Saluda en castellano. Está efusivo, contento. John Connolly (Dublín, 1968) le agradece de nuevo a Ariel Grinberg las fotos que le sacó por las calles de Palermo y se acomoda en una silla del café cercano a su hotel. La traductora espera a pocos pasos, pero él prefiere arreglarse solo con nuestro idioma, y lo hace muy bien. Se agradece el esfuerzo y las ganas de compartir la lengua con los lectores de este lado del mundo.
“Esta novela nació en la Argentina y en México –se apresura a decir–. Hace unos quince años vine por primera vez, de gira, y al terminar las presentaciones quise recorrer los paisajes. Manejando de noche hacia Cafayate, el auto me dejó varado: perdí una rueda, salieron (pregunta cómo se dice) ah, sí, chispas, y me quedé en medio de la nada hasta que me rescató la policía”.
En los agradecimientos del libro cuenta la peripecia que lo alejó de Cafayate y lo devolvió a Salta, “por la carretera principal”, aclara. Allí visitó el Museo de Arqueología de Alta Montaña. “Vi los cuerpos momificados de una adolescente y dos niños. Fue una experiencia triste, macabra y conmovedora, que me hizo sentir muy incómodo en compañía de esos chicos –recuerda–. Pero, como decía Graham Greene, todo escritor necesita una astilla de hielo en el corazón para transformar incluso lo más terrible. Somos como cuervos o urracas: buscamos cosas brillantes para usarlas en el futuro”. Quince años después, esos recuerdos se mezclaron con los de un viaje a Ciudad de México, donde alguien intentó venderle piezas precolombinas. Así nació Hijos de Eva (TusQuets).
“A ti llamamos los desterrados hijos de Eva; a ti suspiramos, gimiendo y llorando en este valle de lágrimas”, reza la Salve Regina, una oración que John aprendió en su crianza católica.
–¿Cómo dialoga esa invocación con la trama de la novela?
–Me interesaba la contraposición entre las palabras dirigidas a la Virgen y una figura femenina monstruosa y vengativa, tan alejada de María como se pueda concebir. Viene de una religión mucho más antigua y cruza hacia nuestro mundo. En mis historias siempre hay una tensión entre el mal humano y mundano, de hombres que acumulan poder, dinero o piezas arqueológicas, y un mal más arcaico que, en circunstancias extremas, algunas personas deciden tocar y utilizar.
–Lo sobrenatural suele chocar con las reglas del policial tradicional. ¿Cómo influyen tus raíces católicas en esa apertura?
–Me resulta muy difícil escribir como un estadounidense racionalista. No se puede venir de la tradición judeocristiana y ser un racionalista puro. En el policial se investiga la ley de los hombres para restablecer el statu quo, pero la novela de misterio siempre desconfió de la distancia entre la ley y la justicia.
–Citás a William Gaddis, que distingue este mundo del venidero. ¿Dónde se sitúa la moral de Parker?
–Gaddis escribió una frase que me acompaña siempre: “En el próximo mundo tendremos la justicia; en este mundo tenemos la ley”. La novela de detective privado nació en la California corrupta de los años veinte, dominada por las compañías ferroviarias. El detective no le debe nada a las instituciones ni a los poderosos; su única lealtad es con los vulnerables y con cierta noción de justicia social. Victor Hugo decía que la gente sin pan siempre tiene la razón. Mis libros tienen una sensibilidad liberal porque nadie querría leer una historia donde el detective aplasta a los pobres en beneficio de los ricos y eso se considera un final feliz. Parker investiga crímenes terrenales, pero sus historias habitan una zona de sombra, como un diagrama de Venn, donde la realidad toca la posibilidad de otra dimensión.
–Frente a la frialdad forense o el voyeurismo de ciertos policiales, tus libros miran el sufrimiento de las víctimas. Ya lo hacías en tu primera novela.
