Las últimas victorias electorales de la ultraderecha en América Latina, de Perú a Colombia hasta la primera vuelta en Brasil, muestran el rápido avance de un fenómeno que también se da en Estados Unidos y en Europa. Ocurre pese a las diferencias entre países y regiones y emerge en un momento de confusión ideológica, con liderazgos muy heterogéneos capaces de conectar con el malestar de una ciudadanía que vota a la contra y que, en el caso de América Latina, tiene a la inseguridad como principal preocupación. El ensayista y periodista argentino Pablo Stefanoni, de 54 años, bucea en todo ese magma ideológico en Un fantasma recorre el mundo (Siglo XXI Editores) y plantea si estas nuevas derechas tienen rasgos de fascismo y para qué sirve esta etiqueta.
Su libro funciona como una especie de brújula para orientarse en algunos de los debates políticos actuales, como el de qué es el wokismo y cómo se relaciona con la izquierda, y la alianza entre el sionismo y la ultraderecha en varios países. Atento a las metamorfosis de la derecha, su anterior libro, ¿La rebeldía se volvió de derechas? (Siglo XXI Editores), explora la vena antisistema de estos movimientos.
Stefanoni dirige la revista Nueva Sociedad sobre pensamiento y política en América Latina, pero también tiene un ojo puesto en Europa. Ahora vive en París, donde sigue de cerca las manifestaciones estudiantiles en la capital francesa y las protestas en España por la vivienda, sin perder de vista la última victoria de un ultra, la de Flávio Bolsonaro en la primera vuelta contra Lula en Brasil.
Pregunta. Titula su libro con la famosa imagen del fantasma que recorre Europa. Si entonces era el del comunismo, ¿cuál es el que se aparece ahora en el mundo?
Respuesta. Sin duda, las nuevas fuerzas reaccionarias. Desde hace unos años, con temporalidades diferentes según los países, extremas derechas que se ubicaban en un lugar más o menos marginal han pasado al centro político y se han transformado cada vez más en fuerzas legítimas. Se trata de movimientos que desafían en gran medida los marcos interpretativos progresistas, sobre todo por su discurso “antisistema”. Puede tener más o menos éxito electoral, ganar o perder elecciones, pero está dando una batalla antiprogresista en todos los terrenos, incluido el del lenguaje. Me gusta la imagen del fantasma porque surge de una realidad -en su momento, el peligro de la revolución social-, pero a su vez construye un enemigo más difuso, incluso de manera exagerada. Hoy la derecha es un peligro real, pero debemos evitar pensar en ella como un tsunami que ha destruido todas nuestras defensas.
P. Las encuestas subestimaron la fuerza del bolsonarismo con un candidato que parecía frágil frente a un estadista de izquierdas como Lula.
R. El bolsonarismo, mostró una capacidad de renovación de caras, que no de apellidos, que es superior a la de la izquierda. Lula no tiene un sucesor. Muestra que hay un bloque nacional conservador bastante radical que se alinea y que encuentra su figura para mantenerse unido. Parte de su pegamento es el rechazo a Lula y al Partido de los Trabajadores.
P. Usted muestra la dificultad de definir los contornos de la extrema derecha actual y de catalogarla como fascismo.
R. La extrema derecha funciona hoy más como una comunidad emocional que como una verdadera internacional reaccionaria. Pero esa internacional existe, de forma laxa, en diferentes tipos de redes. Las derechas no tienen visiones unificadas sobre temas importantes como la relación entre Estado y mercado, la invasión rusa de Ucrania, los valores, el apoyo a Israel y el antisemitismo. Pero comparten que Occidente está en decadencia y que eso es culpa del progresismo. Frente a ello, muchos se preguntan si estamos ante un nuevo fascismo, aunque hay consenso en que el mundo es muy diferente del de los años veinte o treinta del siglo pasado. Existe cierta fantasía de que, si entendemos bien cómo los fascistas se hicieron con el poder, sobre todo los nazis en Alemania, vamos a encontrar la clave de bóveda para evitarlo. Pero los peligros están también cargados de novedades.
P. ¿Como los tecnooligarcas?
R. Exacto, como las utopías neorreaccionarias y privadas de los tecnooligarcas: a diferencia de los políticos, a quienes en Occidente podemos correr del poder en las elecciones, estos no dependen del voto popular, pero tienen más poder que muchos políticos y buscan transformar incluso la naturaleza humana, además de odiar la democracia. El uso del término fascismo puede funcionar como alarma, siempre y cuando no abusemos de él. Las alarmas que están siempre encendidas dejan de señalar un peligro. Aun así, el antifascismo moviliza a nuevas camadas de jóvenes.
