“No me interesa lo idílico”

“No me interesa lo idílico”


Algo ha estallado en la vida de la narradora de la novela Han cantado bingo, de la española Lana Corujo, editada por Reservoir. Por eso, la voz que va recorriendo la vida de esas dos niñas hermanas es la de una nena, la de una anciana, la de una adolescente, la de una treintañera, la de una mujer de 64 años o la de una púber de 12, que siempre, una y otra vez, es ella, la misma, la que trata de reunir los pedazos que una tragedia sembró en esa familia, que ya cargaba con una herencia difícil. “Me gusta la fragmentación porque también vengo de un territorio fragmentado”, dice la autora a Clarín en una videollamada desde Lanzarote, donde vive, rodeada de volcanes negros y un paisaje que, en la novela, no es marco sino protagonista.

“Mi hermana y yo caminamos por el picón hasta llegar a la pared del volcán. Las noches siempre abren una puerta para que lo extraño suceda, eso hace que nuestros corazones suenen llenitos de miedo. De todos los juegos que hemos inventado, este es nuestro favorito”, dice la narradora. Todos los elementos de la lista sugieren que Han cantado bingo es una novela gótica, incluso con toques de terror. Muy actual, claro, incluso a la moda.

Hay –quedó dicho– un juego angustiante que esas dos niñas repiten cada noche como un ritual, hay muertos que no quieren irse, hay silencios que enloquecen, el entorno es misterioso, hipnótico y temible, y los adultos tienen grandes dificultades para cuidar de las dos hermanas de 10 y de 12 años. Y, sin embargo, entre muertos vivos y vivos a los que la vida se les ha tornado muy difícil, Lana Corujo logra una historia desconcertantemente luminosa, triste y esperanzadora al mismo tiempo. No, no es gótica ni lo necesita.

Han cantado bingo es una obra distinta, rota como las vidas que cuenta, que llega a la centralidad del sistema editorial español después de atravesar 2.215 kilómetros de tierra y mar desde la costa de África Occidental, donde descansa una de las Islas Canarias, Lanzarote, que aquí, en la Argentina, siempre estará asociada a la vida del Nobel portugués José Saramago.

También para la artista visual, ilustradora y escritora Lana Corujo ese punto en el mapa es el universo todo: “A pesar de que una historia se esté dando en un lugar, en lo local, también puede ser universal porque hay seres universales aquí”, dice. Y Aleja y su hermana mayor, la abuela que las cuida (no siempre), sus padres tan silvestres y el mal rondando son, ciertamente, universales.

–Parece haber, en este momento, en España, muchas autoras jóvenes como vos, que acceden al centro de la industria editorial desde los bordes del país, algo que en otros tiempos era tal vez más difícil. ¿Te sentís parte de ese fenómeno?

–Creo que sí, que está pasando eso, aunque yo siempre me voy a considerar una persona que viene sobre un camino que otras han hecho primero. Hay que mencionar a Andrea Abreu, que, con Panza de burro, fue quizás la pionera en romper esa barrera desde las Islas Canarias. Pero sí que es cierto que era importante que sucediera esto en un país como España, que, al fin y al cabo, tiene tanta diversidad de culturas y de palabras. A mí me parece hermosa la manera de nombrar algo de tantas maneras distintas en función de la región en la que te encuentres. Por eso, hay que reivindicar todo lo que sucede en los bordes del país, porque también puede ser que ese borde se esté transformando en un centro para otras identidades. También con Canarias, que es un territorio periférico, o ultraperiférico, fragmentado, además, porque cada isla es un mundo.

–¿Por qué suponés que pasa esto?

–No estoy del todo segura porque soy una lectora que viene de las artes plásticas y, para mí, el mundo literario es un disfrute. Pero sí que siento que ha habido una mirada mucho más expansiva. Y es una cosa que me alegra porque quizás leer no nos va a hacer mejores personas, pero nos ayuda a entender mejor el mundo. Hay tantas identidades en este mundo, tantas realidades económicas o de género que no voy a poder experimentar nunca en primera persona, pero los libros me ayudarán a acercarme a cómo puede ser vivirlo. Esto creo que también pasa mucho con la literatura latinoamericana, que ahora en España también se está leyendo más. Se han roto muchas barreras. Y yo también quiero saber qué más está pasando en el mundo. Es también importante para Canarias, que es un territorio tricontinental, atravesado por Europa, por África y por Latinoamérica.