–Es una cuestión ética indispensable. Todo lo que muere surgió tras el asesinato, en 1996, de una joven en Dublín a quien la policía y la sociedad ignoraron porque era trabajadora sexual. No soporto la idea de víctimas de segunda categoría, ni en la vida ni en la literatura. En muchas novelas británicas tradicionales, las prostitutas asesinadas son un pretexto de la trama. Autores como Ross Macdonald me enseñaron la compasión por las víctimas. Ahora estoy leyendo 2666, de Roberto Bolaño, que expone la urgencia de recordar los nombres de las mujeres asesinadas. Edmund Burke decía que para que el mal triunfe alcanza con que los hombres buenos no hagan nada. Charlie Parker no puede quedarse de brazos cruzados.
–Reflexionás sobre cómo una herida cambia para siempre a una persona, lejos de la frase de Hemingway sobre salir fortalecidos de los quiebres.
–Hemingway decía que nos volvemos más fuertes donde nos rompimos, pero no es verdad. No siempre tenía razón (ríe). Esas marcas nos acompañan hasta la tumba. Por eso me interesa explorar el dolor y la pérdida, que no son lo mismo: el dolor es una experiencia continuada; la pérdida tiene un momento fijo, una fecha, un lugar preciso en el tiempo.
“Me gusta cómo suena”
Le señalo el párrafo de la página 58 de Hijos de Eva donde aparece esa idea. Toma mi ejemplar y lee el fragmento en castellano. “Me gusta cómo suena”, confiesa.
El escritor John Connolly en Buenos Aires. Foto: Ariel Grinberg.–El secuestro de niños y el contrabando conectan con una violencia muy reconocible en América Latina, pero la novela rehúye el tratamiento habitual de los cárteles. ¿Qué buscabas evitar?
–No quería escribir sobre cárteles de forma convencional, limitándome a las drogas o a la violencia explícita. Buscaba algo más siniestro. Esta es una novela de suspenso, y a diferencia de la detectivesca clásica, que funciona mejor en espacios cerrados como los trenes o las islas de Agatha Christie, el suspenso necesita geografía para respirar y cruzar fronteras. El eje son los niños como víctimas sin poder, algo que me interesa desde Ross Macdonald. En nuestro mundo, los que no tienen poder son los niños y los presos. Y aunque haya una figura femenina monstruosa, el verdadero mal de la novela es humano y fundamentalmente masculino: hombres que quieren sumar piezas arqueológicas a sus colecciones privadas.
–Parker ronda los sesenta y acumula heridas. Aquí se lo nota más calmo, con la furia transformada. ¿Cómo cambió su relación con la violencia?
–Parker envejeció y evita las confrontaciones físicas cuando puede. En los primeros libros era un hombre consumido por la rabia de la pérdida, un cazador que solo buscaba venganza. Con los años, su cólera disminuyó y alcanzó mayor paz interior. Ante los grandes traumas hay dos respuestas: quienes quieren que el mundo sufra la misma miseria que ellos, en una espiral destructiva, y quienes, habiendo conocido el horror, hacen todo lo posible para que nadie más lo padezca. Parker empezó en el primer grupo y fue pasando al segundo, hasta volverse casi una figura que absorbe el sufrimiento ajeno porque es incapaz de apartar la mirada.
–Vuelve Jennifer, su hija muerta, como un eco espiritual. En la Argentina, donde las ausencias pesan tanto, ¿cómo resuena esa convivencia con los que ya no están?
–El pasado nos define y nos persigue. Aquí existe una memoria colectiva ligada a los desaparecidos y al reclamo incansable de las Madres de Plaza de Mayo por la verdad y la justicia frente al silencio. En mis libros, el vínculo de Parker con Jennifer representa esa presencia que desafía el olvido: la necesidad moral de no ser cómplices y de confrontar a los responsables de las atrocidades.
