmente tenés que tomar este remedio para el colesterol. Eso lo prescribo porque considero que la combinación de características de este paciente de 60 años, que además no hace ejercicio, le da un alto riesgo cardiovascular de tener un infarto o un ACV a 10 años. Pero el riesgo empieza mañana”.

Un momento bisagra en ese sentido se da en las mujeres con el advenimiento de la menopausia. Los cambios hormonales pueden aumentar el riesgo cardiometabólico y eso exige un abordaje diferente al de otras etapas de la vida. Sin embargo, con frecuencia parece aflorar una traba. Según describe Virginia Busnelli, presidenta de la Sociedad Argentina de Nutrición, “resulta paradójico que muchas mujeres reconozcan que existen cambios metabólicos y hormonales y, al mismo tiempo, se responsabilicen personalmente por no poder controlar su peso”. Y concluye con algo que atañe a lo particular del síntoma pero resuena como denominador común en la estructura del lazo culpógeno con cada uno de los trastornos analizados: “Eso -el imperativo de la omnipotencia- puede generar frustración y dificultar la búsqueda de ayuda”.