pinturas y collages de Eduardo Stupía

pinturas y collages de Eduardo Stupía

La predilección del pintor y dibujante Eduardo Stupía por una estenografía dinámica y diseminada encuentra nuevos cauces y nuevas caras en la muestra “Imprevisto/Transitorio”, que inauguró este miércoles 15 de abril en la galería Jorge Mara La Ruche. La proliferación como método -su fiel carta de presentación y de invitación- asciende otro peldaño. Esa dispersión orquestada como filosofía expresiva le da un nuevo relieve a la victoriosa indiferencia de sus cuadros hacia el absurdo y triste estado del arte contemporáneo y su mercado.

“Imprevisto/Transitorio” es la respuesta al interrogante de cómo reinventarse sin traicionarse, sin recurrir a gestos artificiales o facilistas. Soltar la mano una nueva vez, quebrar y romper su inercia. Cada cuadro batalla contra su propia incertidumbre y el temor al naufragio se nota, inevitablemente, más en unos que en otros. Ese vértigo juega a favor: se vuelve interesante el ocultamiento de la duda y del principio regulador. Son ejercicios de entrega; un salto mortal de confianza (en sí mismo y en el testigo). Dentro de una intensidad más melódica, la exacerbación no pierde gusto. La obra se parece cada vez más a la afabilidad de su autor.

Eduardo Stupía desciende en línea torcida de Henri Michaux y de León Ferrari, pero quizá no sea descabellado arrimarlo a un linaje más luminoso y sea estos años la pintora Joan Mitchell su compañera imaginaria de ruta. El plano se ha vuelto un sistema de ovillos y nidos de nudos que orbitan alrededor de su propia perplejidad. Crear una superficie grata es apenas el comienzo. No se trata sólo de un asunto de visibilidad. Un centro oculto se contrae y se dilata mientras la valoración estética es inmediata. Tripula la aventura un grafito centrífugo que no hay modo de mecanizar. Al contrario, explora diferencias de entonación. A la conquista del espacio, desconoce la mera posibilidad del estatismo proclamado por cierta tradición; el de Stupía opta por ser un campo minado de acción y reacción.

Los signos bien encaminados van encontrando e hilvanando sus propias leyes en una retícula de esplendor no gritado. En todo caso, si la configuración cuaja es porque la mano se vuelve una con el azar. El ensamble y el tramado mantienen un lirismo parejo, al arbitrio de un ojo no teórico. Están caracterizando a un lector fanático de la historia del arte. El logos Stupía es también un excelente ensayista, como lo evidencia su libro Líneas como culebras, pinceles como perros– transiciona hacia accidentes geográficos pero no despeja esa falsa incógnita: en qué punto el cuadro avanza. A lo sumo, el espectador es desafiado a desagregar.

El color reeduca la mano del pintor y entra por gamas: familias de cristalizaciones cromáticas. Stupía pone a prueba el ancho de banda de una paleta toscana (ocres, marrones, algún pespunte rojizo) que se suma al negro para restarle minutos de fama. Siguen muy bien fijadas las graduaciones de grises en obras más susurradas o lejanas. El trazo intempestivo lastima adrede la docilidad de un color y la luz viene del fondo de cosmogonías graníticas y temblorosas.

La horizontalidad se diluye y la verticalidad se enrarece. Los alineamientos de fuerzas nunca son obvios, monitoreados como están por una mirada en el límite de lo equilibrado. La organización de formas en el plano persigue su plenitud y esa morfología en suspenso no se cansa de provocar interrogantes. ¿En qué momento del día nos colocan estos cuadros, este muestrario de pasajes y prospecciones?

Stupía se abstrae y ensaya la abstracción jeroglífica, coloridamente hermética, de un panorama populoso de Brueghel o Carpaccio. La versión pictórica de la composición de átomos -rienda corta para protones, neutrones y electrones- le da la bienvenida al horror vacui y aflora cine primigenio. Una reserva de energía produce borradores para una y otra figura serpentinata. Viboreos cortos, registros sísmicos, contrastes y compensaciones que delimitan intervalos: formas al servicio de un espíritu para el restablecimiento del orden mental (para el pintor y en no menor medida para el espectador). Pintura primitiva y fresca, reciénvenida.

Haciendo abuso de su ocio, el espectador se pregunta si para el pintor los cuadros suceden en un plano más cerebral y extrañaba la tangibilidad que vinieron a devolverle los collages. En el elegante y exacto bricolaje de Stupía, de formato más pequeño, el color ya asume toda la responsabilidad y cada retablo minúsculo es una clase muy concreta y sugerente de micromundo. Objetos y figuritas recortadas entreveran una enciclopedia íntima y le dan forma a lo acumulado (en las pinturas y dibujos, lo acumulado permanece invisible hasta que se derrama sobre el blanco).

El collage ofrece otra edad (las cosas y láminas preexisten) y otras capas de tiempo. Es un mosaico de varios planos, de una quietud engañosamente frágil. Reasoma lo figurativo y, por ende, algo para contar (para que el curioso proyecte). Rehaciendo a Joseph Cornell, Stupía alcanza la concentración y la culminación de un trabajo fervoroso en esta anacrónica disciplina siempre joven. De cerca y de lejos, todas estas pinturas y obras parecen estar jurando que si un cuadro no viene de otra parte no vale la pena colgarlo.

Eduardo Stupía, “Imprevisto/Transitorio”. Galería Jorge Mara La Ruche, Paraná 1133, CABA. Hasta el 15 de junio.