El escritor John Connolly en Buenos Aires. Foto: Ariel Grinberg.–Louis y Angel cuidan las espaldas de Parker con diálogos que dan respiro. ¿Por qué la amistad masculina es un pilar tan decisivo en tu obra?
–Porque no quiero que haya solo tinieblas; la amistad aporta una luz indispensable. Escribí He sobre los últimos años de Laurel y Hardy, el Gordo y el Flaco, porque me conmueve la lealtad entre dos hombres (la novela no está disponible en castellano). En la literatura suele retratarse a los hombres en la guerra, pero en la vida real casi todos tienen un amigo fundamental: alguien que estuvo antes del matrimonio, que sigue después del divorcio. Ese cariño es un sostén vital. Además, disfruto de lo que John Harvey llamaba “window stories”: escenas domésticas donde los personajes conversan, preparan la cena o comparten un café. Hacen sentir al lector que pasa tiempo con viejos amigos.
–Amazon prepara una serie sobre Parker, con la producción de Colin Farrell y Bryan Cranston. ¿Cerrará la saga?
–Los productores no querían adaptar un libro por temporada, sino reorganizar los elementos centrales en unas cinco para darle una conclusión cerrada. Me preocupa un poco que la serie avance más rápido que mi escritura y terminemos como Juego de Tronos. Parker necesita un final adecuado y honesto; calculo que dentro de unos cinco años o unas diez novelas más. Terminar una saga tan querida sin enojar ni decepcionar a los lectores es delicadísimo.
Un libro en 2027
El año próximo Connolly publicará en inglés The Castle, ajena al universo de Parker y sin elementos sobrenaturales. “Transcurre en Connecticut en 1973, durante las audiencias de Watergate, y trata de la colisión entre los secretos de familia y los secretos de Estado. Necesito salir de Parker de vez en cuando, asumir riesgos creativos y exponerme a la posibilidad del fracaso. Esas búsquedas me nutren y me permiten volver con nuevos aprendizajes”.
El escritor John Connolly en Buenos Aires. Foto: Ariel Grinberg.–Al final, Parker es un prisma a través del cual examino mi propia vida: cambia a medida que yo cambio, y entre nosotros hay una regla inquebrantable. Parker jamás dijo en una página algo en lo que yo no crea sinceramente.
Antes de despedirnos, John abre una bolsa y me regala una tote bag y un señalador. “Siempre viene bien”, dice. Me firma el libro. Un abrazo, una foto y una pregunta, “¿se entendió?”, cuya respuesta lo tranquiliza. Sí: un castellano hermoso y paciente. “Seguiré practicando”, promete, y cuenta que recorrerá otros rincones del país con su esposa.
John Connolly básico
- Nació en Dublín, en 1968. Estudió filología inglesa en el Trinity College y periodismo en la Dublin City University. Reside en Dublín, pero pasa parte del año en Estados Unidos, donde se desarrollan la mayoría de sus obras.
- Es autor de la novela Malvados, de los volúmenes de relatos de terror titulados Nocturnos y Música nocturna, y de los bellísimos El libro de las cosas perdidas y La tierra de las cosas perdidas (ambos ilustrados), así como de la exitosa serie de novelas policiacas protagonizadas por el detective Charlie Parker, formada por Todo lo que muere (Shamus Award 1999, finalista del Bram Stoker Award y del Barry Award 1999), El poder de las tinieblas, Perfil asesino, El camino blanco (Barry Award 2003), El ángel negro, Los atormentados, Los Hombres de la Guadaña, Los amantes, Voces que susurran, Más allá del espejo, Cuervos, La ira de los ángeles, El invierno del lobo, La canción de las sombras, Tiempos oscuros, El frío de la muerte, La mujer del bosque, Antigua sangre, En lo más profundo del sur, Tumbas sin nombre, Las furias, Los mensajeros de la oscuridad e Hijos de Eva.
Hijos de Eva, de John Connolly (Tusquets).







