Ser arrestados, como mínimo, o que les corten las manos por jugar al ajedrez, con el agravante de hacerlo junto a cientos de mujeres de todo el mundo en el mismo recinto de la Olimpiada que se disputa estos días en Samarcanda (Uzbekistán). Eso es lo que les puede ocurrir a cuatro de los 12 miembros de la delegación de Afganistán, donde el ajedrez está prohibido por el Gobierno talibán por motivos religiosos, si regresan a casa tras haberse escapado de su país. La delegación femenina, por su parte, participa por tercera vez (lo hizo en 2008 y 2012) en la Olimpiada Femenina con sus cuatro jugadoras, todas ellas residentes en el extranjero. Unos y otras cuentan su experiencia y comparten sus recuerdos con EL PAÍS ahora que sus compatriotas temen volver por miedo a las represalias. Los 12 miembros de la delegación afgana autorizan a este diario a publicar todo lo grabado con la condición de no atribuir ninguna frase a nadie en concreto.
“El ajedrez estuvo totalmente prohibido por el primer Gobierno talibán [1996-2001]. En teoría, durante su actual mandato [desde 2021], y tras un periodo corto de tolerancia (no para las mujeres), el ajedrez está ‘suspendido’. Pero es una palabra para disfrazar que sigue prohibido. Los clubes están cerrados, la plataforma donde jugábamos por internet, que conectaba a afganos residentes con emigrados, también. Y si te pillan con un tablero en la mano, te arrestan. Se sigue jugando, hombres y mujeres, pero clandestinamente”, explican.
Tras la Revolución en Irán de 1979, el imam Jomeini prohibió el ajedrez —“Es un juego diabólico que perturba las mentes de quienes lo practican”, dijo entonces— por las mismas razones que los talibanes 17 años después, y también ahora. Razones basadas en la interpretación más radical del Corán. El principal motivo es que relacionan el ajedrez con los juegos de azar y las apuestas con dinero.
Si bien, tras un intenso debate público, Jomeini fue persuadido por intelectuales iraníes de que ese criterio no tenía ningún sentido en el siglo XX porque fue solo en la Edad Media cuando se jugaba al ajedrez con dados (en algunos sitios) y con apuestas de dinero. Como, básicamente, es un juego de guerra, ¿qué mejor actividad pueden practicar los guerreros musulmanes en sus días de asueto?, fue uno de los argumentos esgrimidos. Y muy eficaz: poco antes de morir (1989), Jomeini levantó la prohibición. Irán es hoy una de las grandes potencias del ajedrez asiático, a pesar de que sus jugadores deben perder por incomparecencia cuando se enfrentan a un israelí.
“Sí, todo eso es cierto. Pero, el problema es que los talibanes, que pertenecen a la rama wahabí [ultraconservadora] del islamismo, consideran que los chiíes [la facción muy mayoritaria en Irán] no son verdaderos musulmanes. De hecho, creen que los únicos genuinos son ellos”, argumentan los ajedrecistas afganos para que se comprenda por qué el antecedente de Jomeini es inaceptable por el Gobierno de Kabul.
De modo que cuatro de los 12 desplazados a la Olimpiada —los otros ocho han venido de sus residencias en otros países— se escaparon de Afganistán hace una semana a pesar de la prohibición (o suspensión). ¿Por qué lo hicieron, si sus familias están allá? “¡Porque amamos el ajedrez, es una parte importante de nuestras vidas!”, exclaman a coro. Y, a juzgar por lo que dicen en otros momentos de la conversación sin grabadora, también porque confiaban en que el castigo al volver fuera moderado.
Pero no contaban con un elemento agravante que sucedió una hora después de que ellos salieran del país, y que saben por sus contactos internos: todos los aeropuertos de Afganistán recibieron una orden del Gobierno (el documento tiene el número 784 y está firmado por Mawlawi Abdullah Wahid, director general de Deportes) para detener a los cuatro, con más de 20 documentos adjuntos. Lo que más les preocupa es que en ellos se aducen razones de carácter estrictamente religioso: participar con la bandera de Afganistán en una competición de más de 3.000 personas de unos 200 países, donde hombres y mujeres están físicamente juntos en el mismo recinto, es haram (estrictamente prohibido según la interpretación más radical del Corán).
“Cuando solo se aducen motivos religiosos el asunto es sumamente serio. En el caso de las chicas, para el Gobierno es inaceptable que estén jugando aquí mientras las niñas tienen prohibido ir a la escuela en Afganistán. Por eso estamos muy preocupados”, subrayan. Y no solo por los cuatro que en principio deben regresar, sino por sus familiares; y también por el presidente de la Federación Afgana de Ajedrez, que permanece en su país. “Ojalá algún organismo o Gobierno pueda protegernos de algún modo cuando esto se publique”, imploran.
Los veteranos de las Olimpiadas de Ajedrez no olvidarán nunca lo ocurrido en la de 1996, celebrada en Ereván (Armenia). El equipo afgano, con la primera prohibición recién anunciada, solo pudo llegar el día de la séptima ronda, tras un viaje muy penoso. Todos los demás participantes, unos 1.500, se pusieron de pie, hicieron un enorme pasillo en la sala de juego y aplaudieron con fervor y durante un largo minuto a los afganos.
“Sí, nos han dicho que aquello fue muy emocionante. Luego, en el intervalo entre los dos gobiernos talibanes, la situación mejoró mucho y el ajedrez fue no solo permitido sino potenciado, lo que tiene lógica porque antes había sido una actividad popular [en 1987 llegó a ser una asignatura en las escuelas]. Pero ahora estamos otra vez muy mal. Los ajedrecistas acostumbramos a pensar a largo plazo, pero en esta posición no vemos una salida. Sólo podemos aspirar a que no nos castiguen con dureza por practicar un deporte que nos apasiona”.