P. Milei, Bukele, De la Espriella, Flavio Bolsonaro, Kast… ¿Tiene algún sello particular la extrema derecha en Latinoamérica respecto a Trump, Le Pen, Vox o AfD? ¿Cómo se relacionan unos con otros?
R. En América Latina estas derechas están desprovistas, salvo algunas excepciones, de una cultura previa de extrema derecha como la que existe en Europa o Estados Unidos, pero participan de las redes ultras en las que circulan los tópicos reaccionarios. A veces de forma ridícula, como cuando los libertarios argentinos se suman de manera obsesiva a la campaña islamófoba, aunque en Argentina no haya inmigración musulmana. Tampoco hay que dejar de lado el papel de Israel en las redes de las extremas derechas, tanto en Europa y Estados Unidos como en América Latina, ni las formas de deshumanización del otro que proyecta en nombre de la defensa de la civilización occidental. Pero América Latina tiene sus peculiaridades, como el crecimiento del crimen organizado, incluso en países con una institucionalidad consolidada como Chile y Uruguay. Esto explica las fuertes demandas de mano dura. Por eso Nayib Bukele, con su distopía carcelaria, es tan popular.
P. El hecho de que la extrema derecha gane elecciones a ambos lados del Atlántico, ¿a qué responde?
R. Trasponiendo libremente los bancos de ira de Peter Sloterdijk, podemos decir que estas derechas recogen la rabia acumulada de gran parte de la población y prometen devolverla en el futuro cercano con intereses, en la forma de una restauración mítica de la sociedad, por ejemplo, sin inmigrantes no blancos. La mayoría siente que ‘el mundo se va a la mierda’. Izquierda y derecha coinciden en el diagnóstico, pero las razones del colapso son diferentes. Si crees que es por el cambio climático o por los tecnooligarcas, te irás con los progresistas; si crees que es por el wokismo ―incluida la invasión migratoria o el fin de la distinción biológica entre los sexos―, te vas con la derecha. El problema es que la izquierda hoy parece ofrecer menos intereses por la ira invertida, o pagarlos en forma de un mundo menos atractivo o incierto.
P. Pero también hay un descontento social, como el de los estudiantes en Francia y las protestas por la vivienda en España, que puede plantar cara a la derecha.
R. En Europa y en Estados Unidos está habiendo una reemergencia de la izquierda que cuestiona el bipartidismo, la socialdemocracia más clásica, el centrismo, y que está encontrando algunas banderas: el desahucio de Maricarmen galvaniza el problema de la vivienda y se arma un movimiento, una expresión política que conecta con otras cuestiones. Lo mismo pasa con Palestina, con la movilización de estudiantes en Francia…en el Norte Global está habiendo desde la izquierda un intento de reconectar con demandas materiales. A la izquierda en América Latina todavía le falta esa capacidad de movilizarse. Los triunfos de la derecha son más recientes, parece haber una ola, y aunque hay resistencia, la izquierda en América Latina no ha encontrado una bandera, un imaginario, una movilización…más allá del temor a la extrema derecha.
P. ¿Por qué?
R. Por un lado, la derecha usa el wokismo para generar un pánico moral a menudo absurdo, pero eficiente. Por otro, el progresismo a veces cae en formas de sermoneo y de moralización de la política que generan rechazo. Participamos de debates fútiles sobre si priorizar la identidad o la clase. En América Latina todo el giro a la izquierda del populismo también está muy débil: quedan México y Uruguay, a la espera de qué pasará con Brasil, en un momento en el que la socialdemocracia no hace reformas y la izquierda radical querría hacer reformas que antes eran socialdemócratas, y tampoco las puede hacer. Se han debilitado también los partidos, pero no pierden elecciones por mucha diferencia, y pueden volver a ganar. Eso sí, están lejos de los proyectos ambiciosos de hace años, de asambleas constituyentes, la integración de la región.
P. Al final del libro habla de una cierta esperanza para la izquierda encarnada en figuras como el alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani.
R. Hay una emergencia de la izquierda digamos municipal, en muchas de las grandes ciudades, salvo Madrid. En Nueva York creo que combina muy bien reivindicaciones feministas, de inmigrantes, más de identidad, con políticas más de clase, alquileres, de desigualdad urbana, de cuestiones que conectan con la clase trabajadora. La izquierda está muy alicaída, sin un discurso potente para generar imágenes de futuro creíbles, pero todavía hay una cantidad significativa de la población que vota progresista y que está resistiendo de algún modo. En España, el gobierno progresista hizo poco por la vivienda, pero la movilización ciudadana le obliga a tomar medidas y ha cambiado la conversación pública, normalmente monopolizada por la derecha que agita el pánico moral.