–Recién hacías alusión a la frase de Tolstói que dice: “Pinta tu aldea y pintarás el mundo”. ¿De qué manera fuiste vinculándote con “tu aldea”, con Lanzarote, en lo personal y en lo universal?

–Lo idílico no me gusta, no me entusiasma. Lo que sí me interesa mucho es lo contradictorio porque es justo eso lo que siento con la isla de Lanzarote. Desde que nací, me he sentido pasmada por los volcanes, que me han dado miedo y me han fascinado. Aquí está mi familia, pero también me he querido ir tantas veces. Y, cuando lo logré y me fui a una gran ciudad como Madrid, pensé que ahí empezaba la vida, aunque regresé. Entonces, siento que con este tipo de entorno pasa que o lo amas o lo odias, o te quedas o te vas, siempre de un extremo al otro. Yo siempre me preguntaba qué había en el medio. Y eso es algo que fui descubriendo cuando volví a vivir a Lanzarote, después de la pandemia, y tuve que reconciliarme con el territorio. Fue en esta reconciliación que me di cuenta de que Lanzarote no debía ser una cosa o la otra, sino que podía ser ambas: ver Lanzarote como un límite y una oportunidad. Es mi territorio y ahí está un germen muy importante para el nacimiento de Han cantado bingo. Porque en el libro estoy casi todo el rato intentando no posicionarme en un lado u otro. Hay claros y oscuros, hay personajes imperfectos y hay contradicciones, porque siento que ese es el síntoma humano, que es estar vivo.

–Esa búsqueda por salirte de las definiciones también te alcanza porque sos artista visual e ilustradora y ahora publicás una novela. ¿En qué momento la literatura te ofreció una herramienta o un territorio que tal vez no encontrabas en la plástica para contar esta historia?

–Pues es curioso porque para mí la escritura aparece antes que la pintura. Yo digo siempre que escribo como consecuencia de que leo, porque ante todo soy lectora. La diferencia con el trabajo artístico es que, cuando descubrí la ilustración, me dije: “Yo podría dedicarme a esto, podría trabajar de esto”. Y eso nunca me lo planteé con la escritura. Esa es la mayor diferencia: para mí el arte, la ilustración sobre todo, es, por suerte, mi modo de vida y mi trabajo. Nunca he mirado la escritura como algo de lo que podía vivir porque, además, siento que quitarle ese peso y las exigencias me permite mucho juego. Un juego que a veces he perdido con la ilustración. En esto, para mí fue muy importante que en 2023 me becaran con una residencia en Buenos Aires. Me permitió visitar museos o espacios de arte donde veía que la gente era “comisaria, poeta, ilustradora, performer”. Eso me enseñó algo muy importante porque los artistas argentinos me dijeron: “Tú espándete”. Y siento que, si no hubiese hecho ese viaje, Han cantado bingo no tendría el carácter experimental que tiene. En Buenos Aires me ayudaron a empoderarme mucho en esa idea.

Si no hubiese hecho ese viaje a Buenos Aires, Han cantado bingo no tendría el carácter experimental que tiene.

–Un elemento notable en ese carácter experimental de la novela es que el paisaje no solo es visto, sino que también ve. ¿De qué manera Lanzarote y sus características fueron ocupando un lugar tan protagónico en el libro?

–Eso fue lo primero que apareció en la novela: el volcán con ojos es el primer personaje que se crea y a partir de él orbita todo. Desde ese volcán que ve amplío la idea y puede vernos como sociedad, ve algo concreto, ve a una familia, y ve un suceso. Porque hay algo muy inquietante en ellos, ¿no?

–La novela cuenta la muerte de una niña y está dedicada a tu hermana. ¿Notás que influye la expansión de la autoficción como género en la lectura que se hace de esta novela? ¿Te preguntan si murió tu hermana?

–Sí, me han llegado a dar el pésame y a decirme: “Ay, siento mucho lo que te ha pasado”. Es cierto que mi experiencia como hermana mayor me sirvió para dibujar a los personajes, pero soy una autora de ficción, y cuando dibujo también dibujo lo que no existe, lo que no podemos ver con los ojos, lo que tenemos que ver con la imaginación. Eso me fascina: la escritura es una herramienta que tengo para excavar un terreno en el que voy encontrando las respuestas mediante la palabra. Y aunque admiro mucho el género de la autoficción, y de hecho lo leo y me parece increíble, pienso que mi vida es tan anodina que me permito llevar Han cantado bingo hasta el límite.

La española Lana Corujo, autora de la novela Han cantado bingo, editada por Reservoir. Foto: redes sociales.

–La historia mira de frente a la muerte, tanto en la desaparición como en la idea de eternidad. ¿Por qué te interesó ese tema y esa dicotomía?

–Justo trato el tema de la muerte de esa manera porque en mi vida la muerte está muy opacada. También es verdad que todavía no he vivido grandes duelos, pero me genera mucha inquietud y curiosidad porque de las personas que ya no están se habla muy poco en mi familia. Hay como un velo ahí que no se destapa. También la novela me empujaba a tratar temas que no he vivido nunca y, a veces, me asaltaba la duda de si es legítimo que yo hable de algo sin haberlo vivido. Eso también es muy entusiasmante y recuerdo que Luna Miguel me dio un gran consejo: “Tú exprime todo lo posible y luego ya seleccionarás, pero déjate guiar por la intuición”. Y me sirvió especialmente en el tema del infanticidio, ¿cómo tratar un infanticidio cuando no lo has vivido? Intenté hacerlo de la manera más respetuosa posible y centrándome sobre todo en las consecuencias y no tanto en el hecho en sí.

–Las hermanas están al cuidado de sus padres y de una abuela, pero todos parecen poco capaces de ocuparse de esas niñas. ¿Qué les pasa a esos adultos?

–Quería trabajar el personaje de la abuela, no como un personaje ejemplar (de hecho, deja sola a las nietas para irse a jugar al bingo), pero sí como alguien de apoyo y que me permitiera mostrar los pros y los contras de cada época. Porque, al fin y al cabo, la abuela también ha perdido un hijo, es la que más tiempo lleva viviendo con la “herencia” y, muchas veces, la dureza de la vida lamentablemente también te genera una carcasa que te extirpa las emociones. Por eso, es difícil hablar con ellos. Y luego, la otra generación, que es la de los padres, también tiene problemas para expresarse o para comunicarse. La “herencia”, entonces, viene a ser la metáfora de lo que arrastran esas generaciones, pero también de aquello con lo que alguien puede romper. Es, en definitiva, una novela sobre la falta de comunicación, sobre la comunicación encerrada entre dos corchetes. La abuela no sabe hablar, los padres no quieren y ella busca la manera de ser escuchada.

Lana Corujo básico

  • Nació en Lanzarote, en 1995. Se formó en Ilustración y Dirección de Arte en Madrid. En 2021 regresó a la isla, donde vive actualmente.
  • Ha impulsado el Encuentro de Literatura Verbena, con tres ediciones a sus espaldas.
  • Ha publicado Ropavieja (Editorial Dieciséis, 2021), con la obra fue seleccionada por el Ministerio de Cultura para participar en la Feria del Libro de Frankfurt en 2022, con España como invitada de honor.
  • Fue becada por los Centros de Arte, Cultura y Turismo de Lanzarote para realizar una residencia artística con la Fundación ACE en Buenos Aires en 2023.
  • Ha expuesto en el Museo de Arte Contemporáneo de Lanzarote con la muestra “El Traspatio” (2022), además de participar en otras, como “Duelos” (2023), “Categórico Retrato” (2021) y en la Madrid Design Week, en 2020. También ha comisariado las exposiciones “Tayó: Jugando entre líneas” y “Calima Purpurina”, de Marina Speer, ambas en El Almacén, un centro cultural de Lanzarote.

Han cantado bingo, de Lana Corujo (Reservoir).